Morirse bien en la mejor tierra del mundo
En un tiempo no muy lejano, una heroica familia murciana colgó un cartel en el balcón de su chalé adosado, donde graciosamente rezaba que mientras los americanos del Norte no celebren el Bando de la Huerta, en aquella casa no entraría nunca el Jalogüin. La imagen, que tenía su gracia, se hizo viral, porque representaba el espíritu rebelde frente al colonialismo intravenoso: Ya saben, antes huesitos de santo y castañas asadas que kétchup, siempre Bécquer o Zorrilla mejor que Stephen King.
Con el tiempo hemos visto invasiones de las barras con estrellas menos divertidas que esta, sobre todo en estos últimos años, cuando el mundo entero parece un Halloween. Pero volviendo al principio, ese reciente desfile de los sardineros en Nueva York ha saldado cuentas con la invasión de escobas con purpurina y tontainas calabazas. Es combate desigual, porque fueron solo unas horas, a Mamdani no le dio tiempo a copiar ideas de tan añeja tradición. Pero aquel cartel profético cumplió su deseo. Todos nos hemos resignado con bastante gusto a la fiesta guiri, tanto que es como si fuera nuestra, nuestros los platos que decoramos con vampiros, gusanos, brujas, todo lo que parezca horror show. Las tiendas cuelgan en sus escaparates telarañas espectrales, los niños tocan a la puerta para pedir chuches, dinero, y si no se lo dan, tiran huevos. En fin, técnicas poco recomendables para tolerar la frustración.
La verdad es que todo este negocio importado no va de imposiciones, sino de elección. Decides si quieres vestirte de Michael Jackson, de monje gótico o de muerta sexy, pero nunca piensas que querrás que hagan contigo cuando el cadáver seas definitivamente tú. En la cultura mexicana, la llegada al cielo dependía del tipo de muerte que hubieras tenido, lo que bien pensado tiene mucho sentido si es verdad eso de que no es el final, como dice el himno castrense. En Occidente, como se vive bien (por lo menos de momento) el tránsito se considera un fracaso de la ciencia, se teme, se esconde, es tabú. Porque bromas negras las que quieras, pero en el relato colectivo no se ha incluido todavía pensar y decidir la propia muerte. La Ley Orgánica de la regulación de la Eutanasia entró en vigor hace cinco años. Hasta entonces, el destino y quien sabe si los dioses se encargaban de que picaras un billete dulce y rápido o de ensañarse con crueldad en la despedida. Hoy puedes salirte de la vida conforme hayas elegido, en el último acto de libertad.
Durante cuatro días de noviembre, en Cartagena se hablará sobre la Ley de Eutanasia y el derecho a decidir cuando llegue el momento, sin tragedias. Será en el ciclo ‘La buena muerte’ que organiza la Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente (AFDMD) incluido en el programa de Cartagena Piensa. Habrá pintura, con la expo ‘La Muerte Ilustrada’, en el centro de la Universidad a Distancia. Se presentará el libro Gina Montaner ‘Deséenme un buen viaje’, basado en la experiencia con su padre. Se estrenará también la película ‘Soñando con leones’ (2024). Destila humor negro y ternura, merece la pena solo por la mirada de Denise Fraga, la mujer enferma que quiere poner fin a su dolor. En la charla ‘Morir en paz es un derecho del siglo XXI’ despejarán dudas los médicos Fernando Marín, presidente de DMD en Madrid, y Abel Novoa, presidente de la Asociación para la Defensa de la Salud Pública de la Región.
Morirse bien en la mejor tierra del mundo está poco demandado. Las estadísticas dicen que hay cuatro veces menos peticiones que la media nacional. Los estudios de los últimos años concluyen que las solicitudes de eutanasia son más numerosas en las comunidades con mejor calidad de vida. Donde lógicamente la población tiene más acceso a toda clase de información general, como debe ser y se espera de una administración transparente, civilizada. Aquí es normal encontrar en hospitales públicos carteles contra el aborto de sectas religiosas, como servidora mismamente ha visto. Pero ojo con pedir los derechos de tu último pasaje. Te aburrirán con trámites interminables, alguna charla de ética y moral. Hay truco, sí, pero muy poco trato.
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