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El gran eclipse de Occidente

8 de agosto de 2026 22:22 h

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China lleva décadas ensombreciendo el brillo de Occidente. ¿Cuándo se inició el proceso? ¿Cuándo se completará? A primera vista, podríamos deducir que ha sido el denguismo (1978-2012) quien aceleró el paso de la transformación de China; sin embargo, con la perspectiva de los varios siglos en los que fue la primera potencia del planeta, habría que remontarse a las crisis del XIX que propiciaron el revulsivo conceptual para idear una lógica nueva de singularización capaz, a la postre, de poner coto al fin de la historia. Paradójicamente, el éxito del Occidente liberal en la guerra fría y la negativa subsiguiente a encarar su propia reestructuración, facilitó el auge de China.

Pero completar el eclipse de Occidente representa una ardua tarea. En el ámbito comercial es ya una realidad. China es la principal potencia manufacturera del planeta, el primer exportador mundial, el primer socio comercial de más de 160 economías... y así podríamos seguir citando múltiples magnitudes en las que el sorpasso se ha consumado. No parece tener vuelta atrás. Otro tanto podríamos ir escalando en lo tecnológico, un ámbito crucial en el que los bloqueos de Occidente no hacen sino acelerar su proceso de empoderamiento. Tras décadas recriminándole su inhibición ante el desaguisado ambiental, ha sorprendido a todos con un viraje de 180 grados que le afianza como la gran potencia verde del orbe mientras convive con la progresiva superación de sus contradicciones.

Por el momento, el eclipse no alcanza a otras dimensiones. En lo político, por ejemplo, la insistencia en la originalidad civilizatoria de su modelo limita su universalidad. La definición sistémica como “una democracia de otro tipo” no acaba de convencer del todo por más que su eficacia resulte atractiva a la vista de los crecientes deméritos, vacíos e inconsistencias de la democracia liberal. Pero quienes admiran su tránsito no imaginan copiar su modelo, al menos de forma sustancial.

En lo diplomático, en paralelo al reconocimiento de una proyección internacional creciente, goza de especial eco una imagen al alza más benigna que la de un Occidente lastrado por una hegemonía que ha transitado recientemente de los buenos oficios de Biden a las malas artes de Trump. Todo ello para acentuar la unidad sumisa de un bloque que, llegado el caso, cerraría filas para impedir, a la desesperada, el advenimiento del eclipse total.

El disciplinamiento de terceros transcurre en paralelo a la imposición de facto de nuevas reglas internas que erosionan de modo claro los propios principios que han servido de anclaje referencial del orden liberal. Todo supuestamente legitimado por la urgencia de evitar ser eclipsados.

Frente a la ansiedad occidental, en coherencia con el tópico de la paciencia, China no parece tener excesiva prisa, aunque es consciente del valor de la oportunidad estratégica que representa el momento actual. Su confianza transmite adicionalmente como preocupación principal el no suscitar más alarmas de las inevitables.

¿Ensombrecerá el mundo o se desdoblará el sol? Desde el inicio de su mandato en 2012, el presidente chino, Xi Jinping, ha hablado de “cambios nunca vistos en un siglo”, aparentemente liderados por China. Si miramos hacia atrás, visualizamos un largo período en que los occidentales, como resultado de una serie de acontecimientos tecnológicos y políticos en Europa, fueron eclipsándola: primero los portugueses y los españoles, seguidos por los holandeses y los británicos, y luego los demás, y finalmente los estadounidenses. Ese período, que, si lo datamos desde la llegada de Colón a América en 1492 hasta el liderazgo de Deng Xiaoping en 1978, representó un período de dominio occidental casi total en el mundo, especialmente si consideramos no solo la vigencia de la versión liberal sino también la marxista de cuño soviético. En verdad, representa un ciclo histórico completo.

El período de ascendencia occidental ha llegado a su punto máximo y gradualmente está dando paso a la recuperación de una posición de los antaño eclipsados. Es China, pero también es India. Por lo que a China se refiere, bien podría encontrarse más cómoda con un desdoblamiento que con un eclipse completo. Es más, siempre ha sido un universo en sí misma, y a veces casi se tiene la sensación de que puede llegar a subsistir incluso si el resto del mundo desapareciera. Es lo suficientemente grande, lo suficientemente diversa, dispone de un ecosistema lo suficientemente completo con su propio gran mercado interno y es en gran medida autosuficiente.

Pero cabe imaginar que ha aprendido la lección de la dinastía Qing durante el período Qianlong posterior, cuando creían, como recordó en una ocasión George Yeo, exministro de Asuntos Exteriores de Singapur, que “somos tan superiores que nadie más puede enseñarnos nada”. Hoy presta atención a lo que sucede en el mundo, una fórmula que huye de la autocomplaciencia. Sin duda, este es el mejor antídoto contra el declive. Occidente lo olvidó. Con todo, hay y habrá sitio para varios soles en el cielo. Hagámonos a la idea de un nuevo firmamento.