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“Algunos niños y niñas ven la playa por primera vez”: la realidad del acogimiento familiar en verano

“Hay muchos niños y niñas que no han visto nunca la playa, la arena o el agua del mar. Programas como estos les permiten salir de sus centros en verano para ver la vida que hay fuera, cosas tan simples como tomarse un helado o bañarse en la playa”. Inés Montoro es una joven maestra de educación infantil que, cuando era pequeña, vivió en un centro de menores y fue acogida por una familia con la que después se quedó.

Su experiencia personal con los programas de acogimiento familiar en verano fue ambivalente: salió cuatro veranos con cuatro familias diferentes, y solamente la última ocasión fue positiva. Aun así, valora mucho este tipo de iniciativas: “Si se organizan bien, pueden ser una experiencia muy bonita en la que se puede dar un intercambio entre niños y familias”, explica.

El acogimiento es una medida de protección a la infancia, que se aplica a menores que, por diferentes motivos, no pueden permanecer con sus familias de origen. Puede ser residencial –en un centro de menores– o familiar, y en este último caso hay diferentes tipologías: de urgencia, permanente o temporal. Dentro de este último tipo existen programas específicos que se aplican en vacaciones o fines de semana, dando la oportunidad a niños y niñas de salir de sus centros y de convivir con familias en periodos cortos.

Aunque todas las recomendaciones nacionales e internacionales, tanto de organismos públicos como de asociaciones especializadas, recomiendan que prevalezca el acogimiento familiar frente al residencial, los datos dicen lo contrario: con datos del Ministerio de Juventud e Infancia de 2024, España atendía a 55.010 niñas, niños y adolescentes, un 5,8% más que el año anterior. De ellas y ellos, 36.463 se encontraban en alguna modalidad de acogimiento. 19.977 residenciales, en centros de menores.

Ante esta situación, se han puesto en marcha diferentes programas que buscan que, al menos en verano –o en otras vacaciones, puentes o fines de semana– esos niños y niñas puedan salir de sus centros de menores. Su gestión depende de las diferentes comunidades autónomas, que tienen transferidas las competencias. De ahí que su implantación sea desigual: mientras comunidades como Madrid o Andalucía tienen este tipo de programas muy asentados, en otras como Galicia existen más trabas.

Los niños que llevan muchos años institucionalizados pueden tener miedo a irse con una familia, al final son personas desconocidas. Así que este tipo de experiencias les permiten atreverse a conocer a una familia y sentirse únicos

Foco en la infancia

Carlos Chana es el responsable de Jóvenes e Infancia en Cruz Roja Española, entidad que colabora con el sistema de acogimiento familiar desde hace cuatro décadas. Para él, los programas vacacionales son experiencias que “pueden ser valiosas cuando se construyen desde las necesidades del niño, niña o adolescente, con preparación, acompañamiento profesional y recursos suficientes”, explica el portavoz. También cree que se trata de medidas que ayudan a difundir socialmente el acogimiento familiar: “Pueden ayudar a visibilizar la parentalidad social como una expresión de compromiso colectivo con la infancia, contribuyendo a fortalecer una cultura de cuidado, solidaridad, corresponsabilidad y cuidados comunitarios”. Chana invita a poner el foco en las necesidades de los menores: “Su sentido principal debe estar siempre en ofrecer experiencias familiares seguras, protectoras y emocionalmente cuidadas, integradas en el sistema público de protección y orientadas al interés superior de cada niño, niña o adolescente”, aclara.

Desde la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar (ASEAF), su presidenta Adriana de la Osa también valora positivamente estos programas. “Tienen una doble función: dan a conocer la realidad del acogimiento familiar a las familias que se animan y a todo su entorno, y permiten a los niños y niñas salir de los centros de menores en verano, teniendo una experiencia en una familia normalizada”, explica. También ella invita a centrarse en las necesidades de la infancia: “Los niños que llevan muchos años institucionalizados pueden tener miedo a irse con una familia, al final son personas desconocidas. Así que este tipo de experiencias les permiten atreverse a conocer a una familia y sentirse únicos”, reflexiona.

Adriana también tiene una experiencia personal con esta modalidad de acogimiento, con la que ejemplifica la importancia de que el menor se sienta “único”: “En el verano de 2021, tras muchos años siendo voluntaria en un centro de menores, me llevé a uno de los niños de vacaciones conmigo y con mi hijo. Recuerdo la primera vez que fui con él al supermercado y le pregunté qué quería desayunar. No supo elegir, me contestó que lo mismo que mi hijo, y es porque era la primera vez que alguien le preguntaba a él directamente qué le gustaba”. Adriana recuerda aquel verano como una experiencia “maravillosa”: “Mi hijo Martín tenía 15 años y Aitor [el niño al que acogieron] tenía 12. Se pasaron todo el verano como cualquier adolescente: jugando a la Play, saliendo en bici, jugando al baloncesto...”. A día de hoy, Aitor vive con ellos en acogimiento permanente.

En la familia de Vicente Molina conviven dos papás, dos hijos adoptados y ahora también una niña pequeña en acogimiento temporal. Molina, que además de padre es técnico de menores, reconoce que la experiencia de acoger cambió su percepción sobre este tipo de medidas. “Antes de tener a la niña en acogimiento temporal, yo pensaba que las medidas temporales podían tener consecuencias contraproducentes, ya que se le estaba otorgando la posibilidad de vivir en familia los meses de verano a un niño o niña que luego se podía quedar más roto en el momento de volver al centro. Me parecía un tortazo de realidad”, reconoce.

Antes de tener a la niña en acogimiento temporal yo pensaba que las medidas temporales podían tener consecuencias contraproducentes, que luego los niños y niñas se podían quedar más rotos en el momento de volver al centro

Sin embargo, la experiencia actual le ha hecho cambiar de opinión: “Creo que esto es algo que muchas familias que se plantean el acogimiento o la adopción deben saber, ya que les puede hacer cambiar su postura, como nos pasó a nosotros. Al salir del centro, estos niños y niñas tienen la oportunidad de entrar en un círculo social en el que alguien pueda conocerlos, comprender su historia y conectar con ellos y ellas. Profesores, pediatras, familiares o cualquier otro adulto que, de otro modo, probablemente nunca llegaría a cruzarse en su camino. En muchos casos, el desconocimiento sobre el acogimiento familiar hace que muchas personas nunca lleguen a plantearse esta posibilidad”.

Molina lo ejemplifica con la niña que está esta temporada en su casa: “Ella no solo está viviendo con nosotros, sino que le estamos abriendo un círculo social. ”Incluso cuando el acogimiento es solo temporal, sacarlos del centro les brinda la oportunidad de ser vistos, comprendidos y de despertar una sensibilidad que puede transformar su futuro y el de otros niños y niñas“. Según el técnico de menores, sin este tipo de medidas las posibilidades de que los menores salgan de los centros son escasas: ”Desgraciadamente, siguen faltando familias, y un niño o niña de cinco o seis años en acogimiento residencial tiene muy pocas posibilidades de acabar en una casa“, asegura.

Más medidas de apoyo

Ante las altas cifras de menores que viven en centros, colectivos y familias reclaman medidas de apoyo integral a este tipo de programas. “Cualquier modalidad temporal, vacacional o de respiro debe estar planificada, acompañada y evaluada, garantizando que cada experiencia sea coherente con la historia, los vínculos, los tiempos y el proyecto de protección de cada niño, niña o adolescente”, reclaman desde Cruz Roja. Su portavoz Carlos Chana sostiene que, para su entidad, “el acogimiento familiar no es solo una respuesta individual de una familia, sino una medida de protección que debe sostenerse desde una red profesional, comunitaria e institucional”.

En ASEAF también reivindican desde hace años más apoyos públicos para los sistemas de acogida. En su caso, se centran en una serie de medidas concretas que facilitarían mucho la experiencia, tanto para las familias como, sobre todo, para los niños y niñas. Así lo explica su presidenta, Adriana de la Osa: “Todos los programas de acogimiento familiar deberían contar con un apoyo integral y continuado, con disponibilidad 24/7. Con ello me refiero a poder llamar a cualquier hora a los técnicos, tanto psicólogos especializados en trauma como a los educadores de referencia en los centros, si surge cualquier tipo de problema con el niño o niña”, sostiene.

Recuerdo la primera vez que fui con Aitor al supermercado y le pregunté qué quería desayunar. No supo elegir, me contestó que lo mismo que mi hijo. Era la primera vez que alguien le preguntaba a él directamente qué le gustaba

De la Osa recuerda un caso en el que el acompañamiento se hizo bien y eso marcó la diferencia: “Una vez, una niña pequeña en acogimiento familiar se despertó de madrugada gritando y pegando botes; la familia hizo lo que pudo pero, no lograban calmarla. Por suerte tenían el teléfono de su educadora en el centro, la llamaron, le pasaron a la niña y en cuestión de minutos se calmó. Nunca supe lo que le había pasado, pero está claro que su educadora la conocía y supo dar con la tecla para tranquilizarla”, explica.

Rebeca Pereira es madre de acogida. En su casa viven actualmente seis niñas: tres hijas biológicas y tres en acogida, de las cuales dos están con ella de manera permanente y una en fines de semana y vacaciones. En su caso es “evidente” que se necesitan más ayudas. “Hago todo lo que puedo, pero tengo mis limitaciones, porque al final son seis”. Aun así, Rebeca está contenta con el acogimiento vacacional de la adolescente, que es la hermana mayor de las niñas que tiene en acogida. “Tiene 16 años y está asustada, porque se acercan los 18 y no sabe qué va a ser de su vida. Así que este tipo de acogimiento temporal le da una base: sabe que, si no le ofrecen otro recurso, no se va a quedar en la calle, se quedará conmigo”, explica Rebeca. Ella recomienda no tener prejuicios para acoger a adolescentes: “A mucha gente le puede echar para atrás, pero es una experiencia muy bonita. Ella está encantada de estar en casa con sus hermanas, ha aprobado todo y ha empezado a trabajar”, explica.

Para Inés Montoro, la joven que fue una niña con cuatro familias de acogida en verano, también se necesitan más recursos “en todas las medidas de protección a la infancia”. En concreto ella pone el foco en la necesidad de acompañar la adaptación. “No puede ser que una familia te acoja y ya está, sino que debería haber un programa de adaptación. Para un niño puede ser chocante irse a una familia sin conocerles de nada. Mientras que si te vas conociendo poco a poco, sales un fin de semana, luego unos días, quizás la cosa funciona. Y si todas las partes están cómodas, ese acogimiento familiar podría terminar convirtiéndose en un acogimiento familiar permanente”, reflexiona Inés, que a día de hoy vive con la última familia de acogida que tuvo.