Nigel Farage, cómo convertir el 10 de Downing Street en un pub
Al igual que ocurrió con la primera elección de Donald Trump, en la que todos tomaban su candidatura como una mala broma, Nigel Farage no parecía destinado a llegar al umbral de Downing Street. Las elecciones municipales de este mes, que han provocado el descalabro de conservadores y laboristas, lo acercan a ese lugar.
El líder del partido ultra Reform UK exhibe una figura más controlada mediáticamente que la de Trump. Es el perfil risueño de un hombre con una pinta de cerveza en una mano y la otra ocupada en dar palmadas en el hombro a los eventuales parroquianos que celebran sus gracias. Es la alegría del pub, del mitin o de la entrevista. La risa se acaba pronto cuando entramos en su lado oscuro, pero, al menos, hay que agradecer que Santiago Abascal carezca de su histrionismo y, más aún, de la calle que tiene el líder británico para seducir voluntades.
Nigel Farage comenzó a actuar activamente en política cuando dejó atrás una década como operador bursátil en la City londinense. Así como Trump deriva del negocio inmobiliario, Farage abandonó la bolsa, y ambos se han movido atraídos por la plusvalía del poder. Tan es así, que nunca habla de sus actividades pasadas salvo, cómo no, para recordar la juerga: “la cultura del alcohol era desmesurada”, dice con nostalgia.
A partir de 2008, cuando la crisis financiera estrangula aún más la economía y los servicios sociales británicos, la promesa de aumentar los salarios y cancelar la inmigración comienzan a ser narrativas corrientes. Esas aguas fueron propicias para la navegación de Farage, embarcado desde joven en ideas extremas para prometer un paraíso patriótico, lejos de Europa y étnicamente limpio de extranjeros que nunca dejaron de aumentar.
Su cruzada no era sencilla, pero la sucesión de líderes conservadores fallidos fue creando el caldo de cultivo para allanarle el camino a Downing Street, y ahora el laborismo hueco de Keir Starmer parece estar a punto de abrirle la puerta.
Nigel Farage, al igual que Javier Milei o Marine Le Pen, no es un mal chiste del destino sino una contradicción inevitable del sistema. ¿Recuerdan cuando Margaret Thatcher dijo, no sin orgullo, que Anthony Blair era el mayor logro de su gestión?
El primer gran paso de su carrera lo consiguió con el referéndum de 2016, cuando puso el Brexit en primer plano. De nada sirvió a David Cameron llamar entonces a la antigua formación de Farage, el Partido de la Independencia Británico (UKIP por sus siglas en inglés), “banda de chiflados, lunáticos y racistas encubiertos”. Es más, era un gesto neurótico de quien les puso la alfombra. El relato estaba escrito: hay que tomar el control. La pereza narrativa de los dos grandes partidos promete siempre el “cambio” (el reclamo de la campaña de Starmer en 2024 era change y el de Cameron en 2010 fue solo un poco más largo: year for change); la fuerza ultra apelaba a una acción radical: “tomar el control”, la sartén por el mango (el toro por las astas es más de Vox).
Sin pudor, del mismo modo que Trump prometía con el MAGA volver a los años dorados de América, el populismo británico ofrecía el advenimiento de un paraíso si se evitaba la llegada de 75 millones de turcos a Gran Bretaña y se destinaban los 350 millones de libras que Europa “saqueaba” semanalmente a la mermada sanidad británica.
En la marea del odio causada por la frustración ante las necesidades básicas y la ausencia de soluciones concretas por parte del bipartidismo obsoleto, nadie advertía que era imposible vaciar por completo de habitantes Turquía o que los egresos al continente no eran tales, solo la mitad, y que se compensaban por otra vía. El referéndum triunfó y, a pesar de que Farage y su partido no quedaron bien parados, Trump se acercaba a la Casa Blanca en aquellos días y comenzó a llamar a Farage Mr. Brexit, con lo cual, llegó un nuevo amanecer para el hombre que, parafraseando a Churchill, sueña con un telón de acero cayendo sobre el continente.
Conocer a Trump y ser arropado por él le dio un nuevo brío, un giro a su figura política, incorporando el espectáculo a sus actos, sin excluir números musicales, coreografías y fuegos artificiales. La mano libre que no sostenía la pinta la empezó a usar para saludar con la chistera. Claro que la pirotecnia también apareció azuzando aún más el odio racial y la estigmatización de todos los extranjeros.
En este sentido, el del relato del odio, es algo que públicamente Farage matiza muy bien ya que evita ser directo sin aparecer en las manifestaciones racistas y se apresura a condenar los actos de violencia. Trata de mantener el relato de la simpatía pero no deja de advertir sobre el creciente voto musulmán en Gran Bretaña y señalar, una y otra vez, la poca seguridad que tienen las mujeres y los niños en las calles. Pide que se le escuche a la hora de señalar estos problemas y amenaza: “Soy la cara moderada, razonable, democrática, experimentada y madura de la lucha; si pierdo, ya verán”.
La plataforma Cameo se utiliza en el Reino Unido para pedirle a una celebridad, un deportista o un influencer, un saludo personalizado a cambio de una tarifa. Es muy fácil, se elige a un famoso y se le solicita un vídeo en el que graba un mensaje a pedido, ya sea de ánimo, de felicitación o un simple saludo. El periódico The Guardian hizo una investigación sobre los más de cuatro mil mensajes grabados por Nigel Farage por los cuales ha cobrado, hasta la fecha, una cifra que ronda los cuatrocientos mil euros.
Se supone, atendiendo el tiempo físico que reclama esta tarea, que desatendió sus tareas como miembro del Parlamento, incluidas las votaciones, pero este no es el detalle que mayor malestar puede causar. Lo inquietante es que, quizás porque Farage se sienta al abrigo de su comunidad de fans, sale del armario y se manifiesta allí en estado puro.
Entre los mensajes para celebrar cumpleaños y los típicos saludos navideños o de San Valentín, se intercalan docenas de exaltaciones de extrema derecha, algún apoyo nostálgico al desaparecido partido fascista Frente Nacional, un viejo partido fascista británico (NF por sus siglas en inglés, que Farage, jugando con el doble significado, usaba como firma personal en sus años de estudiante) o manifestaciones xenófobas como expresar que no le gustan “los gitanos”. También hay curiosidades como unas palabras de aliento para los neonazis canadienses, bromas contra los transexuales e, incluso, menciones a los pechos de la diputada demócrata Alexandria Ocasio-Cortez. En fin, nada que no se escuche en un cualquier pub británico; lo temible es lo poco que puede faltar para que lo exprese en el número 10 de Downing Street.
¿Qué haría si finalmente Farage llegara a ser primer ministro?
El periodista y escritor Peter Chappell en su libro What If Reform Wins? [¿Y si Reform gana?], recurre a la ucronía con humor pero no por ello resulta menos inquietante. Chappell imagina que, en la línea de Trump cesaría a todos los funcionarios que no responden políticamente al partido como primera medida, más allá de las indemnizaciones astronómicas que eso demande, porque no se consideraría gasto invertir en las filas de leales. Entre las primeras medidas anunciaría una gran ley de deportación y suprimiría todos los vínculos internacionales como la Convención sobre el Estatuto los Refugiados de la ONU, desmantelaría el objetivo de “emisiones cero” y arremetería contra la BBC. La lista, a continuación, es infinita pero cabe la duda, con todo esto entre manos, de si sería capaz de llegar a los primeros cien días de gobierno. Aunque en cualquier caso sería tiempo suficiente para el golpe final, letal, de estas décadas de deriva de la política británica
Sin embargo, The Economist se permite relativizar la victoria de Reform en las últimas municipales. Es abrupta la caída del laborismo pero por cada votante que se pasó a Reform son mucho más los que se fueron a otras alternativas de izquierda o se abstuvieron. Los conservadores también cayeron dramáticamente pero Farage no pudo destruirlos en los términos que prometió. Además, en Gales y Escocia han ganado los nacionalistas. Al proyectar estos datos al plano nacional, abstrayendo el foco local, el laborismo podría tener un respiro pero, por supuesto, debería reaccionar para obtenerlo. Algo parecido a lo que ocurrió en España en 2023 convocando el voto plurinacional, además del progresista, para detener a Vox.
Claro que la realidad es alambicada y Farage, pinta en mano, no se cansa de repetir: “No hay normas, han desaparecido. Me encanta”.
Boris Johnson salió de Eton, la escuela de la elite británica; Nigel Farage, de un pub. Cuesta mucho, como en el juego, encontrar las siete diferencias.