Javier López Alós, autor de 'Homo postacademicus': “Hoy el eje de la vida universitaria es la supervivencia”
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Acaba de llegar a las librerías Homo postacademicus. De la reproducción a la supervivencia (Editorial Universidad de Granada), la última obra del filósofo y escritor Javier López Alós. Estrechamente vinculado a Dénia —ciudad donde ha residido durante años y en la que conduce desde 2025 el ciclo Koinós Dénia. Encuentros sobre cine, música y pensamiento—, el autor cierra con este ensayo una trilogía dedicada a examinar la precariedad y la transformación de la vida intelectual bajo el modelo neoliberal.
Este trabajo cierra un recorrido iniciado con Crítica de la razón precaria (2019, Premio Catarata de Ensayo) y El intelectual plebeyo (2021). En esta ocasión, López Alós centra su análisis en la transformación radical que han sufrido la universidad, la investigación y la propia identidad académica, reducidas a dinámicas de mercado donde la estabilidad cede su sitio a la mera supervivencia. La obra huye del derrotismo al plantear vías de resistencia colectiva, señalando otras formas posibles de vida intelectual más allá de la universidad-empresa.
¿Qué planteas en Homo postacademicus?
En este libro reflexiono sobre el cambio de paradigma sufrido en el mundo universitario durante las últimas décadas y muestro cómo su sentido, su importancia y sus repercusiones van mucho más allá del ámbito estrictamente académico. Son, a la vez, resultado y fuente de transformaciones de gran calado de orden social, político, cultural… La tesis que viene a sintetizar el propio título del libro es que todos estos cambios afectan también a la identidad académica. Por ejemplo, gente que trabaja en la universidad y manifiesta una distancia sideral con respecto a su profesión, que no se reconoce en la institución; y, al mismo tiempo, un ejército de sujetos flotantes que, incluso a su pesar, se sienten académicos, comparten códigos, espacios, lenguajes, publicaciones… pero que son profesionales a temporadas y tienen una relación ambivalente con la academia.
¿Por qué la segunda parte del título, De la reproducción a la supervivencia?
Hay un autor ya clásico en la sociología, Pierre Bourdieu, que, entre muchas otras obras importantes, escribió Homo academicus. En él estudiaba la sociología universitaria a partir de la noción central de reproducción. La universidad que estudia Bourdieu, que es la anterior a la revolución neoliberal, la imposición de las lógicas de gestión empresarial y la irrupción de las nuevas tecnologías, tiene una función predominante, tanto para dentro como para fuera: la reproducción de élites. Eso da pie a todo tipo de estrategias y prácticas vinculadas al poder universitario.
Pues bien, en síntesis, yo trato de responder a la pregunta de qué ocurre cuando, si observamos el declive de la institución, más que de poder, de lo que ya hablamos es de impotencia universitaria. En realidad, la reproducción es un vestigio de un pasado donde, con todos sus problemas, existía la posibilidad del reparto. Hoy, en un contexto de precarización generalizada, de asfixia económica de las universidades, de creciente irrelevancia, de la IA y la disrupción tecnológica, de competencia feroz hacia dentro y sumisión hacia afuera, el eje de la vida universitaria es la supervivencia.
¿Cuáles son las características de la universidad empresa neoliberal?
Hay una constelación de términos (universidad-empresa, universidad neoliberal, capitalismo académico, universidad gerencial…) que hacen referencia al proceso por el cual la educación superior y la investigación tienden a organizarse bajo criterios que proceden del mundo de los negocios. Esto, con distintas velocidades e intensidad desde los años 80, ocurre a nivel global, desde Estados Unidos a España, pasando por América Latina o Australia. Son cambios que molestan mucho, de los que todo el mundo se queja, pero cuya lógica sistémica pasa mucho más desapercibida: la conversión del estudiante en cliente, la burocratización extrema, la prevalencia de la hipercompetitividad sobre la cooperación, la explotación laboral, la asimilación de la idea de utilidad a la del beneficio económico inmediato, la construcción de carreras intelectuales según patrones de creación de marca personal, por mencionar sólo algunos ejemplos.
La universidad, que puede ser vanguardia de la emancipación y el progreso social e intelectual, también ha sido un altavoz de primer orden y un legitimador, cuando no directamente productor, de muchas de las ideas que ahora amenazan con destruirla
En la obra se plantea que la crisis universitaria es un reflejo de los problemas de toda nuestra sociedad
Los refleja, pero también, y esto debe reconocerse, contribuye a su consolidación. La universidad, que puede ser vanguardia de la emancipación y el progreso social e intelectual, también ha sido un altavoz de primer orden y un legitimador, cuando no directamente productor, de muchas de las ideas que ahora amenazan con destruirla. ¿O no han sido las propias universidades las que se han pasado décadas loando lo competitivas que eran? ¿Es verdaderamente la competitividad el criterio por el que gana aprecio público una institución educativa o científica? ¿En qué sentido? Bien, digamos que sí, que ésa es la piedra de toque: entonces, ¿qué debe ocurrir cuando aparecen otros agentes formadores o investigadores “más competitivos”? ¿Qué sucede cuando otras entidades con mayor músculo financiero y superioridad tecnológica irrumpen en eso que tú misma has considerado mercado?
Hay un planteamiento ideológico que no sólo ha naturalizado la desigualdad y la exclusión, sino que encima la ha moralizado: el que se cae es que no se ha preocupado por saber andar, y para qué preguntar más. Es lo que merece. Esto dentro y fuera del campus. Pero el sistema universitario, que lo ha reproducido también a la interna hacia su fuerza de trabajo, lo padece ahora asimismo en tanto agregado de instituciones que compiten entre sí por recursos, que, aunque crecieran, van a ser cada vez más insuficientes para enfrentarse a grandes tecnológicas y fondos de inversión.
Hay un planteamiento ideológico que no sólo ha naturalizado la desigualdad y la exclusión, sino que encima la ha moralizado: el que se cae es que no se ha preocupado por saber andar, y para qué preguntar más. Es lo que merece. Esto dentro y fuera del campus
Afirmas que, si la universidad sigue funcionando exactamente como una empresa privada obsesionada con la competencia y el beneficio inmediato, corre el riesgo de autodestruirse a medio plazo.
Tras décadas insistiendo en ello, la universidad ha conseguido convencer a la sociedad de que su principal misión es formar estudiantes para una buena inserción en el mercado laboral. De nuevo, con independencia de lo que a mí me parezca un discurso de ese tipo, ¿qué pasa cuando aparecen alternativas a la vía universitaria? ¿Qué pasa cuando, en términos estrictos de inversión y retorno, que son los términos de tu marco ideológico, estudiar se vuelve demasiado caro porque no se encuentran buenos empleos y deja de merecer la pena? Entonces esos mismos parámetros, esa ontología de Excel y tentetieso, se vuelven contra ti cuando las cifras no cuadran, pierdes alumnos, bajas en las clasificaciones internacionales, etc. Y, con toda la razón, viene el susto.
¿Y qué perderíamos si eso ocurre?
¿Qué perderíamos? A pesar de todo, yo defiendo la pervivencia de la universidad. De hecho, si me he dedicado a pensar sobre estas cosas no es porque no tenga otras cosas en las que pensar, sino porque me parecen muy importantes y porque no acepto que las cosas sean así y ya esté la suerte echada.
No sólo es la transmisión cultural de contenidos organizada, que también. Con todas sus deficiencias, la universidad supone seguramente el espacio de mayor concentración de inteligencias por metro cuadrado al que todavía se puede acceder de un modo relativamente abierto. Inteligencias, en principio, vinculadas por intereses comunes en la comprensión y explicación de parcelas de la realidad previa y simultáneamente trabajadas por otras personas. Sin la garantía de conseguirlo, pero con el propósito, los procedimientos y el esfuerzo compartido. La universidad sigue siendo un espacio en el que, pese a todos los obstáculos, aún cabe reconocer momentos o situaciones en las que rige un principio de amistad intelectual, de algo así como una búsqueda cooperativa de la verdad, de genuina curiosidad, de temporalidad lenta y conversación no mediada por el interés o la expectativa de rendimiento. Ése es el tipo de huella que deja a veces la etapa estudiantil o la que queda impresa en fases posteriores.
Por otra parte, también es de ahí, o tras su paso por ahí, siquiera como estudiantes, de donde pueden brotar ideas, criterios, imágenes, discursos, que no se limiten a la mera repetición técnica de los horrores del mundo. Eso no nos lo dan sólo las fuentes de información: el acceso al conocimiento se da en un contexto y las interacciones que se dan o no se dan tienen una enorme influencia en cómo aprendemos, recordamos y reelaboramos creativa e intencionalmente lo que estudiamos. Condicionan también el para qué.
Se escuchan casos de plagio, favoritismos o trampas en el ámbito científico y universitario. En lugar de culpar solo a la falta de ética individual, tú señalas también al propio sistema. ¿Cómo influye la presión por publicar y rendir en que se produzcan este tipo de conductas?
Cada una de esas prácticas tiene sus particularidades y en el libro las intento analizar lo más claramente posible. Por supuesto, no quiero decir que no exista la responsabilidad individual y que el sistema determina que indefectiblemente alguien se tenga que convertir en un golfo. Lo que señalo es que hay dos tipos de normatividades, de guías de conducta, que son contradictorias: la de una vida académica guiada por la curiosidad, la búsqueda del saber, la voluntad de compartir con otros aquello que se ha aprendido y se considera importante o útil también para la sociedad -todo ese conjunto de valores ideales que se supone orientan la práctica científica-, y, a la vez, la de una carrera profesional que sólo parece viable si te provees de un cuchillo entre los dientes y avanzas, digamos, ligero de escrúpulos porque la supervivencia es la verdadera máxima para la mayoría de la gente.
Lo que digo es que no podemos mirar los casos de la praxis desde la mera admonición moral en un momento en el que, más aún con la irrupción de la IA, la presión por producir, la precarización y la desidentificación profesional operan como una verdadera fábrica de cinismo. En un contexto idealmente cooperativo, las actitudes predatorias tienen ventaja competitiva. A eso me refiero y es una desgracia.
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