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Baja Sajonia: ciegos, sordos y fatalmente mudos

14 de septiembre de 2026 22:09 h

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La mayoría de las informaciones sobre la victoria de la extrema derecha en las elecciones regionales en Baja Sajonia del domingo pasado siguieron el guion de este tipo de acontecimientos: sorpresa, alarma, llamada de atención, incredulidad. Palabras y expresiones que se vienen repitiendo desde hace exactamente diez años, a raíz del referéndum del Brexit en Reino Unido y de la elección de Donald Trump en Estados Unidos. Sorpresa e incredulidad que entonces estaban justificadas, pero ¿ahora?

Ciegos

Hemos perdido la cuenta de las victorias de las distintas fuerzas de extrema derecha, nacional populistas, xenófobas, nacionalistas y demás encarnaciones del odio que se han ido produciendo a lo largo de esta década en todo el mundo, y aun así algunos siguen maravillándose, sorprendidos y se diría que felizmente aterrados, ante cada una de ellas, sin parecer que hayan aprendido nada, como si hubiesen estado todo este tiempo en Plutón.

¿Qué sorpresa puede deparar el resultado de Baja Sajonia, cuando todas las encuestas lo anunciaban? Es más, solo había que retrotraerse al resultado de las elecciones federales del año pasado, cuando AfD ya rebasó el medio millón de votos, más que doblando su resultado de cuatro años antes. Estaba cantado, para cualquiera que quisiera verlo. Pero vivimos en un mundo en presente continuo, sometidos a una dieta de escándalos concatenados, que aparecen con la mayor estridencia y desaparecen sin dejar nada atrás, desconectados de cualquier referente, sin pasado ni futuro, puro presente. Vendrán más elecciones regionales en Alemania… y nos harán igual de ciegos.

Y seguiremos hablando (y escribiendo en grandes titulares) que sus resultados serán un “señal de alarma para Europa”, sin querer entender que la alarma ya hace tiempo que está instalada en el mismo corazón de Europa, en el que actúa con total normalidad una coalición política entre la derecha tradicional y las fuerzas emergentes de la extrema derecha. Su última actuación conjunta fue la concentración de eurodiputados de estas fuerzas a las puertas del Europarlamento en apoyo (sic) de Ceuta. Ahí, en esa foto, se expresaba la nueva coalición dominante en nuestra Europa democrática: los populares junto con la extrema derecha, bendecidos por el jefe del PPE, Manfred Weber, el gran arquitecto del acercamiento a los ultras.

Precisamente el partido de Weber, la CDU, ha sido la gran derrotada en Baja Sajonia. Pero no solo eso. Según los sondeos, uno de cada cuatro de los que votaron a los cristianodemócratas en 2021 habrían optado esta vez por AfD. Ese es el precio que está pagando la derecha en todo el continente por su acercamiento al lado oscuro. Ese sí que es el gran remplazo. Próxima parada, Francia.

Sordos

Otra de las “sorpresas” que nos deja el resultado en Baja Sajonia es la intensísima movilización del electorado, el principal beneficiario de la cual ha sido (¿quién lo diría?) la extrema derecha. Nada nuevo. Llevamos viendo esto elección tras elección. Una parte muy significativa de los buenos resultados de los partidos ultras se explica por su capacidad de atraer a las urnas a una parte muy importante de la población que, hasta la aparición de estas fuerzas, no se sentía llamada a participar en el proceso democrático. He ahí la paradoja: fuerzas que propugnan en mayor o menor medida la desaparición de la democracia son capaces de activar para el juego democrático a grandes capas de la sociedad, a los dejados de lado por el sistema, los que se sienten abandonados por los partidos tradicionales, los partidos democráticos.

Partidos que se han mostrado sordos, cuando no desdeñosos, a los llamados de atención de estas personas. Hillary Clinton, en la campaña de 2016, cuando todo empezó, los calificó de “basket of deplorables”. Desde entonces se han sucedido los descalificativos hacia esa parte del cuerpo electoral. Se les ha llamado genéricamente fachas, racistas, se ha dicho de ellos (la mayoría son hombres) que estaban mal informados, intoxicados con fake news (lo cual es cierto), que votaban mal (sí, no solo Vargas Llosa dice estas cosas) porque lo hacían “contra sus intereses”. Incluso se ha llegado a dudar de la legitimidad de sus reivindicaciones, de sus miedos, para desacreditar su angustia en esa especie de concurso para decidir quien es más víctima que quien, ergo quien puede tener voz, quien tiene derecho a quejarse (y quien no).

Todo ello los ha lanzado en brazos de la extrema derecha, que ha sabido manipular ese desasosiego, que no lo ha cuestionado y, fundamental, le ha dado un sentido coincidente a sus intereses (a los intereses de la extrema derecha): los culpables de tu situación son los inmigrantes, las feministas, los partidos tradicionales, la corrección política. La extrema derecha ha sabido dar una respuesta (falsa, torticera, pero respuesta, al fin y al cabo) a un desasosiego, a un miedo que se siente como real y que los ultras no cuestionan, al contrario, abrazan, legitiman. Con ello la extrema derecha consigue algo políticamente muy valioso: crear comunidad, establecer vínculos, dar identidad. Acoger, abrazar, consolar.

Como cantaban The Who en Tommy: “see me, feel me, touch me, heal me”, las fuerzas democráticas no han querido ni ver, ni notar, ni tocar, ni por supuesto curar a una parte de la sociedad que se siente abandonada. No los han escuchado, o lo que es peor, no los han querido escuchar.

Mudos

Si la extrema derecha ha conquistado el apoyo de tanta gente es, en buena medida, porque ha sido la única opción capaz de proponer una alternativa a la actual situación. Precisamente, de ahí viene la AfD, como respuesta al discurso de Merkel, de resonancia thatcherianas, de que “no hay alternativa”. Obviamente, la extrema derecha es una alternativa-trampa, que en ningún momento aboga por corregir las desigualdades del sistema actual, por muy antisistema que se presente, pero emite un relato que da respuesta, aparente, al estado actual de cosas, a la incertidumbre, al miedo y la sensación de amenaza que recorre grandes capas de todas las sociedades democráticas. Algo que es muy real y ante lo que, desgraciadamente, las fuerzas democráticas no emiten señal, no dan respuesta. Si una parte de la sociedad vota por la extrema derecha es, en gran medida, por ese silencio, amplificado por unas redes sociales que basan su negocio en el comercio del odio (que es el núcleo del discurso ultra).

Ante la respuesta categórica y violenta de la extrema derecha (“¡echémosles!”), las fuerzas democráticas emiten resignación. El sistema no se toca. Tiene problemas, sí, habría que reparar algo, claro, hay que ajustar alguna pieza, obvio. Pero el sistema es un tótem, no se puede tocar, no se puede ni cuestionar. Vivimos en el mejor de los mundos posibles. Pero para una parte de la sociedad la democracia se cae a cachos, incapaz de dar respuesta al desasosiego, a la desigualdad, a un futuro que se ve cada vez más oscuro que incierto. Y ahí, en esa inmovilidad, en ese agarrotamiento, en esa esclerosis de las vías democráticas, es donde cala el mensaje de los ultras: abajo con todo (con todo menos con el establishment, ya se entiende).

Ante un problema grave como el de la vivienda, la escuela o la sanidad, la extrema derecha propone la exclusión de los inmigrantes como solución. Es inhumano, es tramposo, pero ¿cuál es la propuesta desde las fuerzas democráticas? Pues que es un tema muy complejo, que hay que “abordarlo” desde diversos frentes, que se necesitan años para resolverlo, que las propuestas ultras son irrealizables, que los problemas complejos no admiten soluciones simples. En resumen, nada. Todo muy cierto, sí, pero lo que se emite desde las fuerzas democráticas suena a resignación y palabrería. Es decir, nada.

O aún peor, porque una de las salidas más manidas en estos casos es simplemente desacreditar las “soluciones” de la extrema derecha sin ofrecer alternativa, sin emitir una respuesta propia, una propuesta mínimamente comprensible, un relato sobre cuáles son las causas y como atacarlas ¿Quién es el malo, para las fuerzas democráticas? Para la extrema derecha está claro. Es el inmigrante, la feminista, el woke, los “políticos” (como si ellos no lo fuesen). Pero, ¿y para las fuerzas democráticas? Es la extrema derecha. Pura tautología. Mientras la extrema derecha se sitúa en un plano social (tramposo, repito), el discurso de las fuerzas democráticas se sitúa en el plano político. Habla en político, emite en político. Es decir, no emite para una gran mayoría del cuerpo electoral.

Hay que impedir que la extrema derecha llegue al gobierno para que no aplique sus políticas discriminatorias, que profundizan la desigualdad, el odio y la división social. De acuerdo. Pero ¿para qué?, ¿para hacer qué? Silencio. El auge del voto a la extrema derecha responde a algo y el combate democrático que se debe llevar a cabo debe centrarse en ese “algo”. Hasta ahora las fuerzas democráticas han combatido el efecto y no la causa. Tal vez el enemigo sea la extrema derecha, pero la tarea no es impedir que gane unas elecciones, la tarea de fondo no es impedir que gane en Suecia, en Francia, en los sucesivos länder alemanes y en España. La tarea es hacer que no tenga sentido para mucha gente (cada vez más) votar a la extrema derecha. Y eso requiere decirle algo a esta gente, atenderles, proponerles una alternativa democrática a sus miedos. No vale decir que lo que propone la extrema derecha está muy mal (que lo está) o que es una trampa (que lo es) si no se es capaz de darles soluciones en el marco de una democracia que no se resigna, que lucha y defiende los valores que dice encarnar.

Ver, escuchar y hablar. Analizar, entender y proponer. Es tiempo de construir una respuesta democrática.