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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Mientras estábamos de vacaciones

Veraneante en la playa de Viareggio (Italia) 1939. Archivo fotográfico de la familia Lis-Olszewski / Narodowe Archiwum Cyfrowe. Dominio público.

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Desde hace años hay una imagen que me viene cada verano a la cabeza. Familias italianas, francesas y alemanas llenan las playas en escenas desenfadadas a pocas semanas de estallar la Segunda Guerra Mundial. Apenas unos meses antes decenas de miles de españoles hacinados y maltratados en los arenales de Argelès-sur-Mer, a orillas del Mediterráneo, les fastidiaban las vistas idílicas a vecinos y turistas.

Lo que nunca imaginé es que llegaría a preguntarme si yo mismo soy uno de esos ciudadanos impasibles. Hace ya algunos años escribí un artículo en el que argumentaba que la indiferencia colectiva ante el cambio climático era algo similar a lo que pudieron vivir muchos europeos (más allá de los Pirineos, se entiende) durante aquellas vacaciones de finales de los años treinta. Lo hice en parte inspirado por James Lovelock, padre de la teoría de Gaia, a quien tuve ocasión de entrevistar. Entre otras cosas, me contó que consideraba que el calentamiento global era un desafío en cierto modo equiparable a la Segunda Guerra Mundial, que él mismo había vivido, y que solo se superaría cuando la mayor parte de la humanidad se aliara para frenarlo.

Desde entonces, la crisis climática se ha vuelto cada vez más difícil de ignorar y el contexto político global, cuando menos, más inquietante. Para comprobar los efectos que ha provocado la actividad industrial sobre el sistema Tierra ya no hace falta asomarse a los medios especializados. Nos basta con bañarnos en el mar de nuestra infancia para sentir que el agua supera los límites del confort térmico. Es evidente que nuestras ciudades son menos habitables en verano y, en la ya habitual peregrinación al norte para encontrar condiciones soportables, hemos naturalizado atravesar zonas devastadas por los incendios y la sequía. Tampoco podemos ignorar que la guerra, vulnerando incluso las normas concebidas para limitar su barbarie, se expande día a día. Que nada menos que el ministro israelí de Seguridad Nacional haya hablado de matar cada noche en Gaza a 30 o 40 personas apenas sorprende.

Entonces, ¿los veraneantes de 2026 hemos sido los veraneantes indiferentes de hace un siglo? Tengo la impresión de que quien más y quien menos, incluso en el chiringuito o en la piscina, ha sentido un rumor desagradable de fondo. Es obvio que necesitamos desconectar de una vida, no casualmente, acelerada y atomizada que nos agota. Es cierto que no sirve de nada cargar sobre nuestras espaldas con la culpa de fenómenos globales perversos que se nos escapan de las manos, pero la indiferencia de la mayoría solo beneficia a quienes los provocan o tienen una mayor responsabilidad en ellos. Y ahí empieza el dilema de la comunicación. ¿Cómo transmitir la gravedad de lo que ocurre cuando tendemos a protegernos apartándonos de las noticias que nos angustian?

Ya vemos en el día a día que la falta de información, cuando no directamente la desinformación, alimenta cada vez más el apoyo a posturas negacionistas, antidemocráticas y racistas que prometen solucionar nuestros problemas cargando, ahora sí, la culpa sobre quienes menos han contribuido al desastre. A día de hoy, no podemos afirmar que la mayoría de quienes intentan cruzar nuestras fronteras sean migrantes climáticos, como tampoco podemos explicar lo sucedido este verano en Ceuta sin atender a la compleja relación geopolítica entre España y Marruecos, cada vez más en el centro de las tensiones mundiales y en la que el control migratorio se ha convertido en instrumento de presión. Pero es evidente que el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos, la degradación de las tierras de cultivo, la disminución de la pesca y las sequías prolongadas, todos estos fenómenos asociados al calentamiento global, aumentarán los desplazamientos humanos hacia Europa desde las regiones que menos han aportado a la crisis climática. Paradójicamente, quienes niegan el deterioro ambiental mientras hacen de la inmigración una amenaza contribuyen a agravar algunas de las condiciones que empujarán a más personas a abandonar sus hogares. Y otra vez, ahora a este lado de la frontera, seres humanos acampando en playas.

Entonces, ¿hemos sido o no hemos sido los veraneantes despreocupados de 1939? Afortunadamente, en todo el país durante un verano como este se han mantenido y preparado iniciativas comunitarias que apuestan por la multiculturalidad, el feminismo y el ecologismo; los mensajes de apoyo a Gaza se han colado en muchos escaparates; hay quienes se han manifestado contra los efectos de un turismo masivo sin regular, y hemos podido leer sobre redes vecinales que se organizaban para cuidar a los más vulnerables durante las olas de calor, entre otras muchas cosas. En qué lado de la historia estar depende, en parte, de nosotros. Quizá el problema no sea disfrutar de nuestro exiguo tiempo libre, sino aceptar como natural lo que no debería serlo.

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