La portada de mañana
Acceder
Las preguntas que deja el expediente con el que Ayuso quería zanjar la crisis
Los migrantes de Ceuta que se quedaron fuera: “La playa no parece más vacía”
Opinión - 'El gran espectáculo de demoler la democracia', por Rosa María Artal

LOS PARTISANOS

Alexandria Ocasio-Cortez, una historia del Bronx

18 de septiembre de 2026 22:07 h

0

La primera película que Robert De Niro dirigió tiene el mismo título de este artículo. En ella interpreta a un vecino del barrio, un conductor de autobús, que ve cómo su hijo es seducido por el grupo mafioso que controla la calle. Mean Street [Malas calles], es otra historia de violencia urbana de un joven Martin Scorsese, en la que también De Niro se mueve en buena parte por el mismo paisaje. Ambos conocieron el áspero Bronx antes de ser artistas. En un viaje a Nueva York, le pedí consejo a un amigo que vivía en la ciudad para visitar el barrio. Me señaló en qué estación de tren bajar, cuáles eran los sitios más seguros y, finalmente, me indicó una avenida por la que podía pasear. ¿Hasta dónde?, le pregunté al ver que no me lo decía. Te vas a dar cuenta solo, me contestó. Efectivamente, después de una caminata frente a tiendas, delis y peluquerías, al llegar a una esquina, mientras aguardaba a que la luz del semáforo me dejara cruzar, vi, en la acera contraria, varios pares de ojos de unos cuerpos apoyados en el alféizar del ventanal de una cafetería que me invitaban a no hacerlo. Este es el barrio donde nació, creció y al que regresó al morir su padre, una vez acabados los estudios, para trabajar en un bar de camarera y ayudar a su madre, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, posible candidata demócrata en la carrera presidencial de 2028.

El sitio PolitiFact, un verificador de datos y hechos de la política estadounidense, registra que en 2011 el socialismo aún era tabú y que su simple mención en la conversación pública provocaba encendidos debates. Con ironía, pero no sin desdén, se dice aún “S-word”, la palabra que empieza con “S”, al igual que se usa con corrección N-word, por nigger, el insulto racial dirigido a las personas negras. Ya no es así (al menos, con el socialismo) porque desde el enfrentamiento de Bernie Sanders con Hillary Clinton en 2016 y el posterior triunfo de Trump, las cosas cambiaron. Quizás de manera acelerada con la llegada de Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York. Hoy la palabra forma parte del nombre de la facción demócrata con más fuerza en el partido: Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés).

Cuando en 2018 Alexandria Ocasio-Cortés ganó un escaño en el Congreso, el New York Post de Rupert Murdoch abrió la portada con un titular sensacionalista: “¡ALERTA ROJA!” y el presentador Sean Hannity de Fox News (también de Murdoch), dijo que la nueva congresista era «verdaderamente aterradora». La cuestión es que el trumpismo, al normalizarse como un tsunami destructor de todas las costuras institucionales y habiéndose profundizado la crisis social y económica que prometía revertir, ha conseguido lo imposible: naturalizar la socialdemocracia en Estados Unidos.

“Se supone que las mujeres como yo no debemos presentarnos a las elecciones. No nací en una familia rica ni influyente... Esta elección enfrenta a la gente y al dinero. Nosotros tenemos a la gente, ellos tienen el dinero. Es hora de que reconozcamos que no todos los demócratas son iguales. Que un demócrata que acepta dinero de las grandes empresas y se lucra con las ejecuciones hipotecarias, no vive aquí, no envía a sus hijos a nuestros colegios, no bebe nuestra agua ni respira nuestro aire, no puede representarnos bajo ningún concepto. Lo que el Bronx y Queens necesitan es Medicare (salud pública) para todos, universidad pública gratuita, una garantía federal de empleo y una reforma de la justicia penal.” Esto era lo que Ocasio-Cortez decía en la campaña de 2018 y es lo mismo que plantea hoy pero no solo en el barrio; ahora en un territorio bañado por dos océanos. 

Esto es algo elemental, mínimo, ni siquiera nuevo bajo el sol, pero Donald Trump, el MAGA y el ejército tecnofeudal de Silicon Valley con su mal hacer lo están convirtiendo en un programa de vanguardia. 

Michael Harrigton fue uno de los fundadores del DSA y los hermanos Kennedy (a excepción del negacionista Robert, el actual secretario de Salud) le prestaron atención. El presidente John F. Kennedy, siguiendo los estudios de pobreza de Harrigton, diseñó un programa para recuperar los barrios marginales, eliminar el hambre y proveer atención médica. Kennedy, como se sabe, fue asesinado pero su sucesor, Lyndon B. Johnson, llevó adelante el proyecto. Aquel esfuerzo realizado con la ampliación de las prestaciones de la Seguridad Social redujo la tasa de pobreza fijada en 22,4% en 1959 hasta el 11,1% en 1973. Hoy parece una meta utópica frente al actual modelo distópico estadounidense.

Harrigton representaba el ala izquierda de los demócratas y se consideraba a sí mismo un posibilista. El Post, Fox y el propio Trump llaman a esto comunismo, lo cual, en contraste, hay que interpretarlo como un atributo. Alexandria Ocasio-Cortez lo define como “el ala izquierda de lo posible” y, al igual que Sanders viene planteando desde 2016, ella propone –con todo el sector caoba de su propio partido fervorosamente en contra–, además de empleo y sanidad universal, igualdad de derechos para las mujeres y las minorías étnicas y sexuales. Buena parte de este programa aún es viable en Europa (en Suecia, afortunadamente, acaba de ser refrendado) aunque se está trabajando a conciencia en el resto del continente para barrer con todo. Ernesto Cardenal le dedicó un poema, una elegía, a otro poeta, Joaquín Pasos, en la que pedía recordarle cuando tuviéramos puentes, carreteras, tractores y buenos gobiernos. En medio del desplome, aún nos quedan cosas que, seguro, serán motivo de nostalgia cuando, a la inversa del poema, nos hayan dejado sin nada. Desde el Bronx, esta joven congresista promete trabajar para levantar lo que han destruido. 

No está sola. El triunfo de Mamdani –al que Steve Bannon saludó señalando el peligro que representa para MAGA– se suman las nuevas alcaldesas Janeese Lewis George en Washington, Katie Wilson en Seattle, además de muchas otras ciudades controladas por el DSA, así como su creciente presencia en las legislaturas estatales y en el Congreso, conforman un frente que debilita las críticas del viejo partido. 

Jonathan Cowan, quien dirige el influyente think tank demócrata Third Way, compara a los socialistas con el movimiento MAGA de Trump, una vanguardia que acabó cooptando al Partido Republicano. «En mi opinión“, opina Cowan, ”suponen una amenaza mortal para el Partido Demócrata“. Si bien Kamala Harris se acercó al movimiento y la matriarca Nancy Pelosi elogia (con la boca pequeña) a Alexandria, hay una honda preocupación de perder el poder en manos de una revolucionaria hija de latinos que en Camelot –piensan muchos sin decirlo– formaría parte del personal de servicio.

Alexandria Ocasio-Cortez no se quería ir del Bronx, solo se proponía cambiarlo. Ahora lo imagina en otra dimensión, en todo el país. Hay una mirada popular sobre la evolución del carácter que supone un cambio en la intención de transformar el mundo para, según pasan los años, reducir ese deseo a un propósito más modesto: cambiar en uno mismo aquello que pueda ser mejorable. Ocasio-Cortez se opone, de momento, a esa visión y sube la apuesta. Ella quiere cambiar Estados Unidos y lo explica en tribunas como la del Bronx diseminadas por todo el territorio. Desde la izquierda, se asemeja a una superación pacífica de la tesis foquista de los años setenta cuando se pedían, uno, cien, mil vietnams. Este modelo es el que parece usar hoy Trump, de manera literal, en las ciudades americanas para, mediante el ICE, desterrar violentamente a los inmigrantes. En la vereda de enfrente –de MAGA y de buena parte de su propio partido–, Ocasio-Cortez se opone. 

¿Cómo a alguien que creció en las calles de un barrio junto a otros niños hispanos como ella, afroamericanos y muchos más procedentes del sur de Asia se la podría convencer de que hay que limpiar el barrio en lugar de restaurarlo? Que hay que mejorar la vida en lugar de eliminarla (tal y como está haciendo el Gobierno actual). En la película de Scorsese las calles eran malas y lo advertía desde el título. Los seguidores del DSA, en cambio, esperan otro final.