El choque con China por Mbappé: Quien con niños se acuesta mojado se levanta
La que se ha liado con una gracieta de Mbappé sobre una referencia al carácter dictatorial de Mao y, por ende, a algo que nadie ha subrayado, de China, en cuyas sucesivas formas de Estado nunca en la historia ha tenido la consideración —y seguramente tampoco la necesidad— de ser una democracia ni tan solo por aproximación.
Aun el supuesto de que el as, ahora blanco, antes azul con barras granate, hubiera querido insultar la memoria china sería algo irrelevante, pues las autoridades chinas, herederas incuestionadas del Gran Timonel, son las recipiendarias de ese calificativo, por otra parte, en absoluto alejado de la realidad.
La ofensa debería haber sido si el balompedista hubiera calificado de soslayo a China y a su fundador moderno como una democracia. En tal caso habría sido lógico que los jerarcas orientales hubiesen puesto pie en pared y protestado urbi et orbi. Pero vivimos en un mundo tan peculiar que los nazis no quieren ser tildados de nazis, pese a que ellos lo hacen constantemente con los demócratas, ni las dictaduras admiten ser calificadas de tales. Lo cierto es que, en este caso, tampoco, han reivindicado el título de democracia, ni tan solo de mentirijillas.
Dicho esto, sin que importen un pimiento los hechos fuera del terreno de juego de los que pelean con los pies en pos de un balón —salvo que, como, como ha ocurrido recentísimamente, pese a ser defraudadores fiscales confesos y condenados, reciban el calificativo de solidarios para elevarlos a la categoría de agraciados astures—, lo cierto es que el castigado por la chanza no ha sido el jugador. No sabemos si lo ha sido por sus patrocinadores particulares, por lo que aquí llamamos bisnes o huertos, y le han rescindido los contratos publicitarios. Un turbio vapor azafranado envuelve esa cuestión.
Lo que importa estriba en que la represalia pública del gobierno chino —en una dictadura no vamos a distinguir entre los diversos departamentos ni en ese efluvio tan nuestro de la colaboración público-privada— no va contra el jugador, autor material del tan ofensivo desaguisado en la fina piel de porcelana oriental, sino contra su club el Real Madrid y, en especial, contra la propia Liga de fútbol profesional. La amenaza, no sabemos si solo anunciada o ya total o parcialmente cumplida, consiste en no retransmitir, pese a los acuerdos firmados, los partidos de la Liga española en el país del centro [China quiere decir centro].
La sanción del irresponsable no es un invento de los ribereños del Yangtzé. Aquí, hasta no hace mucho castigábamos a los cañones que disparaban mal, a las acémilas traidoras o a los locos, se practicaba el talión o se hacía responsable a toda una comunidad por el hecho de uno de sus miembros. Sucede, empero, que hemos evolucionado y tanto la libertad de contratación como el mantenimiento de lo pactado en un contrato tiene fuerza de ley entre los contratantes.
Lo contratado no puede quedar al albur de uno de los contratantes. Eso vale, bien lo sabemos, para el derecho interno -incluido, el de la UE-, pero fuera, viendo en manos de qué plutócratas estamos, ya es otro cantar. Incluso los tratados internacionales -contratos entre estados o grupos de estados- tienen mal porvenir tal como tenemos ocasión de sufrir a diario. En la esfera internacional rige la ley del más fuerte, que no suele ser el más listo y así nos va.
Pero aquí, vía Mbappé, hemos visto cómo un contrato entre particulares, una entidad privada española y otra “privada” -dicho sea con todos los respetos- china, puede saltar por los aires si una de las partes, la privada oriental, decide, dejemos de lado si espontáneamente o no, imponer la sanción de rescisión o suspensión temporal del contrato por un hecho, sea de la magnitud que sea, no atribuible a la contraparte, sino a un miembro ajeno a tal contratación, que presta sus servicios profesionales en uno de los afiliados a la entidad contratante. Puro hermanos Marx.
En el supuesto de que la contratación entre LaLiga y el ente televisivo chino fuera un asusto plenamente privado, los contratos prevén causas de sanción, indemnización o denuncia de los mismos por incumplimientos o abusos. Los contratos internacionales suelen contener cláusulas de todo tipo, incluso los suscritos con los paladines liberales chinos.
Pero aun sin haber visto el contrato en cuestión -en el que han participado a buen seguro ejércitos de abogados e intermediarios de toda laya con honorarios suculentos-, me juego, como decimos en catalán, un guisante a que no está prevista la sanción o causa de rescisión del contrato por la circunstancia que un jugador de uno de los equipos cuyos partidos se retransmiten en extremo Oriente emitan opiniones que sean, pudieran ser o hubieran podido ser ofensivas, no ya para la entidad contratante oriental, sino para toda la nación china, es decir, por haber ofendido a todos y cada uno de los más de mil cuatrocientos millones de chinos y chinas.
Desde aquí, pese a no ser las páginas de este digital de color salmón, me permito ofrecer gratuitamente un consejo a los contratantes internacionales con entes picajosos: incluyan una cláusula de no sanción por perturbadoras declaraciones o acciones similares. Los amantes del fútbol chino se lo agradecerán y sus cuentas de resultados también.
Y como el lector, siempre a la que cae, habrá percibido, no he aludido para nada ni a la libertad de expresión ni a cosas parecidas. Hablando de China estaba todo dicho.