Doce mil macetas asesinas
Antes de que Paul Bowles fuera un gurú de la generación Beat y después de que el y su mujer Jane se instalaran en el cosmopolita Tánger, existió una célebre maceta. Por culpa de sus poderes, a Jane Bowles, que era la más genia de los dos, le estalló literalmente la cabeza. Esta es la historia que recordaba el escritor en incontables entrevistas, a lo largo de los años. Echó siempre la culpa a la ayudante de su esposa, una mujer nativa, quien manejaba la energía oscura desde un humilde tiesto.
Los encantamientos a través de las macetas son un tema recurrente en muchas culturas, no solo las norteafricanas. Los franceses primero, y luego los republicanos españoles exiliados en Orán, aprendieron de la tradición oral estas maneras antiguas de retorcer destinos. Los hijos de sus hijos también. Sirven uñas, dientes, trozos de piel seca, fotos recientes, hilos de colores, algún cabello suelto. Tornillos, clavos, alfileres, como en los rituales que Marie Vadeau hacía en Nueva Orleans, tras escuchar tantos secretos de las mujeres a las que peinó.
Los sortilegios sanan, enamoran, enferman, matan. La tierra canaliza esa energía entre los mundos, según estas creencias, o la superstición. Esto es infalible como recurso literario. Paul Bowles escribió sobre aquella magia vegetal, precursora de la IA, en su novela ‘Amor por un puñado de pelos’ con Mohamed Mrabet, su alter ego marroquí. Juntos recibieron desde el café Baba, su centro de operaciones, a varias generaciones de una especie casi extinguida, el peregrino intelectual. A Bowles no solo le debemos su magnético ‘El cielo protector’, también acuñó la famosa frase sobre lo que es ser un viajero, o un vulgar turista. Con los selfies, esa diferencia se difuminó.
Una maceta resulta hoy el símbolo más gráfico de resistencia urbana contra el urbanismo depredador, porque no hay imagen que explique mejor la felicidad sencilla. Las doce mil que adornan estos días Cartagena podrían ser como las de Bowles, inteligentes, teledirigidas, algo asesinas. Como cada vez que hay eventos en la ciudad, el centro, el puerto y la Alameda se decoran con paneles grandes que pueden tener hasta trescientos cacharros de plástico, coronados con preciosas flores. Algunas composiciones son tan bonitas que no se entiende por qué diablos no se pueden conservar.
Cuando este jolgorio se termine, todas serán retiradas y enterradas vivas en un gran contenedor. Es triste, pero no hay brigadas del feng-shui ni de buenrollismo de las energías positivas, las que sean, que defiendan a estos seres que respiran. Solo algunos vecinos piadosos que, por las noches, las retiran antes de su ejecución. Digo yo que para perpetrar un maceticidio tan tremendo cada vez que en mi ciudad se celebra algo, el dinero público debe sobrar como en Carthago Nova, donde nuestros ancestros vivían con key words tan parecidas a las nuestras. Mucho circo. De pan, lo justo. Brazos en alto, toros y religión.
Aunque las plantas no tengan cerebro, la ciencia de vanguardia ha descubierto que pueden recordar, comunicarse, reconocer a sus iguales, defenderse. Esto último es lo que me gusta más. En el maravilloso ensayo ´Planta sapiens’, sobre la inteligencia secreta de las plantas, Paco Calvo y Natalie Lawrence demuestran por qué el pensamiento vegetal es descentralizado, y como se conecta con su entorno. Calvo, que es Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Murcia y director del Laboratorio de Inteligencia Mínima, abunda en la idea de que hay que tratar a las plantas como sujetos. Cuenta también que nos cuesta entenderlas, entre otras cosas, porque crecen para vivir, pero no se pueden desplazar. Aunque no será el caso de las macetas cartageneras. No les dará tiempo a disfrutar mucho. Serán flores de unos pocos días, nada más.
Cuando leamos en oficiales y relamidos textos que doce mil macetas decorarán las calles cartageneras, hay que aguantar el diafragma, para que el aire pase muy lento. A lo mejor esos laureles o verdolagas o geranios lloran, quien sabe si nos avisan de algo que no vemos. Lo que sabemos es que la Naturaleza les importa un bledo. De qué no serán capaces si tiran a la basura la belleza. De qué no.
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