En primera persona
“Cada vez había más tareas que recaían sobre mí”: cómo creamos un sistema radical de crianza que nos cambió la vida
Con el nacimiento de mi segundo hijo, en 2021, me di cuenta de que necesitaba un nuevo sistema de crianza. En aquel momento estábamos saliendo del confinamiento, y me sentía cansada y abrumada. Durante la pandemia, mi esposo y yo habíamos construido nuestra pequeña unidad familiar en Reino Unido, ya que nuestras familias vivían en Estados Unidos. Yo había decidido fundar mi propia agencia literaria en cuanto mi hija tuviera edad suficiente para ir a la guardería, a los seis meses. No era el momento ideal, pero quería empezar cuanto antes.
Abordé la búsqueda de un sistema de crianza como creo que lo hacen muchas mujeres de mi generación, con la misma intensidad con la que abordamos una tesis universitaria. Decidí recurrir a la colaboración colectiva para mi investigación: vi videos de madres que educaban a sus hijos en casa en EEUU mostrando sus rutinas matutinas, leí todos los libros sobre crianza que pude, escuché podcasts de madres que aparentemente “lo tenían todo” y escuché a otras que argumentaban que “tenerlo todo” era imposible.
Mi esposo es profesor investigador y científico, y su enfoque de la crianza siempre ha sido fundamentalmente práctico. Así, cuando comencé a trabajar después del nacimiento de mi segundo hijo, diseñó una hoja de cálculo con una clasificación por colores para organizar nuestras tareas.
Al principio parecía un éxito, pero con el tiempo, me di cuenta de que cada vez habías más tareas y cosas que recordar recaían sobre mí. Hubo mucho resentimiento, por ambas partes, que se intensificó además por el estrés de las tomas nocturnas, la extracción de leche materna y la presión financiera que sentía para hacer que el negocio fuera sostenible. Esos días vi aquel cómic viral francés sobre la “carga mental” y cómo las madres gestionan tantos detalles de la vida diaria en lo que a menudo es un trabajo invisible. Se lo mostré a mi marido, en un gesto que parecía más un grito con un dedo acusador, señalándolo: “¡Mira!”.
A pesar de mis investigaciones, no conseguía encontrar la mejor manera de gestionar todas las tareas familiares. Finalmente, mi esposo, siempre dispuesto a resolver problemas, me propuso sentarnos a analizar la situación y me pidió que anotara todas mis responsabilidades. Intentamos redistribuirlas de forma más equitativa, pero nos dimos cuenta de que, muy a menudo, una tarea está directamente relacionada con otra.
Decidimos dividir el día en turnos, uno de mañana y otro de tarde-noche. Él se encargaría por completo de la mañana y de todo lo que ello implica: el desayuno (lo que incluye asegurarse de que hay comida para el desayuno), vestirse, preparar las mochilas para los niños y llevarles al colegio. Yo me encargaría del resto de tareas a partir del momento de recogerlos del cole. Es decir: cena, baño y hora de acostarse. Es un horario que seguimos manteniendo años después: mi hijo ahora tiene ocho años y mi hija cinco.
No es un sistema perfecto, pero a nosotros nos funciona. No hay tareas en las que los dos nos sintamos responsables, así que mi marido se encarga por completo de la mañana. Le dejo que se las arregle como quiera y le facilito las cosas saliendo antes de casa para no interferir con su método. Por ejemplo, he notado que se relaja más si se olvida algo: si no hay comida para el desayuno, compra algo de camino al colegio. A veces se equivoca con el uniforme, a veces los niños se olvidan de los deberes, pero suele pasar por alto las pequeñas cosas.
Mis tardes y noches no son mucho más tranquilas, pero supongo que yo me fijo más en los detalles. Yo llamo a mi turno “la hora punta de la cena” porque me recuerda a cuando trabajaba de camarera. Recojo a los niños de las clases extraescolares y después todo pasa volando: preparo la cena, comen, practican piano, se bañan, disfrutan de un rato de lectura y luego se van a la cama. Como muchos de mis clientes viven en EEUU, después de que se acuesten los niños, yo vuelvo al trabajo.
Sé que tener este horario para la vida diaria no suena particularmente idílico, y nuestras familias nos han comentado que suena demasiado rígido. Pero he aprendido que tener esta estructura también puede brindar libertad. Como sé que solo soy responsable de la tarde y la noche, puedo desconectar de la crianza por la mañana y tener ese espacio mental sin sentir que tengo que supervisar absolutamente todo. Quizás llegue un momento en que no quiera ser la madre que se encarga de la tarde y la noche, pero, por ahora, estoy feliz de estar a cargo de la hora punta de la cena.