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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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La gata que vino del mar

Archivo - Un gato observa por la verja de las instalaciones adecuadas del albergue San Francisco de Asis de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Madrid (SPAP). Imagen de archivo

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Se mojó los pies cuando sus padres la subieron en la patera, pero no le importó. La niña agarraba fuerte un transportín en el que guardaba lo único que traía a Europa: su pequeña gata gris y blanca. En la playa había oscuridad, la gente tenía miedo. Unos hombres con armas les empujaban a bordo de la neumática. Se apretaron todos, obedeciendo al patrón. Cuando la costa argelina se hizo pequeña, se abrazó fuerte a la gata, que había tapado con su manta preferida, de lana, con cuadros rosas. La mar estaba picada, olía a esa goma negra, a gasolina. Los chalecos del silencioso pasaje se empaparon de gotas de sal.

Su madre había ideado una historia con la que calmar a sus tres hijos pequeños. El padre asentía junto a ella sin hablar, ni dejar de mirar al norte. El miedo se hace pequeño cuando se sincronizan los corazones. Poco a poco, los latidos no sonarán tan fuertes en vuestro pecho, les explicó, rodeando con los brazos a los tres niños. Así los Djinns del temor negro se marcharían, desencantados. Hay varias versiones de este cuento universal con el que las madres de todas las épocas distraen y protegen a los niños, en un refugio, bajo un bombardeo, cuando en la guerra los malos vienen a sacarte de tu casa. Por si el hambre te empuja a marchar de tu país. En travesías tan peligrosas como la que separa la costa argelina de la murciana, la voz tranquila de una madre te recordará que el horizonte se busca entre la calma.

La niña se acurrucó junto a la gata, casi un cachorro, algo asustada en esa maleta para animales. Comprobó que dentro iba la pelota arrugada de papel con la que jugaría al llegar a tierra. La acarició, por encima de la rejilla, y su mascota suspiró. Era verdad eso de que el afecto calma los corazones. Miró de reojo por la borda. La cremallera iba bien cerrada. Su pequeña amiga no se iba a caer al mar.

Apareció tierra firme después de una eternidad. Les habían dado pocas y confusas instrucciones. La costa era muy parecida a la argelina. Los rescataron mojados hasta los tuétanos, hambrientos, deshidratados. Había policías, equipos de la Cruz Roja, personas que hablaban su lengua. Toda aquella gente que les esperaba en la orilla parecía cansada, también. La niña, feliz, se apretó más a su gata diciéndole, sin palabras, que lo habían conseguido. Que había sido muy valiente por aguantar en silencio, como un gato mayor, el más fuerte de la medina. Un agente le cogió el transportín. La cachorrilla, agotada, dormía. La niña no supo en ese momento que no la volvería a ver. A ellos los llevaron al Centro de Atención Temporal de Extranjeros, en Cartagena. A la gata, muy tranquila, hasta el Centro de Protección Animal de Murcia. La sacrificaron nada más llegar. No hubo cuarentena, no importó que era lo único que tenía una niña de ocho años. Era una gata muy buena. Tan buena que no se quejó. Los funcionarios que la dejaron hicieron el camino de vuelta entre lágrimas.

Al día siguiente la familia fue a buscarla, pero los policías no tuvieron corazón para decirles que el protocolo de Sanidad Exterior ordena matar a los animales que no llegan de la Unión Europea. Les dijeron que todavía estaba en observación. Nadie sabe que ha sido de ellos. Quizá aún la están buscando.

En los cuentos para niños de todo el mundo ha habido siempre crueldad, pero las enseñanzas siempre muestran el brillo dorado del valor, tan reluciente como las mantas con las que cubren en el puerto a las personas con hipotermia. Ikram, la mastina napolitana de tres meses que arribó a Mallorca en patera, ha cumplido un año en la perrera, porque el concejal de Bienestar Animal se negó a firmar su ejecución. A Ikram la apoya toda una campaña ciudadana.

En las historias reales como esta, los finales serían diferentes si alguien despierta y dice con sencillez que no. Se llama coraje civil. Sirve para no agachar la frente por vergüenza. La buena noticia es que lo puede hacer cualquiera.

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