El ladrón silente
La hipertensión arterial es tan dañina como silenciosa. Va haciendo su trabajo, día a día, sin levantar la voz. Pasan años, incluso muchos, hasta que sus estragos acaban con vidas o las estropean con igual crudeza que sigilo. Actúa a menudo por nuestra propia dejadez y a veces contra nuestro empeño por vencerla. De todo hay.
Las tecnologías digitales también pueden dañarnos silenciosamente, sin que seamos conscientes de lo que perdemos si nos dejamos llevar ingenuamente por el mundo digital, donde casi todo nos fascina. Estas tecnologías, y las inteligentes en particular, no son malas por definición, pero pueden serlo por su diseño y por su uso.
En el Fedro, Platón pone en boca de Sócrates el reproche del rey Thamus a Theuth, el dios que, entre otras cosas, inventó la escritura: aquel invento traería el olvido a las almas de quienes lo aprendieran, que dejarían de ejercitar la memoria confiadas en lo escrito, y les daría apariencia de sabiduría, pero no sabiduría real. Pasado el tiempo sabemos que aquel temor era exagerado: algo perdimos, pero lo que ganamos lo compensó con creces. Los filósofos Andy Clark y David Chalmers defendieron hace casi tres décadas que la mente no termina en el cerebro, sino que, en cierto sentido, se prolonga en aquello que usamos como apoyo, sea el cuaderno en el que anotamos lo que no queremos olvidar, o el móvil que usamos como una puerta al mundo digital. Uno y otro amplían, a mi juicio, nuestro sistema cognitivo y no nos restan nada mientras no externalicemos algo especialmente importante o que no podamos recuperar cuando nos falten esos recursos tecnológicos.
El problema aparece cuando debilitamos, o ni siquiera llegamos a adquirir, competencias y habilidades útiles o incluso imprescindibles para una vida personal y profesional razonable. A medida que las máquinas se van sofisticando y ganando en competencia y autonomía -en inteligencia, en definitiva-, aumentan los costes de la delegación cognitiva. Voy a exponerlo a través de cinco riesgos de importancia creciente:
Externalizar la memoria. ¿Cuántos números de teléfono sabe usted de memoria? Lo que hace treinta años podían ser decenas, hoy casi seguro que no llegan a los dedos de una mano. Eche cuentas. Ahora los guardamos en el móvil, lo mismo que algunas contraseñas, fechas señaladas y la agenda diaria. En general no apreciamos una limitación relevante por el hecho de hacerlo así, y las ventajas son notables.
Secuestrar la atención. En 1971, mucho antes de los teléfonos inteligentes e incluso de los ordenadores personales, Herbert Simon, uno de los padres de la IA y premio Nobel de Economía en 1978, advirtió que la abundancia de información genera pobreza de atención. Hoy secuestrar nuestra atención es un fantástico negocio. Las redes sociales se la venden a sus anunciantes, y por eso los algoritmos que las manejan se diseñan para capturarla y retenerla, sea con el desplazamiento infinito, las notificaciones constantes o las recompensas imprevisibles -un «me gusta» o la novedad al deslizar el dedo- que nos mantienen enganchados. La psicóloga Gloria Mark ha comprobado que en las dos últimas décadas el tiempo que mantenemos la atención en una misma pantalla antes de saltar a otra se ha ido acortando. De unos dos minutos y medio en 2004 hemos pasado a apenas 47 segundos de media en los estudios realizados entre 2016 y 2020. Aquí hay un secuestro y no una mera externalización, porque la entrega de nuestra atención no es del todo voluntaria: el diseño explota nuestra tendencia a distraernos. Y este secuestro sí tiene consecuencias: merma nuestra capacidad de concentrarnos o de leer un texto largo, pongamos por caso. Según la propia Mark, tras una interrupción tardamos de media unos 25 minutos en volver a la tarea original.
Condicionar la elección. Nuestra vida está cada vez más condicionada por recomendaciones ajenas. Antes nos las hacían otras personas; ahora, cada vez más, los algoritmos. Recomendaciones sobre qué películas o series ver, qué música escuchar, qué noticias leer o qué comprar. Es cierto que recomendar no es obligar, pero la capacidad de persuasión de estos algoritmos tan refinados es muy alta, y más en una vida que se nos acelera permanentemente, reduciendo nuestro tiempo de buscar, explorar y decidir. Según Netflix, ya en 2015 su sistema de recomendación influía en la elección de cerca del 80% de las horas vistas en la plataforma. Elegir libremente puede acabar siendo una ilusión.
Delegar la cognición. Con la inteligencia artificial generativa, el ladrón silente busca un botín mucho mayor. Ya no se trata de recordar o no un dato o de elegir esta o aquella película, sino de escribir, resumir, argumentar o hasta crear. La evidencia, aunque reciente, empieza a ser preocupante. Un estudio difundido en 2026 por el economista David Strömberg y sus colegas, con datos de más de 26.000 estudiantes chinos de secundaria, con edades de 12 a 18 años, mostró una mejora del 18% en las calificaciones de los deberes de quienes usaron IA generativa para realizarlos, con un ahorro del 30% del tiempo dedicado a ellos. Sin embargo, sus calificaciones en los exámenes, ya sin usar IA, empeoraron un 20% -algo que no les ocurrió a quienes no la usaron o que, usándola, dedicaban a los deberes tanto tiempo como sus compañeros que no lo hacían-. Además, el daño crece con el tiempo de uso: en los exámenes de acceso al bachillerato y a la universidad, que integran lo aprendido durante años, la caída fue aumentando hasta alcanzar, tras unos dos años usando la IA, un 24% y un 18%, respectivamente. Corremos el riesgo de saber responder y hacer sin haber aprendido, y esto es muy grave, especialmente entre quienes todavía están madurando cognitivamente.
Suplantar o desplazar la agencia. El último epígrafe es de otra naturaleza. Los cuatro anteriores hablan de facultades: memoria, atención, elección y pensamiento. Este se refiere a la agencia. La llamada IA agéntica no se limita a aportarnos información: ya hoy actúa por nosotros. Puede buscar información, pero también comparar precios, hacer reservas, contestar correos o comprar algo. Progresivamente, a medida que la IA gane en competencia y autonomía, sobre todo si se gana nuestra confianza, iremos delegando más tareas en ella. Al principio serán cosas menores -comprar un libro o un electrodoméstico-, pero con el tiempo se tratará de negociar un contrato o de hacer una inversión financiera. Un agente que escribe mis mensajes imitando mi forma de hacerlo o que toma la decisión de buscar un trabajo alternativo para mí si cree que no estoy cómodo con el que tengo, estaría, aunque en distinta medida, suplantándome o desplazando mi agencia. En este caso todavía hablo del futuro, pero pienso que no muy lejano.
Debemos ser conscientes de aquello que podemos estar delegando en las máquinas y de los costes asociados a ello. Pueden ser cosas que hasta ese momento sabíamos, a las que prestábamos atención, que elegíamos, que pensábamos o que hacíamos. Los beneficios obtenidos pueden no compensar en absoluto el precio de ver condicionadas nuestras decisiones y limitado nuestro aprendizaje o nuestra capacidad de actuar.
Si esto ocurre, el principal problema es para los jóvenes, sobre todo para quienes están en las primeras etapas de su proceso educativo; de hecho, en el estudio citado los más perjudicados fueron los alumnos de los primeros cursos. Un adulto puede debilitar su conocimiento, habilidades o hasta capacidades, pero puede que una niña o un niño no lleguen a adquirirlos suficientemente como para desarrollar en buenas condiciones su vida personal y profesional futura. Además, si desconocen el valor de lo que nunca tuvieron, tampoco desearán alcanzarlo. Las víctimas ni siquiera serán conscientes de este robo silente
No soy tecnófobo en absoluto. Al contrario. Pero tan absurdo es negar todo lo bueno que la tecnología nos aporta como resignarnos a los problemas que su mal uso nos causa y puede causarnos. Si no todos, la inmensa mayoría de los problemas que una tecnología puede conllevar se pueden evitar o mitigar según cómo se diseñe, se regule y se use. No perdamos, por tanto, la cabeza, ni dejemos que nos la roben.