Por una mirada, un mundo
Hay algo curioso en los vínculos: no siempre sabemos cuándo terminan. Esto vale para la pareja, para la amistad, para los hermanos, para quienes estuvieron muy cerca de nosotros y un día dejaron de estarlo. Casi nunca existe una fecha precisa en la que uno pueda decir: Hasta ayer creía sentir; hoy ya no, aunque no sabría decir cuándo ocurrió, si es que ocurrió. A veces dejamos de buscar a alguien y seguimos queriéndolo; otras, seguimos preocupándonos por él y no sabemos muy bien por qué. Tal vez ciertos vínculos no concluyan del todo, sino que se desplacen dentro de nosotros.
Lo que sí puede desaparecer antes es la mirada. Podemos seguir viendo a alguien y haber dejado de mirarlo. Porque mirar nunca es del todo inocente: podemos observar a alguien con disimulo, pero el encuentro de dos miradas nos expone.
He vuelto a ver estos días dos películas: Cuentos de Tokio y Lost in Translation. Y mientras las veía, recordé una tercera que vi en su estreno: El perdón, del cineasta murciano Joaquín Lisón. A veces anoto en un papel ideas sin mucho orden: una frase, una escena, algo leído, cualquier cosa que se queda conmigo por una razón imprecisa. Después intento reunirlas y, casi inevitablemente, termino preguntándome si tienen algo que ver con mi especialidad jurídica. Es un juego, claro; pero, como todos los juegos que merecen la pena, hay que tomárselo en serio. Esta vez, al juntar los papeles, aparecía, una y otra vez, la misma palabra: mirar.
En Lost in Translation, dos personas que probablemente no volverán a cruzarse se conceden al final unos segundos de atención absoluta. Él le susurra algo que nosotros no escuchamos. Quizá sea mejor así. En Cuentos de Tokio ocurre algo distinto y, en el fondo, parecido. Unos padres ancianos visitan a sus hijos, que apenas tienen tiempo para ellos. Lo inquietante es que no son malos hijos. Si lo fueran, todo resultaría más fácil. Están ocupados: trabajo, familias, obligaciones. Noriko —que ni siquiera es su hija— encuentra tiempo para estar con ellos.
Ozu parece saber que la bondad produce una belleza discreta mediante una especie de triángulo de miradas: dos personas distintas que, por un instante, dejan de ocupar el centro de sí mismas y hacen converger su atención en algo compartido. No hace falta comprenderlo todo del otro. A veces basta con desplazarse de uno mismo.
Y aquí mis apuntes empiezan a acercarse al derecho internacional. Salvando todas las distancias —que son muchas—, una de las grandes transformaciones jurídicas posteriores a la Segunda Guerra Mundial consistió precisamente en desplazar el centro de la mirada. Durante mucho tiempo, el orden internacional se construyó en torno al Estado y la soberanía. Después de la barbarie, la Carta de las Naciones Unidas de 1945 y, sobre todo, la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 expresaron algo que hoy nos parece obvio y entonces no lo era: detrás del Estado había seres humanos. El individuo no reemplazó al Estado, pero empezó a hacerse visible en un orden jurídico que había contemplado el mundo durante demasiado tiempo desde la perspectiva de la soberanía.
A ese proceso lo llamamos humanización del derecho internacional. Siempre me ha interesado la expresión porque dice más de lo que aparenta. Humanizar el Derecho no es volverlo sentimental ni renunciar a sus categorías. El Derecho necesita distinguir entre nacional y extranjero, refugiado y migrante, residente y solicitante de asilo. El peligro empieza cuando la categoría sustituye a la persona que pretende describir.
Lo hacemos también fuera de la ley. Decimos: mi ex, mi jefe, la cuidadora, el camarero, y creemos haber dicho algo cuando quizá solo nos hemos ahorrado el trabajo de imaginar quién es. La categoría nos ahorra el rostro.
Sé que estamos hechos de células y átomos, pero también de historias con sus consecuencias. Cada persona lleva una que comenzó antes de nosotros y quizá continúe cuando ya no formemos parte de ella. Casi nunca la conocemos entera, ni hace falta. Humanizar la mirada quizá consista en aceptar que detrás de lo que vemos hay mucho que ignoramos.
La ficción de la invulnerabilidad sostiene la distancia: creer que las historias ajenas no nos conciernen. La vulnerabilidad del otro incomoda porque nos recuerda la propia. Esa fragilidad muestra lo que preferimos mantener invisible. La ternura comienza cuando reconocemos esa cercanía y dejamos que nos afecte. También el dolor ajeno reclama ser mirado —de verdad—.
Por eso pienso en las personas migrantes, sin techo o en situación de exclusión, que viven entre nosotros. Trabajan en nuestros campos, cuidan a nuestros mayores, limpian casas y hoteles, sirven mesas, reparten comida o esperan un autobús de madrugada. Las vemos a diario, pero podemos discutir durante horas sobre los inmigrantes sin imaginar a uno solo.
Y existe otra forma de no mirar: reducir una realidad compleja a un único culpable. Hay quien convierte la inmigración en la explicación de casi todos nuestros malestares, y quien atribuye la hostilidad únicamente a quienes obtienen rédito político de ella. Entre una simplificación y otra quedan fuera de campo la precariedad, la vivienda inaccesible, los salarios insuficientes, la desigualdad y la sensación de competir por recursos escasos. Son causas menos cómodas: no pueden expulsarse en una frontera ni asignarse a un único adversario.
Nada de esto borra los problemas jurídicos y políticos reales. Un Estado tiene el derecho y la obligación de controlar sus fronteras dentro de lo que el Derecho permite. Humanizar la mirada no consiste en negar esas fronteras ni en sustituir las normas por buenos sentimientos. Consiste en discutir sobre expulsiones, devoluciones, asilo o control fronterizo, sin olvidar quién las sostiene.
Quizá por eso recordé El perdón. La película de Joaquín Lisón, rodada en distintos lugares de la Región de Murcia, aborda la inmigración y la reparación del daño mediante el encuentro entre Ana, una médica española, y Nala, una mujer senegalesa. Hay algo sencillo en una de sus imágenes que se me quedó dentro: la médica no solo atiende a la migrante; la mira.
Puede parecer poca cosa. No lo es. Mirar a alguien es devolverle algo de su singularidad allí donde la costumbre, la distancia o la categoría habían colocado simplemente a la inmigrante. Quizá esa mirada sea una forma simbólica de reparación. En una tierra atravesada desde hace siglos por acequias, me gusta pensar que también la mirada puede ser un cauce: una manera humilde de hacer llegar al otro algo que le era debido.
La pobreza hace aún más fácil dejar de mirar. Nuestro vocabulario lo delata. El extranjero con recursos suele ser residente, inversor, expatriado o turista. El extranjero pobre es sencillamente un inmigrante. No miramos igual al que llega con una tarjeta de crédito que al que llega con una bolsa. Tal vez porque el segundo nos recuerda lo que preferiríamos olvidar: que la seguridad es precaria, que las vidas se tuercen y que cualquiera puede necesitar, alguna vez, que le hagan sitio.
Eso fue también, en una escala incomparablemente mayor, lo que el derecho internacional comenzó a hacer después de la guerra: modificar el lugar desde el que miraba. No eliminó la soberanía ni convirtió al individuo en el único centro del orden jurídico. Hizo algo más modesto y quizá más profundo: impuso límites a lo que el poder podía hacerle a una persona y reconoció que la dignidad humana no desaparece al cruzar una frontera.
Una frontera delimita un territorio; no delimita la dignidad.
Tal vez por eso aquellos apuntes no estaban tan separados como creía. Humanizar no significa querer a todos, ni conservar todos los vínculos, ni abrir todas las fronteras. A veces hay que marcharse y a veces hay que cerrar una puerta. También los Estados tienen puertas y fronteras. La cuestión es si, al cerrarlas, necesitamos dejar de reconocer a quien permanece al otro lado.
Ochenta años después de que el derecho internacional empezara a colocar al ser humano en su campo de visión, quizá seguimos aprendiendo una lección sencilla de formular y difícil de practicar: detrás de cada categoría hay alguien. Humanizar la mirada consiste, al final, en no dejar de ver al otro cuando empieza a incomodarnos.
0