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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Noelia en Chicago

Elenco del musical 'Chicago'

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Las grandes villanas tienen más gancho que las chicas buenas. No solo las míticas, que todos recordamos. También lo son las de segunda categoría, incluso las de tercera. Ser villana (en la ficción) es apabullante, complejo, divertidamente transgresor. Tienen los mejores papeles, suelen ser más atractivas que las sufrientes buenas, se dan el gusto a sí mismas de reventar la fiesta y marchar después con la cabeza alta. Tienen poder, por lo que su público les teme. Sus leales esperan sus migajas. Las villanas congelan a sus oponentes, los fulminan, los hacen desaparecer. Sólo hasta que la trama lo consienta. Una historia como todo dios manda impone que, para que los buenos ganen y la justicia resplandezca, la malísima tenga su merecido final.

Hace justo doce años más uno, como dicen los del fario malo, una joven Noelia Arroyo hizo de villana en El Batel. Interpretó, con una voz magnífica y vestida de rojo Valentino a la matrona asesina del musical ‘Chicago’. Dominaba tan bien el escenario que parecía una cantante profesional.  Entonces era una joven periodista. Es cierto eso que dicen sus detractores de que no escribía noticias. Su trabajo se llamaría ahora creadora de contenidos, o algo parecido. Al año siguiente de esta gala, Noelia Arroyo entró en el gobierno regional.

La grandísima Queen Latifah, que es la matrona Mama Morton en Chicago, cantaba: ¿No sabes que con esta mano también se lava la otra? Cuando eres bueno con mamá, mamá es buena contigo. Aquel musical lo representó muy dignamente un grupo de estudiantes de la Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia. A los guionistas se les ocurrió, con buen ojo, que un refrito con ‘Chicago’, ‘Cabaret’ y ‘Moulin Rouge’ podría ser una metáfora anticrisis, ya que la atmósfera estaba bien cargada. ‘Chicago’ es obra de Maurice Dallas Watkins, periodista de sucesos, quien escribió este texto sobre el afán de éxito, triunfo a toda costa, encumbramiento de los más miserables, engaño y corrupción.

Cartagena era una ciudad con cifras de paro insoportables, empobrecida, aunque no tanto como ahora. Aquella semana se abrió un segundo local de Cáritas, con una puerta trasera por donde pasaban los nuevos pobres que se sentían humillados al recibir su pan. Los nazis estaban por ahí, como siempre ha sido, pero ocultos, porque aún sentían vergüenza social para proclamarlo como ahora, sin complejos. La Unidad Central Operativa de la Guardia Civil entró varias veces en el Ayuntamiento cartagenero, en busca de documentación. Ya había explotado la trama Gürtel. La Púnica estaba en ciernes. Todavía era presidente Valcárcel, al que la Fiscalía pedirá once años de cárcel el próximo septiembre por el caso de las desaladoras. Poco después el Partido Popular sería el único partido político mencionado en Europa como organización criminal. Chicago habitó entre nosotros.

En una estadística doméstica, de campo, a ciudadanos educados, de talante progresista o conservador, se puede concluir que el Tamayazo de la Moción de Censura es un bochorno tremebundo, con los momentos hilarantes que nos dio para la posteridad una pareja de concejales, que propongo para otro musical. Podría llamarse ‘Mesa napolitana’. El más joven, como a punto de entonar ‘Giovinezza’, con modales educados, aunque claramente autoritarios. El mayor, gesticulando enfurecido como en una tienda de Boscoreale, antes de que erupcione el volcán. El veterano conoce bien el truco o trato. El otro está descubriendo las maneras.

Esa mesa, vestida con un mantel a lo italiano, sería un éxito más grande que el de la viscosa saga de Torrente. La gente sin principios, como las villanas, ejerce una peligrosa fascinación. En esta moción de censura hemos visto a un gobierno local desbaratado, micrófonos que se cortan, tránsfugas que se venden (¿a cambio de?) y permanecen, mientras les paguemos. La alcaldesa sigue a las órdenes de Madrid y Murcia, en el centro de la foto, la que sea, como en la noche de aquella actuación. Nosotros hemos perdido la inocencia. Ellos hace mucho que perdieron el honor. Cada vez que nombran a Cartagena en vano se seca un árbol cerca del monte Galeras. Siendo realistas, los cartageneros les importamos un carajo. Y no, no nos merecemos toda esta basura. Aunque nos riamos, maldita sea, para disimular.

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