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LOS LANZALLAMAS

Santiago Abascal: Hay un hombre en España que no hace nada

17 de julio de 2026 21:41 h

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Alguien preguntó, alguna vez, refiriéndose al permanente viaje del PP hacia el centro: ¿de dónde viene esta gente que no termina de llegar nunca? Ahora, el foco de la derecha es Vox y está en la banda diestra, extramuros, del PP. Al fin, en un escenario donde podrían exhibir su declarada vocación de equilibrio, los populares demuestran que, en realidad, su pulsión es la itinerancia y se pierden en los páramos radicales. Aunque allí las cosas tampoco son sencillas. Sus habitantes están a merced de la voluntad de su jefe, Santiago Abascal, quien fue vanguardia al abandonar a su suerte a los excompañeros del partido de la gaviota que en 2023 se toparon con el infierno mientras pensaban que tendrían un verano azul. Ahora, todo indica, que las próximas estaciones serán de color verde. Verde kriptonita.

Santiago Abascal se asoma a un balcón y su expresión es la propia de un depredador porque se agarra con fuerza del pasamanos del que cuelga una bandera española y pareciera que atisba a lo lejos una presa sobre la cual lanzarse. El ritual de conquista lo marca un accesorio ridículo fuera de la iconografía vintage de su partido: el morrión de los Tercios españoles del siglo XVI que luce en su cabeza. Esta imagen, que apareció en un tuit de Vox, parece conversar con Fernando Sánchez Dragó, quien fuera intelectual orgánico del partido en sus últimos años de vida. “Con su barba ligeramente recortada en punta, [Abascal] es un capitán, es Hernán Cortés”, dijo a Le Monde en 2019.

Se sabe que Sánchez Dragó era un incontinente y, como no podía ser de otro modo, cerró la idea: “Santiago no tiene ideología ni muchas ideas, pero sí fuertes convicciones, sobre todo en lo que respecta a la defensa de España… El país necesita épica, un capitán que se dedique a gobernar, no a pensar”.

Afirmar que Abascal no piensa es en extremo audaz pero lo cierto es que, en el paisaje de líderes radicales de la derecha, su perfil toma distancia de la plasticidad de Meloni, el desborde de Milei, la empatía de Nigel Farage en la puerta de un pub o la soltura de Marine Le Pen en un debate. Tiene razón Gabriel Rufián cuando le augura un futuro en la cartera de Interior. Ni él mismo se imagina gestionando la sanidad o la educación, ni siquiera asuntos que le resultarían cercanos como los del campo. Se lo dice a Sánchez Dragó en la conversación volcada en el libro España vertebrada: “los sentimientos y las convicciones: el honor, el patriotismo y cosas así”, le importan más que “el plan de urbanismo, (...) el horario escolar, (...), el alumbrado de las calles. Todo eso, a mí, nunca me ha interesado”.

Si nos detenemos en la épica, los sentimientos y el patriotismo, estamos en el marco que utiliza Cas Mudde cuando define al populismo como una ideología de núcleo delgado, con pocos conceptos fundamentales, que necesita adherirse, como en el caso de Vox, al nacionalismo: figuras retóricas como “prioridad nacional” (patrimonio de Marine Le Pen, por cierto) o la defensa de los valores más conservadores. Un contendedor de emociones que se llena con el honor y “cosas así”, como improvisa el líder de Vox.

Si el marco teórico es epidérmico y la gestión social de lo público no está entre sus prioridades vitales, ¿qué es lo que de verdad le interesa a Santiago Abascal?

En medio de los años de plomo, Abascal nace en Bilbao y crece en Amurrio, un municipio de Álava. Tiene linaje político: su abuelo fue alcalde durante el franquismo y el padre un histórico de Alianza Popular y el PP. Nunca dejaron de estar en la diana de ETA. “Me siento como un judío en la Alemania nazi”, dijo el padre cuando pintaron sus caballos y dejaron una amenaza en la entrada de la campa que poseían: “Abascal, te queda poco ya”, según cuenta en su libro sobre Vox el periodista Miguel González. En ese ambiente Santiago Abascal formó su carácter y con veinte años ya militaba en las Nuevas Generaciones del PP. No oculta que iba armado con un Smith & Wesson, revólver que, al menos hasta 2019, llevaba consigo, advierte la periodista Sandrine Morel.

Aunque no lo demuestra, tiene tablas. Fue concejal, presidente de las NNGG, diputado autonómico y presidente de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES), la primera que crea (vendrán más) y, en un momento dado, cae en una profunda crisis. Todo se desmorona al unísono: pierde su escaño, el negocio familiar quiebra, le embargan la casa y el declive se cierra con la ruptura de su matrimonio.

Cuenta el periodista Xavier Ruis Sant en su libro Vox: El retorno de los ultras que nunca se fueron, que, ante este panorama, Abascal se conjura, como Scarlett O’Hara, prometiéndose que no volverá a pasar penurias económicas.

Esperanza Aguirre, entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, enfrentada como él a la línea oficial del partido marcada por Mariano Rajoy, sale en su ayuda. A pesar de que la fundación DENAES está en Cantabria, Aguirre le asigna una subvención de cien mil euros. Poco después, se radica en Madrid y le nombra director de la Agencia de Protección de Datos de la CAM y cuando los recortes se llevan por delante el organismo, Aguirre le pone al frente de otra fundación sin actividad conocida, dotada de un presupuesto de unos doscientos mil euros de los cuales casi la mitad representan su salario. Abascal es de ideas firmes: no volvió a pasar hambre.

El político catalán Alejo Vidal-Quadras, entonces eurodiputado y eterno disidente del PP, le propone crear un nuevo partido. Abascal, junto a sus compañeros de ruta, Iván Espinosa de los Monteros y Javier Ortega Smith, entre otros, ponen en marcha Vox para participar en las europeas de 2014 (a las cuales también se presenta por primera vez Podemos: entonces fulgía la izquierda). Lo hacen con sumo sigilo para no advertir del movimiento al PP en el Gobierno, que hubiera tenido capacidad para dilatar la autorización del nuevo partido hasta después de las elecciones.

Hay en esa gestión una impronta que si bien identifica el accionar de Vox también permite vislumbrar al conquistador asomado al balcón. Una vez presentados los estatutos, la oficina de asuntos electorales de Interior los devuelve para que los modifiquen: no especificaban la duración del mandato de la junta directiva, los miembros de la misma ni la periodicidad de las reuniones, entre otras muchas omisiones que desnudaban la intención de controlar todo desde el núcleo dirigente, según apunta Rius Sant. Una verticalidad que hoy se expresa con la expulsión de todo aquel que se sale del guion.

Por las puertas de salida de Vox han pasado y seguirán desfilando los disidentes que no se ajustan al pretoriano sistema del partido. Los últimos en salir han sido, nada menos, dos de los fundadores y referentes mediáticos como Espinosa de los Monteros y Ortega Smith, pero también ha dejado una estela amarga para la dirección partidaria la salida de Macarena Olona, quien ha tocado el nervio de la agrupación. Olona denunció el manejo de, nada menos, que once millones de euros, de los cuales, siete pertenecen a la fundación privada que preside, cómo no, el líder. Y es aquí donde se boceta la figura de Abascal con otros trazos, ya que el hombre que no es ni como Orban ni como Meloni ni Milei, solo se asemeja a sí mismo, tanto, que parece no hacer nada ya que las emociones (el honor, el patriotismo) son tangenciales.

El líder de Vox es sociólogo por la Universidad de Deusto, con lo cual posee un marco teórico para manejarse con cierta comodidad. Sánchez Dragó, en su exaltación del héroe, se permitió llenar de sombras el libro que hicieron juntos publicando todas las inseguridades del político. Aunque esto puede tener dos interpretaciones.

El escritor exhibe el credo que profesaba en sus últimos años, estigmatizando el Estado, a Rousseau y al contractualismo. Es más, hace un encendido elogio de Leo Strauss y acusa al Papa Francisco de socialdemócrata, peronista y yihadista. Curiosamente, Abascal, resiste el embate y no asume ninguna de estas tesis. ¿Prefería Sánchez Dragó dejar claro su marco u organizaba un contexto que le permitiera a Abascal dibujar un perfil más contemporizador?

Santiago Abascal, al fin y al cabo, emite sus consignas en baja frecuencia salvo contados golpes de efecto, como el día que dijo en Buenos Aires que el presidente Pedro Sánchez acabaría colgado de los pies. Pero quien de verdad siembra su ideario es el PP que, en su deriva, lo abraza. ¿Podría Isabel Díaz Ayuso estigmatizarlo? Ella tampoco tiene la garra conceptual de Meloni pero sí su arrojo; carece de la sobriedad técnica de la ultra alemana Alice Weidel pero lo suyo no es el rigor sino el ruido.

Mientras tanto, ninguna de estas herramientas es de interés para Santiago Abascal, quien ha descubierto sin haber abierto, quizás, un libro de poesía, que, como escribió Robert Frost, tomar el camino menos transitado hizo la diferencia.