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CV Opinión cintillo

El presi, cómo no, es el responsable

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¿De qué? De todo. Empecemos por la disminución del permafrost de la Antártida, también por la reducción de la población de tarántulas en el mundo. Del color anaranjado del rostro de Donald Trump, del conjunto de tragedias nacionales (desde la DANA de València hasta los ferrocarriles, terremotos, no solo de los de aquí sino también de los del resto del mundo, y del volcán canario, claro), de que hoy me falle el microondas, de que un crítico se equivoque y escriba «Miura» en lugar de «Mihura», dado que es obvio que se refiere al dramaturgo de «Tres sombreros de copa». Es responsable del Covid que nos asoló, del apagón en España de 2025 y, ya puestos, del apagón de Nueva York de 1977, por el que se registró un considerable aumento de la natalidad, aunque se diga que es una leyenda urbana (también culpa de Sánchez).

Es responsable de que yo haya estornudado diez veces esta mañana y cuatro más mientras tecleo esta tarde, de que una rata engendre diecisiete crías por parto y de que eso provoque que pululen más de cuatro mil millones de ratas por los cinco continentes, si nos limitamos a la noción continental del Comité Olímpico Internacional. De que se haya acabado mi serie favorita, es responsable de los delirios antisistema de las convocatorias en las redes sociales y del asalto a los comercios, de que llueva poco en Hungría y de que el Danubio traslade un cauce bajo mínimos de lo que debería transportar, de que entre la frontera de Estonia y Letonia apenas se divisen rododendros o fresnos, de que en Gaza se siga asesinando, de que en Ucrania se siga asesinando. Es responsable de que me pique un dedo del pie derecho. Por supuesto que tuvo que ver con el asesinato de John Lennon ante el Dakota aquel nefasto ocho de diciembre de 1980, ya que él, Sánchez, lo había planeado con Mark David Chapman porque el español intuía que treinta y ocho años después ganaría a Rajoy por moción de censura y, por si acaso, había que liquidar a Lennon, dado que con Yoko Ono dinamitó la amistad de «The Beatles», aunque no sé muy bien cuál es la conexión, pero no importa, culpa de Sánchez. No quiero aventurar, pero intuyo (ahora solo lo intuyo) que tuvo que ver con la banda de Charles Manson y el ritual sangriento que cometieron con Sharon Tate, la esposa de Roman Polanski, en Beverly Hills. Con lo de Kennedy en Dallas o lo de la muerte de Canalejas, aunque aún no había nacido, solo tengo sospechas. Ligeras sospechas.

Sánchez es responsable, como señala Serrat en su canción -él no acusa a Sánchez, ojo-, de que las manzanas no huelan. Estoy de acuerdo con él, pero amplío porque los kiwis verdes solo saben a rama de planta de kiwi, que es culpa también suya, y algunos melocotones este verano te resbalaban por el gaznate como si comieras un trozo de apio crudo. Culpa suya es que no pueda limpiar el teclado de mi ordenador porque me he quedado sin gel, de que la prima de riesgo de Francia ande por encima de los ciento cincuenta puntos, de la cantidad desmesurada de loritos verdes (Myiopsitta monachus, o sea, las cotorras argentinas) que revolotean por la ciudad y defecan y ahuyentan, arrinconándolo, al plebeyo gorrión que va perdiendo posiciones en la cadena trófica y ya ni se te acerca por miguitas cuando tomas un aperitivo en la terraza de un bar. Es responsable de que lleguemos a noviembre con manga corta y a diciembre con manga corta. A él se debe que sigamos discutiendo en familia si le echamos cebolla a la tortilla de patatas, si la dejamos reseca como en los bares de toda la vida o con esa yema líquida que degustamos (para mí, ni seca ni líquida, pero para líquida me como un huevo frito), si vamos por allá, en Betanzos, que no tiene cebolla, por cierto.

Añádase lo que convenga al lector de esta breve relación de culpabilidades de Sánchez. Por supuesto, que me perdone también la eventual lectora: que es responsabilidad de Sánchez que se me haya colado este desliz micromachista de género al omitirla con derecho propio en el primer hilo del este último párrafo. Lector o lectora, digo.

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