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Nueva normalidad

Los que hemos salido indemnes de la primera oleada del coronavirus hemos salido a un mundo donde la distancia entre personas es el nuevo código social. La soledad, lógicamente, será su consecuencia

nueva normalidad

El pasado es este momento que huye, el presente es siempre tan resbaladizo como el agua que se nos escapa entre los dedos y el futuro no está escrito en la palma de las manos sino en la inscripción de un nicho. Lo único que perdura en nuestras vidas es el desconcierto actual. Este estado mental de permanente intranquilidad e incertidumbre, provocado por la peste del coronavirus, que como viene siendo costumbre la religión tratará de aliviar con promesas de una vida futura y la industria farmacéutica atiborrándonos a ansiolíticos.

Nuestra relación con el tiempo no ha cambiado. Lo que ha cambiado es nuestra manera de relacionarnos. Los que hemos salido indemnes de la primera oleada del coronavirus hemos salido a un mundo donde la distancia entre personas es el nuevo código social. La soledad, lógicamente, será su consecuencia. La soledad ya venía siendo antes de la pandemia el núcleo sustancial de una sociedad metálica, fría, tecnológica, donde las relaciones humanas habían perdido ya una de sus mayores conquistas: la conversación. Lo dijo hace ya varios años Doris Lessing, la novelista británica, premio Nobel de Literatura del año 2007: “la televisión fue el final de la conversación”. La pérdida de la conversación ha traído, como era previsible, la desaparición de los conversadores. Por si alguien no lo recuerda, estos, los conversadores, eran una especie humana dotada de una más que notable capacidad para distraer el tiempo contando anécdotas, chascarrillos, recuerdos, hazañas inventadas y luminosas mentiras y que con gracia natural, sabiduría enciclopédica, ingenio de lazarillo hambriento y un mínimo de elegancia dialéctica nos proporcionaba uno de los mayores placeres de los que se puede disfrutar en este complicado valle de lágrimas. Cierto es que hay personas que hablan mucho, generalmente para no decir nada, pero ya apenas hay conversadores.

En las tertulias de la radio y de la televisión, por ejemplo, a las que muchos periodistas acuden con un notable desconocimiento de la realidad cotidiana y con el cinismo propio de quienes, para su desánimo, han descubierto, no hace mucho, que no tienen más medio de vida que un oficio miserablemente pagado, se sentencia y en la vida diaria resulta muy complicado tener una mínima charla, que no conversación, - siempre a dos metros de distancia -, que no esté relacionada con el coronavirus y los destrozos que ha causado tanto en nuestra vida privada como en la vida pública de un país poblado de políticos carroñeros, patanes, maleducados y dispuestos siempre a precipitarse por los barrancos del guerra civilismo con tal de lograr el poder... Las personas ahora tendremos que conformarnos con escuchar lo que las máquinas nos transmiten; circunstancia a la que hemos estado maniatados durante el largo confinamiento primaveral.

La peste, entre otras cosas, nos ha enseñado lo fácil que resulta engordar, lo difícil que es asumir la verdad y el poco contacto físico que tenemos con nuestros semejantes. Ya apenas hablamos con ellos. Mucho menos cara a cara. En gran parte de los trabajos actuales, fundamentalmente en los no esenciales, la única relación verdaderamente estrecha que mantenemos es con nuestro ordenador y durante el tiempo de ocio la relación, cuando no es con nuestro portátil, es con nuestro móvil o con el televisor. La soledad es total. La tecnología ha conseguido, finalmente, aislarnos en una habitación cualquiera de la casa pendientes tan solo de una pantalla, lo que provoca que cada vez haya más personas que, una vez apagadas estas, hablen en voz alta consigo mismas solo por saborear el delicado placer de escuchar una voz humana sin una pantalla de por medio. Este monólogo, este hablar incesante con nosotros mismos en soledad, será, probablemente, una de las características de la llamada “nueva normalidad”. La otra, la fundamental, será la espera. La espera de la vacuna. El milagro por venir...

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