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No son solo cinco años, es todo lo demás

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Cada vez que se conoce la condena a un sacerdote por abusos sexuales a menores, el debate público parece seguir un ritual ya conocido: un titular, un rato de indignación y una rápida vuelta a la normalidad. Como si estuviéramos ante una anomalía aislada y no frente a una patología institucional que lleva décadas repitiéndose.

Esta semana, un nuevo caso en la Región Murcia vuelve a dejar una sensación difícil de ignorar. Cinco años de prisión. La discusión inmediata gira, como siempre, en torno a si la pena es suficiente o insuficiente. Pero centrarse únicamente en esa cifra es quedarse en la superficie del problema.

La verdadera cuestión es más delicada: ¿por qué delitos de esta gravedad, cuando son cometidos por miembros de la Iglesia, no generan una exigencia social sostenida proporcional al daño causado?

No hablamos de un ciudadano cualquiera investido accidentalmente de confianza. Hablamos de personas que ocupan posiciones de autoridad moral, cercanía con menores y legitimidad social construida precisamente sobre una supuesta superioridad ética. El abuso no es solo físico o psicológico; es también una demolición de la confianza depositada en una institución que durante siglos ha reclamado autoridad sobre la educación moral de la sociedad.

Y, sin embargo, el patrón se repite. Se individualiza al culpable, se encapsula el caso y se evita mirar el marco general. Un sacerdote concreto. Una parroquia concreta. Un episodio concreto. Como si el problema fueran únicamente determinadas “manzanas podridas” y no una cultura histórica de opacidad, corporativismo y protección reputacional.

La Iglesia lleva de siempre gestionando los abusos con una lógica reconocible: minimizar el escándalo, contener el daño mediático y presentar cada nueva condena como una excepción lamentable. Mientras tanto, las víctimas cargan durante años, a menudo décadas, con secuelas que ningún calendario penal puede medir.

Aquí no basta con celebrar que “la justicia actúa”. La justicia llega, demasiadas veces, tarde, fragmentada y después de años de silencio. Y cuando por fin llega, el foco público dura menos que cualquier polémica política semanal.

Ese es el verdadero escándalo democrático: la anestesia social.

Resulta difícil imaginar semejante contención pública si una institución cualquiera acumulase durante décadas casos de abuso a menores, dinámicas internas de silencio y resistencias sistemáticas a la rendición de cuentas. Pero la Iglesia sigue beneficiándose de una especie de blindaje cultural residual, una deferencia heredada que opera incluso en sociedades formalmente secularizadas.

Una sociedad democráticamente madura debería exigir más, no menos, a quienes se presentan como referentes morales. Más transparencia, más responsabilidad y una conversación pública menos cómoda.

Y hay una contradicción especialmente obscena en todo esto. La misma institución que históricamente ha pretendido intervenir en debates públicos sobre familia, sexualidad, educación afectiva o moral privada sigue arrastrando un historial devastador de abusos y respuestas insuficientes frente a ellos. Durante décadas se ha arrogado autoridad para decirle a la sociedad cómo vivir, cómo educar a sus hijos y qué valores defender, mientras en su interior demasiadas veces se protegía el silencio antes que a las víctimas.

Quizá por eso el escándalo no es únicamente penal, sino profundamente político y cultural. Porque no hablamos solo de delitos individuales, sino de una estructura que durante demasiado tiempo ha disfrutado de legitimidad social sin asumir plenamente el coste de sus propias contradicciones.

El problema no son solo cinco años. El problema es todo lo que todavía permite que cinco años sean la única cifra de la que terminamos hablando.