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Una Junta de Paz al servicio del emperador Trump

6 de febrero de 2026 22:05 h

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Cuando el presidente de los EEUU hizo público su Plan Integral (PI) para terminar con el conflicto en Gaza, en septiembre de 2025, muchos dijeron -dijimos- que era una imposición neocolonial a los vencidos, que pretendía perpetuar el dominio israelí sobre la Franja, o sustituirlo por una ocupación internacional, bajo el dictado de Trump, para mantener a los palestinos que no quieran exiliarse tutelados y sometidos, además de robarles su territorio para explotarlo. Pero después de 70.000 muertos, con una grave hambruna afectando ya a miles de niños, ésta era -por desgracia- la única alternativa a la continuación del genocidio, y Hamás la aceptó, al menos en sus fases iniciales, para detener la masacre, aun conscientes de que se trataba de una rendición incondicional que iba a impedir sine die cualquier forma de autogobierno o de control de su territorio.

Poco después, el 17 de noviembre, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 2803, con la única abstención de China y Rusia, que se han desentendido absolutamente de esta tragedia. Se trata de una de las resoluciones más vergonzosas, deplorables e injustas jamás aprobadas (ha habido otras), que asume sin más el Plan Integral de Trump, entre alabanzas, y consagra la impunidad de Israel, la ocupación de Gaza y el sometimiento de los palestinos, sin ningún respeto a sus derechos humanos y políticos.

Como era de esperar, la implementación del PI solo favorece a Israel y mantiene a los gazatíes en condiciones inhumanas. No hay bombardeos masivos, pero el punto 3 del plan: “(…) se suspenderán todas las acciones militares (...)”no se ha respetado. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) han matado ya al menos a 525 gazatíes, incluido un centenar de menores. La Franja ha sido dividida en dos zonas por una línea amarilla en la que las FDI disparan a todo el que se acerque. En la parte ocupada por Israel, el 55% del territorio, se está destruyendo sistemáticamente todo lo que quedaba de viviendas o infraestructuras palestinas, un indicio de que los gazatíes nunca van a volver allí. Por ahora, los más de dos millones que han sobrevivido están confinados en una zona de 160 kilómetros cuadrados -para hacernos una idea, el distrito madrileño de Fuencarral-El Pardo tiene una extensión de 237-, viviendo hacinados, la mayoría en tiendas de campaña, entre escombros, en medio de unas condiciones climáticas insoportables que, sin recursos, sin apenas asistencia médica ni de ONGs, están causando muchas muertes.

La única parte que se ha cumplido del plan ha sido la entrega por Hamás de los rehenes -vivos o muertos- que aún tenía, y la liberación por Israel de 250 palestinos condenados y 1.700 detenidos sin cargos, amén de 360 cadáveres que -según fuentes palestinas- presentaban signos de tortura. Las estipulaciones del punto 7 del PI: “(…) se enviará inmediatamente la ayuda completa a la Franja de Gaza (…)”y el 8: “La distribución y la ayuda (...) se llevará a cabo sin interferencia de ninguna de las dos partes”, no se cumplen, pues Israel decide y limita la entrada de una ayuda muy insuficiente y controla su distribución. El punto 12: “quienes deseen irse (…) podrán hacerlo y serán también libres de regresar.”, tampoco se cumple: el 4 de febrero Israel abrió el paso de Rafah con Egipto, pero filtra la entrada y la salida imponiendo sus condiciones y rechazando a quien quiere, sobre todo entre los que regresan. La UE tiene allí una misión civil absolutamente inútil porque las FDI deciden sin consultar con nadie

Con la RES 2803, el Consejo de Seguridad ha privatizado la paz en Gaza, otorgándole la autoridad “de transición” a una Junta o Consejo de Paz, propuesta por Trump en el PI, que en realidad no es una organización regida por un tratado internacional, al modo de la OTAN o la UE, sino un club cuyo fundador señala las normas y decide quienes pueden ser los socios, sin más justificación que su sola voluntad, y que carece por tanto de la neutralidad necesaria para poder implementar cualquier plan de paz que no responda a los intereses o deseos de quien la dirige. La Carta de la Junta de Paz que el presidente de EEUU presentó el 22 de enero en el Foro Económico Mundial de Davos no menciona siquiera a Gaza, define a la Junta como “una organización internacional que busca (…) asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, pero no dice en base a qué principios se establecerá esa paz ni de dónde obtiene la Junta su legitimidad, porque no menciona en ningún momento a la Carta de Naciones Unidas ni ninguna legislación internacional.

Trump es el presidente vitalicio nombra a su sucesor, aprueba o veta todas las decisiones de la Junta, tiene autoridad exclusiva para crear, modificar o disolver entidades subsidiarias, incluso puede disolver la propia Junta cuando lo considere necesario o simplemente no renovándola al final de cada año impar. Invita a los países que le parece oportuno, que -si aceptan- se convierten en miembros, pero solo por tres años a menos que paguen 1.000 millones de dólares, en cuyo caso pasan a ser miembros permanentes…mientras la Junta exista. En definitiva, la organización es en la práctica un consejo consultivo al servicio de Trump, su único dueño y señor, que la utilizará no ya para lograr la paz en Gaza, sino para asumir el liderazgo de un nuevo orden mundial.

A esta cosa, a la que Trump definió en su red Truth Social como “la junta más grande y prestigiosa jamás reunida en cualquier momento y lugar” (!), y de la que dijo en rueda de prensa que “podría” sustituir a Naciones Unidas, no se han unido ni Brasil, ni China, ni India, ni Rusia, ni la Unión Europea, que fue invitada como tal además de muchos de sus miembros, de los que solo han aceptado participar Bulgaria y Hungría. Solo 27 países de los 62 que fueron invitados se han sumado a la iniciativa, con algunos dirigentes tan prestigiosos y pacifistas como el bielorruso Lukashenko, o Netanyahu que, como es sabido, tiene mucho interés en la paz en Gaza y en otros lugares de Oriente próximo y medio. De Latinoamérica solo se han unido la Argentina de Milei, El Salvador de Bukele, y el Paraguay de Peña, lo mejor de cada casa. De África, Egipto y Marruecos; ningún país subsahariano ha recibido invitación. Nueve países de la UE -entre ellos España- han rechazado explícitamente la invitación, además de Australia, Noruega, Nueva Zelanda, y Reino Unido. Trump retiró la invitación a Canadá por el discurso de su primer ministro, Mark Carney, en Davos. No es solo la UE; es que, de los 31 aliados de la OTAN -además de EEUU-, se han unido tres. Un rotundo fracaso.

Por debajo de la Junta de Paz se crea un Comité Ejecutivo, que será su órgano de trabajo, y también un Comité Ejecutivo para Gaza. Ambos comparten la mayoría de sus miembros, aunque en el segundo hay un representante de Catar, Emiratos y Turquía. Se trata de una mezcla de políticos directamente vinculados a Trump: Marco Rubio, Steve Witkoff, su yerno Jared Kushner, además del ínclito Tony Blair, con empresarios o financieros: Mark Rowan, de Apollo Global Management, Ajai Banga, del Banco Mundial, o -en el Comité de Gaza- el milmillonario chipriota-israelí Yakir Gabai. No es ningún secreto que la paz, tal como la entiende Trump, puede ser un buen negocio.

El Comité Ejecutivo de Gaza, en el que, por supuesto, no hay ningún palestino, dirige, controla y supervisa al Comité Nacional para la Administración de Gaza, que es el encargado de la gestión diaria en la franja, o en lo que queda de ella. Compuesto por 15 empresarios o economistas palestinos, bajo la dirección del banquero y experto en infraestructuras Ali Shaath, carece de poderes reales y tiene escasa capacidad de acción, incluso la entrada y salida de sus miembros dependen de Israel, que aún no ha permitido el ingreso en la franja de los que se encontraban fuera en el momento de ser designados

Finalmente, tal como prevé la Resolución 2803, se creará una Fuerza Internacional de Estabilización de Gaza (FIS), bajo el mando del general estadounidense Jasper Jeffers, especialista en operaciones especiales y contraterrorismo, lo que da una pista sobre las reales intenciones de esta fuerza. Según la Resolución, la FIS “operará bajo la orientación estratégica de la Junta de Paz”, lo que significa en la práctica que hará lo que ordene Trump, puesto que él se reserva la dirección unipersonal de la Junta y el derecho de veto a cualquier decisión que adopte ésta, o sus organismos subordinados. Esto podría plantear dos problemas: el primero, que los países que participen -todavía no se sabe cuáles serán- tendrán que ser parte de la Junta de Paz, pues en caso contrario sus fuerzas serían mandadas desde un organismo en el que no están representados, y el segundo -más grave-, que si la misión se prolongase más de tres años y Trump hubiera dejado la presidencia de EEUU, como según su plan seguiría presidiendo el Consejo de Paz, y teniendo en cuenta el papel vitalicio y autocrático que se reserva en la Junta, la fuerza estaría dependiendo de un civil sin ningún título para ejercer esa responsabilidad

La RES 2803 señala que la Junta de Paz y las presencias internacionales civiles y de seguridad estarán autorizadas hasta el 31 de diciembre de 2027, pero prevé que la FIS pueda ser prorrogada, lo que seguramente será inevitable a la luz de la situación actual de la franja. Entre otras cosas habrá que ver cómo la FIS se relaciona con las FDI y si éstas se avienen a retirarse de la Franja a medida que la FIS asegure el control y la estabilidad, tal como dictamina la resolución, y a qué ritmo -que está por determinar-, porque Netanyahu no se fía de nadie que no sea israelí ni parece dispuesto a abandonar definitivamente el control militar de la franja. Lo veremos cuando llegue el momento. Por otra parte, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo estima que los combates y los bombardeos han generado 68 millones de toneladas de escombros, que hay que retirar, y Alí Shaath considera que se necesitarán al menos siete años de trabajo para que Gaza renazca. Así que prever que todo estará arreglado y las previsiones finales de la RES 2803 se habrán cumplido al final de 2027 es un pensamiento ilusorio.

Con todo, la cuestión esencial es qué va a pasar con la Franja, cómo quedará la final del proceso, y qué va a pasar con los palestinos. En Davos, Kushner hizo público un “plan de desarrollo Trump para la Nueva Gaza” de 30.000 millones de dólares, con una costa repleta de rascacielos y resorts de lujo, que implica la demolición total de lo que existe para crear un territorio diferente y artificial, en el que los palestinos no tendrán ningún papel ni capacidad de decisión, como no la han tenido en su concepción. El punto 2 del PI: “Gaza será reurbanizada en beneficio de su pueblo ( ...)” se convierte en un cruel sarcasmo, porque no serán los gazatíes los que residan en esos lujosos edificios. 

Para ellos se reservan lo que los israelíes definen como “burbujas humanitarias”, de las que ya existe un modelo llamado Primera Comunidad Planificada Gaza, financiada por Emiratos, que podrá albergar hasta 25.000 palestinos en un barrio construido sobre las ruinas de Rafah. La idea es fragmentar territorial y socialmente Gaza, creando una especie de islas palestinas libres de Hamás, aseguradas por contratistas extranjeros, con residentes sujetos a un riguroso proceso de selección externa y controles biométricos. Una especie de reservas indias o bantustanes de las que los gazatíes podrían salir bajo control para trabajar al servicio de los ricos propietarios o turistas de la “Nueva Gaza”

Todas las afirmaciones del PI y de la RES 2803 relativas al futuro palestino: “Una vez que se haya llevado a cabo fielmente el programa de reformas de la Autoridad Palestina… se podrán dar por fin las condiciones para una vía factible hacia la libre determinación y la condición de Estado de Palestina” eran, como cabía esperar, falsas Ninguna autoridad palestina va a controlar esa Nueva Gaza construida para el turismo de lujo, a no ser que se trate de testaferros teledirigidos por los verdaderos amos. Después de sufrir un genocidio – justificado en unos atentados terroristas en los que no participaron el 99,9 % de los gazatíes – que ha matado a 30.000 mujeres y 20.000 niños y ha destruido todo lo que tenían, los palestinos de Gaza siguen siendo asesinados, se les roba su territorio, igual que a sus hermanos de Cisjordania, y se ven sometidos, privados de su derecho a gobernar su propio país, por una Junta de Paz, al servicio personal de Trump, respaldada por una resolución infame de Naciones Unidas. Qué tristeza, qué vergüenza, qué desolación.

     Pero la historia no termina aquí. A pesar de la evidente traición de los gobiernos árabes - que algún día lo pagarán porque la mayoría de los ciudadanos de esos países no apoyan ese abandono ante el genocidio de sus hermanos -, a pesar de la indiferencia, cuando no la complicidad, de los gobiernos europeos y de otras potencias, los palestinos han resistido, llevan décadas resistiendo, y resistirán hasta que sean libres si tienen al menos el apoyo de todas las personas decentes del mundo que estén dispuestas a transformar en hechos su indignación. Debemos hacer todo lo que podamos: enviar ayuda, protestar, manifestarnos, presionar a nuestros dirigentes para que les defiendan. No podemos abandonarlos, porque su resistencia nos devuelve parte de nuestra dignidad como seres humanos. Porque lo que les pasa a ellos es un anuncio de lo que se nos viene encima a todos en un mundo regido por la violencia, la depredación, y la ley del más fuerte. Tenemos que ayudarles, aunque solo sea porque así nos ayudamos a nosotros mismos. Porque nosotros también tenemos miedo. Nosotros también somos palestinos.