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Las negociaciones-trampa y el desprecio a la diplomacia

3 de marzo de 2026 23:19 h

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Con mucha frecuencia, las negociaciones de paz con un grupo armado o con un Estado en plena crisis -en especial cuando existe riesgo real de escalada militar, como ha ocurrido en Irán- no se buscan o conciben como una vía genuina para desescalar el conflicto, sino como una extensión estratégica del mismo. Pues se usan para ganar tiempo, fracturar la unidad política del adversario, reducir presiones internacionales, obtener alivio logístico o económico, rearmarse y reorganizar mandos, mejorar inteligencia, consolidar control social, fortificar posiciones u ocupar territorios, bajo la cobertura de un supuesto “proceso de paz”, que desactiva las alertas debido a la confianza creada a través del diálogo abierto. En esos casos, el diálogo deja de ser un mecanismo de construcción de confianza y se convierte en un escenario de manipulación, incluso si hay un alto al fuego, donde la retórica de la paz funciona como camuflaje para preparar la siguiente fase de la guerra, transformando la negociación en un espacio de engaño más que de resolución. La negociación, incluso, puede ser una estrategia de guerra. En estos días, hemos asistido a una de estas trampas.

Antes del viaje del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el 29 de diciembre pasado, para visitar al presidente Trump en Mar-a-Lago, funcionarios israelíes enfatizaron que Israel estaba listo para atacar de nuevo a Irán, y sugirieron que Netanyahu buscaría el apoyo estadounidense para una acción militar adicional durante su visita. La opción diplomática ya estaba en marcha respecto al programa nuclear iraní, pero no era la opción preferida por Israel, que presionó fuertemente a Estados Unidos en este sentido. Lo tremendo del caso es que el ministro de Exteriores de Omán, que llevaba las negociaciones entre Estados Unidos e Irán por el tema nuclear, afirmó horas antes del ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, el 28 de febrero, que las negociaciones estaban “al alcance”, pues Irán había aceptado las condiciones de Estados Unidos para paralizar su programa nuclear. Se lo comunicó personalmente al vicepresidente de Estados Unidos un día antes del ataque. Incluso se habló de iniciar un diálogo entre Irán y los países del Golfo.

¿Por qué, entonces, despreciar la diplomacia y optar por la guerra? Además del carácter existencial del conflicto entre Israel e Irán, la respuesta quizá esté en el concepto de “paz por la fuerza” desarrollado por el presidente Trump, y reflejado en la Estrategia de Seguridad Nacional del pasado mes de noviembre.

No es la primera vez que ocurre este tipo de engaños, mediante “negociaciones de distracción”. Un hecho como el ataque aéreo israelí a Doha (Qatar), el 9 de septiembre pasado, en el lugar donde celebraban las conversaciones con Hamás para lograr un alto al fuego, y en el que murieron seis personas, representa una violación tan grave de las normas diplomáticas que sus consecuencias trascienden el conflicto inmediato, envenenando las fuentes de la diplomacia misma. La regla fundamental de cualquier proceso de paz o negociación, incluso entre enemigos acérrimos, es la inviolabilidad del espacio de diálogo; los negociadores deben tener la garantía absoluta de que el lugar de la mesa de diálogo es un santuario, no una trampa. Cuando un actor armado decide bombardear el recinto donde se discuten los términos de la paz, como ocurrió en este caso, atacando precisamente a los negociadores de Hamás, se destruye el principio más básico de la confianza. La consecuencia inmediata es la parálisis del canal diplomático. El mediador, en este caso Qatar, se sintió directamente agredido y traicionado en su soberanía, lo que lo obligó a retirarse para no ser cómplice de una farsa.

A largo plazo, el daño es aún más profundo, ya que se siembra una sospecha perpetua: cualquier otro país o facción que en el futuro sea convocado a negociar, ya sea en Ginebra, Oslo o cualquier capital árabe, desconfiará de que la otra parte utilice el proceso como cobertura para un golpe militar. Este tipo de acciones le enseñan al mundo que sentarse a hablar no es un acto de construcción de paz, sino un riesgo personal, lo que fortalece a los sectores más radicales de ambos bandos, los halcones, que siempre han sostenido que la fuerza es el único lenguaje efectivo, condenando así a las futuras generaciones a repetir el ciclo de la violencia en lugar de agotar las vías del entendimiento.

Una variante es el “arriesgar hasta el borde”, que en el mundo de la diplomacia se entiende como tensar deliberadamente una crisis hasta el umbral del conflicto, para luego arrancar concesiones. En su versión más cínica puede incluir usar negociaciones de paz como cortina de humo, dado que, por un lado, se proyecta voluntad de diálogo, se gana tiempo, se divide a aliados del adversario y se mejora la posición táctica (reagrupamiento, reabastecimiento, reconocimiento), para luego lanzar una ofensiva que desfigura el sentido de la diplomacia negociadora. Un ejemplo contemporáneo es la invasión rusa de Ucrania en 2022. Mientras se mantenían contactos diplomáticos y se negaba la intención de atacar, se acumulaban fuerzas en la frontera y finalmente se ejecutó la ofensiva.

En Afganistán, después del acuerdo de febrero de 2020 entre Estados Unidos y los talibanes, y en plena antesala del diálogo intraafgano, la insurgencia utilizó el marco de las negociaciones no como una vía real de desescalada, sino como una oportunidad para recrudecer la violencia, acumular ventajas en el terreno y expandir sus áreas de influencia. Así, mientras el proceso de paz se presentaba como un paso hacia la reconciliación, en la práctica, operó como un recurso táctico al servicio de la estrategia talibán: ganar tiempo, erosionar la legitimidad y la capacidad operativa del Gobierno afgano y llegar a cualquier eventual acuerdo final desde una posición de superioridad militar y política.

En el caso de la guerra en Armenia y Azerbaiyán, que terminó en 2023 con la victoria militar del segundo, participar en diálogos (con Rusia, la UE o Estados Unidos) sirvió menos para buscar un compromiso y más para gestionar tiempos, costos y legitimidad mientras Azerbaiyán consolidaba su ventaja militar. Mantener conversaciones en contextos de este tipo, en los que en teoría se proyecta una voluntad de paz y se reducen los riesgos de sanciones o aislamiento, permite, al mismo tiempo y con mala intención, elegir el foro mediador más favorable para los propios intereses, e incluso puede acompañarse de una presión gradual sobre el terreno para crear “hechos consumados”, que luego se convierten en la nueva base de la mesa de negociación, ya devaluada.

La existencia de negociaciones-trampa, procesos en los que una de las partes simula voluntad de acuerdo mientras prepara o ejecuta ofensivas, erosiona profundamente la credibilidad estructural de los procesos de paz y erosiona la función de la diplomacia. Cuando la mesa se convierte en instrumento táctico y no en espacio genuino de resolución, el mensaje que se transmite no afecta solo al adversario inmediato, sino al conjunto del ecosistema negociador, mediadores, garantes internacionales, opinión pública y futuras partes en conflicto. La percepción de que el diálogo puede ser utilizado como cortina de humo, convierte cada gesto de apertura en sospechoso y cada alto el fuego en una potencial maniobra de reposicionamiento. A largo plazo, esto eleva los costes políticos de cualquier concesión, porque quienes apuestan por la negociación quedan expuestos a acusaciones de ingenuidad o traición. La consecuencia es un endurecimiento de posiciones y una creciente preferencia por soluciones militares preventivas, bajo la lógica de que “es mejor golpear primero que ser engañado”.

Además, las negociaciones instrumentales generan un daño acumulativo que trasciende el conflicto concreto. Cada proceso percibido como engaño, alimenta un repertorio de memoria colectiva donde la palabra pierde valor estratégico y moral. En contextos de guerras prolongadas o crisis polarizadas, esta desconfianza se convierte en cultura política, pues se negocia no para resolver, sino para ganar tiempo, dividir al adversario o mejorar la narrativa sea a escala nacional o internacional. Así, la propia idea de negociación queda asociada a debilidad o manipulación, lo que dificulta que futuros intentos encuentren legitimidad social. La paradoja es que cuanto más se utiliza la mesa como arma, más improbable se vuelve la paz que supuestamente debía facilitar. Recuperar la credibilidad requiere reconstruir la convicción de que la negociación no es una fase más de la guerra, sino una ruptura real con su lógica.

Este patrón de negociaciones-trampa, finalmente, no es una anomalía aislada, pues puede repetirse, y de hecho reaparece cíclicamente, en escenarios de alta asimetría, ocupación prolongada o guerra abierta, como los de Palestina, Ucrania y otros conflictos armados activos. Cuando la negociación se usa como cobertura para rearmarse, consolidar posiciones o moldear el relato internacional, el daño no se limita al episodio concreto, ya que contamina los intentos posteriores, debilita a quienes defienden la vía diplomática y convierte cada nueva ronda de conversaciones en un campo minado de sospechas, verificación imposible y expectativas deliberadamente frustradas.