Irán tras las bombas: por qué la guerra no traerá un cambio democrático
La guerra actual ha sacudido al régimen iraní, pero no ha acercado al país a un cambio democrático. Al contrario, refuerza un patrón bien conocido en los sistemas autoritarios: la presión militar externa rara vez produce transformaciones internas. En su lugar, permite al poder consolidar el control, reprimir la disidencia y ocultar las crisis más profundas. El debate en España y en Europa se ha detenido a menudo en el rechazo a la guerra, sin afrontar la cuestión más difícil: cuál debería ser el resultado político.
Desde la intensificación de los ataques a finales de febrero, Irán ha entrado en una fase marcada por el conflicto externo y una represión interna reforzada. El liderazgo ha utilizado la guerra para reinterpretar el descontento interno como una cuestión de seguridad nacional, justificando una represión más dura en un contexto de creciente presión interna. El levantamiento de enero de 2026 lo ilustra claramente: en lugar de abrir un espacio para el cambio, la guerra ha contribuido a cerrarlo.
En este contexto de represión intensificada, el régimen ejecutó los días 30 y 31 de marzo de 2026 a cuatro presos políticos de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (OMPI): Mohammad Taghavi (59) y Akbar Daneshvarkar (59), seguidos por Babak Alipour (34) y Pouya Ghobadi (33). Estas ejecuciones evidencian una campaña sistemática para eliminar a la oposición y sembrar el miedo.
Una guerra sin estrategia política
La idea de que los bombardeos pueden provocar un levantamiento popular parte de una comprensión equivocada de la naturaleza del Estado iraní. La guerra y los bombardeos aéreos no crean las condiciones para la movilización democrática. Al contrario, proporcionan a los regímenes en crisis un escudo que les permite cerrar filas, reprimir la disidencia con mayor eficacia y ocultar los fallos estructurales.
A menudo falta un vínculo claro entre la presión y el resultado político. La acción militar, las sanciones o la diplomacia se tratan con demasiada frecuencia como fines en sí mismos, sin integrar el factor decisivo: el papel del pueblo iraní y de la oposición organizada.
Este ha sido un argumento central de la resistencia iraní durante años. La política de apaciguamiento y de compromiso con los mulás —impulsada por el comercio, el petróleo, el temor a la escalada nuclear, los proxies regionales, el terrorismo y la toma de rehenes— no constituía una alternativa a la guerra. Fueron políticas fallidas y contraproducentes que reforzaron al régimen y acabaron desembocando en la guerra. La advertencia de Churchill sigue siendo pertinente: «Se os dio a elegir entre la guerra y el deshonor. Elegisteis el deshonor, y tendréis la guerra».
La idea de un “colapso desde el aire” espontáneo es, por tanto, ilusoria. El régimen no es una estructura hueca que vaya a derrumbarse bajo presión externa. Es un sistema de seguridad capaz de absorber golpes y utilizar las amenazas externas para afianzar la cohesión interna. No se derrumba desde arriba; es cuestionado y, en última instancia, derrocado desde dentro.
Esta perspectiva ha sido defendida durante mucho tiempo por el Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, liderado por Maryam Rajavi, que aboga por una república democrática basada en la soberanía popular y elecciones libres. Ha rechazado de forma constante tanto el apaciguamiento como las soluciones militares externas, defendiendo una “tercera vía”: el cambio impulsado por el pueblo iraní y la resistencia organizada.
El papel de la resistencia organizada
El cambio democrático en Irán no es espontáneo ni el resultado de una intervención extranjera. Requiere una fuerza estructurada dentro del país capaz de mantener la presión sobre el régimen.
Desde hace más de una década existe en Irán una red clandestina de resistencia que opera en todo el país, conocida como las Unidades de Resistencia. Estas estructuras, vinculadas a la OMPI, han desempeñado un papel activo en la movilización y el sostenimiento de las protestas, incluido el levantamiento de enero, pese a una represión intensa. Según informes, tras esos acontecimientos, más de 2.000 miembros de estas unidades han desaparecido, es decir, han sido detenidos en secreto o asesinados. La reciente formación de un ejército clandestino de liberación, tras el levantamiento de enero, refleja un intento de organizar la resistencia de forma más coordinada.
Más allá del “no a la guerra”
El conflicto actual también ha puesto de manifiesto los límites de los eslóganes predominantes en Europa. Los llamamientos a un alto el fuego o al “no a la guerra” son necesarios, pero no suficientes. Oponerse a la guerra sin abordar la estructura política de fondo corre el riesgo de congelar la crisis en lugar de resolverla.
Para los actores europeos, incluida España, la conclusión es clara: decir no a la guerra es insuficiente si se deja intacto el sistema existente. Una política seria debe reconocer el derecho del pueblo iraní a lograr un cambio democrático.
Las ilusiones del cambio desde el exterior
La guerra también ha puesto de relieve la debilidad de las narrativas basadas en la intervención externa. Reza Pahlavi, hijo del depuesto sha, y sectores de su base de apoyo de extrema derecha han descrito el conflicto como una “guerra humanitaria”, sugiriendo que los ataques militares podrían allanar el camino para un cambio político.
Esta visión es profundamente errónea. La guerra no favorece los levantamientos populares; tiende a sofocarlos. Proporciona al régimen la justificación necesaria para intensificar la represión y silenciar la disidencia. La hipótesis de un colapso espontáneo desde el aire refleja un desconocimiento de la estructura y la resiliencia del régimen.
Esta distorsión también ha sido alimentada por ciertos medios. La cadena Iran International, cuya financiación ha sido vinculada por diversos informes a Arabia Saudí, y en ocasiones amplificada por BBC Persian, ha contribuido según críticos, a una percepción distorsionada del panorama opositor.
Una república democrática desde dentro
La cuestión central no es si el régimen está bajo presión, sino qué fuerza puede transformar esa presión en un resultado democrático. Sin el papel activo del pueblo iraní y de una resistencia organizada, ninguna presión externa producirá un cambio democrático. La verdadera cuestión para Europa es si está dispuesta a reconocer de dónde puede surgir ese cambio en Irán.