La portada de mañana
Acceder
Venezuela se vuelca en una búsqueda de desaparecidos a contrarreloj
Pedro Sánchez busca el cierre de filas del PSOE ante el nuevo ciclo electoral
Opinión - 'Traidores', por Rosa María Artal

LOS LANZALLAMAS

Marc Andreessen, el lazarillo tecnofeudal de Trump

26 de junio de 2026 22:01 h

0

El guapo, el malevo, personaje central en la mitología de Buenos Aires, aparece en la literatura de Borges ligado al honor, a la valentía y a un destino trágico. Al escritor argentino se le atribuye la frase que pone fin al mito: cuando se inventó la pólvora se terminaron los guapos. Las armas de fuego disolvieron el coraje. La tecnología puso fin a una acción, inicialmente en igualdad de condiciones, con una simple detonación a distancia. 

La tecnología también es el arma con la que los tecnofeudales pretenden acabar con los valores de la modernidad. Marc Andreessen es uno de los que están en la vanguardia de este proceso y, además, con mando en plaza. Es decir, en nombre de Donald Trump. 

Andreessen es como el sol: aunque no lo veamos –ni hayamos oído jamás su nombre– siempre está ahí. Sin ir más lejos, su huella se encuentra en los hipervínculos azules de esta página y en todos los enlaces cuyo color morado indican que ya los hemos visitado. Así lo decidió al crear Mosaic, el primer navegador gráfico de la red. Así quedó desde entonces.

Como toda criatura del Silicon Valley –a excepción de Peter Thiel– Andreessen tiene una raíz progresista y fue público su apoyo a los candidatos demócratas desde los Clinton, pasando por Al Gore y Obama, pero las razones de Trump se impusieron en un abrir y cerrar de ojos. El poder de la tecnología detona todas las barreras de la ética liberal.

¿De dónde viene y a dónde va este tycoon? Sale de un sitio y una familia a los que evita mencionar ya que piensa que no le merecen. A la hora de señalar una genealogía menciona el nombre de Thomas Edison, el inventor americano por antonomasia y como prueba de la fe en sí mismo recuerda que con solo 12 años y la ayuda del ordenador de la biblioteca del colegio se construyó una calculadora para hacer los deberes. 

El escritor Tad Friend cuenta que, al entrevistarlo, consiguió hacerle hablar de su niñez en un pueblo de Wisconsin, un mundo formado, confesó, por «gente escandinava, dura de roer y muy abnegada, que pasa por la vida sin esperar nunca ser feliz». Ingmar Bergman no lo sabría expresar mejor pero Andreessen enseguida da un apunte para que no perdamos de vista al personaje que tenemos delante. Cuenta que tenía que conducir una hora para encontrar una librería y allí solo había libros de cocina y calendarios de gatos. Por eso, subraya, considera a Amazon “un heroico difusor del conocimiento y el progreso”. Tad Friend se quedó perplejo con la conclusión de aquella experiencia: «¡Que les den a las librerías independientes!“, bramó, ”No había ninguna cerca de donde crecí. Solo las había en ciudades universitarias. El resto de nosotros podíamos irnos a la mierda».

Toda la soberbia que puede otorgar la capacidad de crear y su traducción en poder es el perfil del Silicon Valley del que Andreessen es un paradigma. Lo sabe ya en la pubertad pero muy pocos años después lo confirma al crear Netscape, el primer navegador que alcanza el éxito y propaga la marca de su apellido. Cuando sale a bolsa recibe, como casi todos los tecnofeudales, la bendición de la portada de Time. 

La venta de Netscape por más de cuatro mil millones de dólares representa un punto de inflexión y comienza la construcción del Andreessen actual, un tiburón del capital de riesgo que financia emprendimientos que, en su mayoría, están instalados en la constelación digital y que afectan a la totalidad de la población global. Esta virtud de detectar talento y convertirlo en negocio es lo que le ha situado junto a Trump en el rol de máximo consejero no ya en temas tecnológicos o económicos sino en la misma gobernanza.

Twitter, Airbnb o Facebook son algunas de las marcas que en algún momento de su despegue han tenido detrás a la consultora Andreessen Horowitz o también a16z (hay 16 letras entre la primera y la última letra de los apellidos de los dos socios), aunque el rol estratégico es exclusivo de Andreessen.

Cuando Airbnb necesitó entrar en una segunda ronda de capitalización, a16z, que no había participado en la primera, apoyó el movimiento. Andreessen dijo comprender lo que en un primer momento no veía pero sugirió cambios que atemorizaron a los emprendedores. Airbnb había sufrido una caída de imagen por la publicidad de las denuncias de los propietarios de las viviendas ante los destrozos provocados por los turistas. Andreessen les dijo que ofrecieran 50.000 dólares de indemnización por daños previamente denunciados a la policía con el fin de evitar estafas. La imagen de startup cambió rápidamente y se convirtió en un fenómeno de tal magnitud que no hay sitio en la Tierra que hoy no lo padezca. 

En 2006 Yahoo! quiso comprar Facebook por mil millones de dólares. Los inversores de la compañía ejercieron una presión inimaginable sobre Mark Zuckerberg para que vendiera. Andreessen fue el único que se negó a dar el paso y convenció a Zuckerberg. «Marc Adressen tiene la firme convicción de que, cuando las empresas llevan a cabo su visión con éxito pueden tener un impacto mucho mayor en el mundo de lo que la gente cree“, cuenta el fundador de Facebook, ”no solo como negocio, sino como defensoras de la humanidad“. El tramo final es la parte lírica del razonamiento; la reflexión anterior representa el valor de una buena estrategia: hoy Meta, la compañía de Facebook, está valorada en 1,4 billones de dólares.

En abril Palantir, la empresa de seguridad de Peter Thiel que preside Alex Karp, publicó un manifiesto a través del cual se proclama la idea de una “república tecnológica” con un cambio de paradigma sobre la energía nuclear como principal arma de disuasión entre las potencias en favor de la Inteligencia Artificial. “Basta de poder blando” (es decir, democracia) se lee en la proclama; hace falta un poder duro y ese poder se construye con software y lo controla la “república tecnológica”.

Este texto remite al que publicó tres años antes Andreessen en la web de su compañía, el llamado “manifiesto tecnooptimista”, invocando, entre otros, a Nietzsche y al poeta Filippo Tommaso Marinetti, con lo cual se emparenta con el movimiento futurista italiano que apoyó al fascismo deslumbrado por las consecuencias de la revolución industrial: motores, aviones y armas. Andreessen proclama el aceleracionismo citando también a Nick Land en un marco de optimismo ante el cual no hay nada, según él, que no pueda resolverse con el concurso de la tecnología.

Todo esto lleva –y suma– al interés que Andreessen despertó en Donald Trump.

Fue un amor a primera vista por ambas partes. El día en el que se conocieron, Trump, sin más, le pidió que dirigiera una estrategia para que las empresas tecnológicas estadounidenses ganaran la carrera global contra China. El creador de Netscape se sorprendió porque sus expectativas aquel día solo se limitaban a obtener unas monedas, o mejor dicho, la liberación de las criptomonedas que Biden había cercado con medidas enérgicas. 

A partir de allí, la alianza entre ambos solo es superada, según señala el periodista alemán Claus Kleber, por Peter Thiel. En los primeros tiempos de esta legislatura Andreessen reclutó candidatos para puestos de toda la administración más allá de las áreas de economía y tecnología. También ha asesorado sobre perfiles para puestos en el Departamento de Defensa y las agencias de inteligencia, tarea en la cual, sin duda, compartió criterios con Thiel, principal actor en la seguridad del país a través de su empresa Palantir. Es curioso que en los días en los que el mundo seguía a Elon Musk intentando destruir parte del Estado, motosierra en mano, en la trastienda quien realmente estaba operando de manera decisiva era Marc Andreessen.

Así las cosas en Washington, ¿por qué no volver a Borges? 

En su famoso poema, Fundación mítica de Buenos Aires, imagina una génesis de la ciudad a partir de una única manzana, la primera, a la que describe con detalle sin excluir siquiera un guapo, claro está, pero echa en falta solo una cosa, como no: la vereda de enfrente. Así, tal vez, vean al mundo los tecnofeudales en el afán de construir su propia distopía. Solo su valle, donde todo lo tienen y desde allí puede que les parezca que más allá todo está por hacer. Se diría que, ante sus ojos, todos nosotros somos invisibles.