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Crisis y oportunidad en Podemos

El portavoz de 'Euskal Hiria'-Podemos, Roberto Uriarte, posa después de la entrevista en Bilbao.

Roberto Uriarte, exsecretario general de Podemos Euskadi.

En vísperas de la pasada campaña electoral la dirección vasca de Podemos decidió presentar su dimisión, denunciando una política organizativa impositiva y poco respetuosa para con los territorios y reclamando el cese del máximo responsable del aparato de organización, Sergio Pascual. Fue una forma de reivindicación que muchos no entendieron.

Sin embargo, la decisión de renunciar a los cargos por no poder mantener la coherencia con el modelo de plurinacionalidad que se defendía ha acabado dando sus frutos, con el cese de dicho responsable por parte de Pablo Iglesias. Por desgracia, la solución ha llegado tarde para Euskadi, donde va a ser muy difícil revertir el daño causado, no sólo en las personas, sino también en la convivencia interna de la organización.

En los últimos meses, la crisis organizativa se había ido extendiendo y agravando. Un aparato todopoderoso, a la imagen de los viejos partidos, estaba empezando a crecer en el seno de Podemos, un aparato que impedía cualquier ejercicio de pluralidad, aplicaba las normas en función de sus intereses y apadrinaba a líderes sin ningún arraigo en los territorios. Era inevitable tomar medidas drásticas y así lo ha sabido entender Pablo Iglesias al cesar al anterior responsable, reconociendo explícitamente que se le apartaba por su mala gestión, en un ejercicio loable de transparencia, que no suele ser habitual en los partidos, habituados a resolver estas cuestiones mediante desplazamientos de los cargos, ocultando las razones de fondo que los motivan. No sólo ha habido un ejercicio importante de transparencia; también de sinceridad y de autocrítica, tanto del propio secretario general como del nuevo responsable de organización, que han reconocido explícitamente la responsabilidad de la dirección estatal por la falta de neutralidad y el exceso de injerencia en los procesos autonómicos (recordemos que el propio Echenique sufrió en su día la competencia en Aragón de una lista promovida por el aparato madrileño).

Pero, al margen del análisis de los errores habidos, conviene recordar que toda crisis constituye un momento de oportunidad para repensar qué modelo organizativo necesita Podemos si quiere seguir desempeñando ese papel que todos, incluso sus mayores rivales, le han reconocido en estos dos años de existencia. Porque no se trata de un problema que se resuelva sólo cambiando a las personas, sino repensando el modelo. Un modelo que se basaba en unas previsiones de excepcionalidad y en el que se sacrificaban muchos elementos a la consecución de un buen resultado electoral. Una vez salgamos de este período electoral, será urgente ir dando pasos en la dirección de un modelo más garantista.

La decisión sobre qué modelo organizativo necesita Podemos no es nada fácil, pero no se debería cerrar esta crisis en falso. Porque los partidos políticos, todos ellos, aunque en medidas diversas, han tenido muy poco éxito en el intento de operar internamente como organizaciones democráticas de la sociedad civil; hasta el extremo de que algunos autores como Ferrajoli consideran que este constituye actualmente el principal problema de la democracia.

La articulación de Podemos a partir de sus círculos auspició que su discurso novedoso y regeneracionista consiguiera una gran receptividad social, permitiéndole interlocutar con sectores poco permeables a las prácticas partidistas, como bien ha resaltado en este mismo medio Imanol Zubero. Pero las urgencias electorales hicieron que en el congreso de Vistalegre la potestad de legitimar las decisiones orgánicas se atribuyera no a los círculos o a los militantes de base, sino a la figura que se creaba de la Asamblea Ciudadana, es decir, el colectivo de los inscritos en la página web. De esta forma, los derechos políticos de los inscritos se igualan en su mínima expresión, al valer exactamente igual el voto de un militante que el de cualquier persona que accede en un momento determinado de forma puntual a la web de Podemos con cualquier intención. La situación se agrava cuando no hay más formas de legitimación de las decisiones que las consultas telemáticas.

A medio plazo, se hace imprescindible un congreso, un Vistalegre II, en el que se repiense el modelo organizativo y sin perder la enorme apertura a la sociedad civil que forma parte del ADN de Podemos.

En mi opinión, las medidas que debe tomar la secretaría de organización pasan, a corto plazo, por establecer en el seno de Podemos el viejo principio que la revolución francesa reivindicaba como condición previa al poder legítimo: la interdicción de la arbitrariedad o lo que es lo mismo, la abolición de los privilegios y de las situaciones de ventaja y la aplicación uniforme de las normas a todos sus destinatarios. Y a medio plazo, se hace imprescindible un congreso, un Vistalegre II, en el que se repiense el modelo organizativo y sin perder la enorme apertura a la sociedad civil que forma parte del ADN de Podemos, se concrete qué derechos políticos deben estar asociados a qué forma o formas de militancia y a qué instrumentos de conformación de las decisiones y de control sobre los órganos de dirección.

No es una tarea fácil, si partimos de la constatación de que todos los partidos tradicionales, incluso los menos convencionales, como los verdes alemanes, han fracasado relativamente en el intento de articular mecanismos garantistas que compaginen eficiencia y respeto de la pluralidad y el disenso. Aún es más difícil crear esa estructura eficiente y garantista partiendo de una apuesta por la plurinacionalidad como la que hace Podemos.

La peor solución sería en mi opinión promover una estructura centralista a la interna y a la vez condescendiente con los partidos nacionalistas. Se defiende mejor el derecho a decidir de los territorios respetando dentro de la organización la autonomía de estos para crear proyectos contrahegemónicos que renunciando a un discurso sólido frente a los nacionalismos y a la disputa electoral de los espacios en aras a apoyos puntuales que pasan factura a largo plazo. La solución tampoco pasa, desde luego, por la opción más convencional de una estructura formalmente federal pero que de facto articule las decisiones colectivas como componendas entre baronías que representan espacios territoriales de poder y de intereses.

No es tarea nada fácil generar procesos y espacios efectivamente deliberativos. Tampoco lo es crear mecanismos eficientes de selección de élites territoriales que antepongan el interés general al particular y actúen con lealtad tanto a sus bases territoriales como a un proyecto colectivo. Pero ese es aquí y ahora el reto interno de Podemos.

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