Una sociología que no olvida: Elena Gadea, un beso
Cuando se viene de Murcia, el viajero se adentra por la campiña de Albacete, cruza las hoces del Cabriel y asciende hasta Utiel, ya en la Comunidad Valenciana. Y tiene la impresión de que ha ido aproximándose a un cielo cada vez más cercano, casi hasta tenerlo al alcance de las manos. Elena Gadea, compañera de labores sociológicas en la Universidad de Murcia, se fue a ese cielo el pasado 12 de mayo y nosotros a darle el último adiós.
La tarde atemperó los nubarrones del día y quedó una hermosa estampa de Utiel. Extendiéndose entre viñedos y bodegas, en los que se elaboran unos preciados vinos, con la sierra del Negrete al fondo, el paisaje me hizo recordar “las memorias del Mediterráneo” del historiador Fernand Braudel.
Siendo el historiador que dejó una auténtica poética del Mediterráneo, Braudel relató en inolvidables páginas de historia (¿o poesía?) cómo se extendieron, del este hacia el oeste mediterráneo, cada uno de los productos que, a lo largo de siglos, configuraron fisionomías como las que esa tarde, entre las lágrimas y tristezas de una ceremonia de incineración, ofrecía Utiel.
Venida desde Transcaucasia, la vid se instaló por todas partes del Mediterráneo gracias a la tenacidad campesina y el buen gusto de los bebedores. A cada tipo de suelo y microclima, se adaptó una variedad de vid. Aquí, en la comarca de Utiel-Requena, sobre suelos regados por las aguas del río Magro y a una altitud de 700 metros, se aclimató la variedad bobal.
De este terruño surgió una socióloga, nuestra compañera Elena Gadea. No es casual que su empeño de investigación tuviera como objeto el universo de los hombres y mujeres trabajadores del campo. Cuando llegó hace ahora 20 años al Departamento de Sociología de la Universidad de Murcia traía ya un bagaje (un habitus) que le permitió conectar rápidamente con las investigaciones que ya entonces desarrollábamos en torno a la sociología rural y de la agricultura, las migraciones y los trabajadores agrícolas.
Nunca seremos del todo conscientes del valioso espacio sociológico al que ella tanto contribuyó. Se tomó muy en serio todo lo que hizo. Su gusto por el cuidado y el detalle impregnaba de dignidad lo que hacía y decía. Los que estábamos a su alrededor sabíamos del cemento que empleaba para la forja de vínculos. Ser el basamento de un grupo de investigación es un mérito inmenso en una institución como la universidad. Precisamente, Natalia Moraes e Isabel Cutillas recordaron esta cualidad humana de Elena en la ceremonia de despedida. Ellas, junto con Antonio J. Ramírez, Carlos de Castro, Héctor Romero, Miguel Ángel Sánchez, Marta Latorre y Miguel Ángel Alzamora saben que ahora nos toca resguardar a buen recaudo el inmenso tesoro que nos dejó.
Con humildad, mucho trabajo y forjando vínculos intelectuales con Latinoamérica y el Sur de Europa, constituimos un espacio sociológico de discusión y análisis sobre las condiciones de la vida popular e inmigrante en los enclaves de agricultura intensiva que se constituyeron en las últimas décadas del siglo XX en la Región de Murcia. Y esto, en la misma Región en la que hace ahora un siglo Mariano Ruiz Funes, un insigne jurista, hiciera el primer trabajo sociológico sobre el mundo campesino murciano (me estoy refiriendo a la obra Derecho consuetudinario y economía popular en la provincia de Murcia que Ruiz Funes publicó, a partir de su tesis doctoral influida por Joaquín Costa, en 1916).
Con mucho afecto, el catedrático de sociología de la UNED Luis Camarero se refería a nuestro grupo de investigación como “la escuela murciana de sociología”. Quizás fuera un tanto exagerado. Pero, en esa “escuela”, Elena Gadea fabricó un texto inmenso sobre “las almaceneras”. Inspirándose en un trabajo pionero del antropólogo Joan Frigolé -con el que tuvo una inolvidable conversación pública en el Museo del Esparto de Cieza-, Elena pensó las culturas del trabajo en el contexto de la precariedad laboral de las mujeres de los almacenes de manipulado agrícola.
Fundamentó su análisis en una sensibilidad feminista muy aguda -la misma con la que cada curso, en el grado de Sociología de la Universidad de Murcia, organizaba junto al alumnado la actividad “de las Aulas de Sociología al 8M” (que le valió de muchos reconocimientos públicos, en primer lugar, de sus estudiantes). La misma sensibilidad que le llevó a indagar en las mujeres pioneras de la sociología española.
Nunca perdió el vínculo sociológico con Utiel. Por un lado, se convirtió en una auténtica embajadora de las bodegas de su tierra. Del gusto por la bobal, como buena y fina catadora de vino, pasó a estudiar el proceso de reestructuración de la viticultura en el contexto de la globalización agroalimentaria, que implicaba al tiempo cambios en el trabajo hacia la norma salarial. Cada vez que nos abastecía con una caja de botellas de vino transportada en el maletero de su coche -un particular tráfico de alcohol (sin ley seca)-, teníamos presente las manos trabajadoras e inmigrantes que habían recolectado aquella uva.
Y, por otro lado, Elena leyó los trabajos clásicos del sociólogo rural Jesús Oliva sobre los miles de manchegos que se desplazaban diaria o semanalmente a trabajar en la construcción de la gran metrópolis madrileña. Ese nomadismo laboral, que tantos sacrificios implicaba, Elena lo tenía muy presente en su entorno familiar en Utiel. Precisamente esta conciencia es la que le llevó a una práctica sociológica con una fuerte perspectiva (y orgullo) de clase.
Siempre decía que lo suyo era hacer entrevistas a jornaleros y jornaleras. La memoria del trabajo, y en general, la memoria de los de abajo, fue el eje articulador de su proyecto sociológico. Por ello conectó tan bien con el Museo del Esparto de Cieza, espacio donde se cultiva como en ningún otro lado de esta Región, la memoria de los trabajadores. Allí hizo suya la petición que le hiciera Pepe Marín -otro profesor de la UMU que nos dejó hace apenas dos años- para recoger los testimonios orales de los ciezanos que en la década de los 60 se fueron a otras latitudes a buscarse la vida. El resultado fue un espléndido documental titulado 'Relatos de la Migración en Cieza'.
No es de extrañar, por tanto, que, en esta incansable labor sociológica, su último proyecto de investigación tuviera como objeto “las huellas del trabajo” en las mujeres jornaleras, realizado contra viento y marea en medio de un cáncer que arreciaba. Por este proyecto recibió las felicitaciones del Instituto de la Mujer y la promesa de su pronta publicación. Así nos lo comunicó feliz, a inicios de este mes de mayo, apenas dos semanas antes del último adiós.
A menudo nos gustaba citar a John Steinbeck, a propósito de ese monumento literario que escribió bajo el título de 'Las Uvas de la Ira'. Steinbeck lo escribió en 1939, y sus protagonistas fueron campesinos migrantes que han de abandonar la pobre Oklahoma para adentrarse en la floreciente agricultura intensiva de California en los años 30. Precisamente con Steinbeck aprendimos el fundamento de lo que hemos hecho en estos 20 años, pues cuando estudiamos cuestiones como las del modelo de trabajo en las agriculturas mediterráneas, estamos en el fondo preocupándonos por cuestiones profundas que tienen que ver con la democracia y con los procesos de democratización en nuestras regiones y países.
Elena Gadea quiso hacer de la sociología una práctica científica que no olvida a los perdedores de la historia. El día después de la ceremonia de incineración, su pareja de toda la vida, Bruno, dejó el ramo de flores de nuestro grupo de investigación (y fraternidad) ante la placa con la que el Ayuntamiento de Utiel homenajea a los fusilados de 1939 por la reacción franquista. “Elena siempre que moría un familiar dejaba allí unas flores”, nos contó.
Una socióloga que nunca quiso olvidar el curso de la historia al que pertenecía y se debía. Un beso, amiga, tampoco olvidamos.