Occidente está en caída libre y lo peor es que estábamos advertidos y elegimos no escuchar
Los síntomas del declive están dondequiera que mires. El domingo, la extrema derecha alemana ganó otra elección estatal, obteniendo casi el 40% de los votos en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. Francia está preparando un apretón fiscal de 54.000 millones de euros, que podría ser un clavo más en un modelo social europeo que se hunde. En la Asamblea General de la ONU, Donald Trump amenazó una vez más con “aniquilar” a Irán, a pesar de que la cuarta guerra occidental fallida contra una nación musulmana en este siglo ha agregado más de 100 mil millones de dólares a las facturas de combustible de los Estados Unidos.
Hay poca discrepancia sobre los síntomas. La gran lucha de nuestra época es por el diagnóstico, y la derecha lo ha estado ganando durante años. Su historia es simple y, como subrayan las últimas elecciones estatales alemanas, efectiva: Occidente está muriendo a causa de los migrantes, los musulmanes, las personas trans, los “woke” y el “Estado profundo”. Así que cuando les dije a mis amigos que estaba escribiendo un libro llamado 'La caída de Occidente: cómo realmente lo perdieron', les preocupaba que me hubiera transmutado en Liz Truss, quien, después de haber durado menos en el cargo que una lechuga, produjo 'Diez años para salvar a Occidente'.
Mi diagnóstico es bastante diferente. Occidente está en declive porque después de la Guerra Fría, sus élites declararon una victoria de la que nunca se han recuperado. Proclamaron, como un futuro inevitable, un modelo económico que canalizaba la riqueza hacia arriba, mientras daban a un ejército aparentemente invencible libertad para remodelar el mundo musulmán. Ambas convicciones eran terriblemente convenientes para quienes se beneficiaban de ellas. El resultado ha sido catastrófico: una economía que ya no ofrece avances sostenidos en los niveles de vida o los servicios públicos, y las intervenciones militares occidentales humilladas en Kabul, Bagdad, Trípoli y ahora en el estrecho de Ormuz.
En el extranjero, las pretensiones de superioridad moral de Occidente han sido incineradas, sobre todo por el genocidio del pueblo palestino en Gaza por parte de Israel. En el país, la desilusión y la desesperación generadas por estos desastres superpuestos han alimentado el surgimiento de la extrema derecha, amenazando a la democracia misma.
Lo que me impresionó al investigar para mi libro fue la frecuencia con la que la gente había visto lo que venía y la poca diferencia que habían hecho sus advertencias.
En la primavera de 1994, uno de los funcionarios más veteranos de la Embajada de Estados Unidos en Moscú envió a Washington un largo cable discrepante. Su argumento era lo suficientemente claro como para convertir a su autor en un marginado dentro del establishment de la política exterior.
Wayne Merry no es precisamente un radical. Creció en un asentamiento de trigales en Oklahoma llamado —no es broma— Kremlin, y admiraba al entonces presidente ruso, Boris Yeltsin. Pero había pasado dos años presenciando la “terapia de choque” —la conversión de una economía planificada en un casino— impuesta a los restos de la economía soviética por Washington, los economistas de Harvard y el FMI. Merry había empezado a llenar sus bolsillos con dinero en efectivo para ayudar a las ancianas que mendigaban en las calles, “porque”, me dijo, “se estaban muriendo de hambre”.
Rusia estaba gobernada por occidentalistas, pero el cable de Merry advirtió que “las fuerzas democráticas en Rusia están en serios problemas” y que “no hay razón para creer que la economía rusa sea capaz de una rápida reforma del mercado”. Si Estados Unidos eligiera “el papel de misionero económico en vez del de verdadero socio”, predijo, fortalecería a los extremistas y reviviría una “relación adversa entre Rusia y Occidente”.
Como me dijo Merry: “Estamos destruyendo los niveles de vida de la clase trabajadora y luego esperando que la gente vote por nosotros”. La respuesta de Washington fue hacerlo persona non grata. El cable permaneció clasificado durante tres décadas, y se abrió silenciosamente solo a finales de 2024. Para entonces, un estudio estimó que hubo 12,2 millones de muertes en exceso en Rusia durante la transición. Mientras tanto, el hombre fuerte que se levantó de los restos de la URSS llevaba casi tres años de su invasión asesina a gran escala de Ucrania.
Los hombres que ignoraban a Merry no se cortaban acerca de sus suposiciones. Rusia tuvo que avanzar hacia “nuestra forma de hacer las cosas”, dijo Strobe Talbott, el principal asesor de Rusia del presidente Bill Clinton. Si eso sonaba como “una confirmación desagradable de nuestra doctrina del excepcionalismo”, la respuesta era simple: “Bueno, así somos nosotros, somos Estados Unidos. Somos excepcionales”.
Este fue el problema estructural básico del orden posterior a la Guerra Fría. Nunca se ha ido. Por fuerte que fuera la evidencia detrás de una advertencia, cuando chocaba con los intereses del poder occidental, la advertencia era desoída.
Pasé dos años viajando de Bagdad a Pittsburgh, y de Nairobi a Ramallah, para el libro, y la experiencia de Merry resultó ser menos la excepción que la regla. En una entrevista en 2005, el enviado estadounidense Edmund McWilliams dijo que había advertido en 1988 que la política afgana de Washington estaba “yendo muy, muy mal”, ya que el armamento estadounidense fluía hacia los fundamentalistas islamistas. Pero el objetivo primordial era derrotar a la Unión Soviética. McWilliams dijo que fue aislado, tachado de enfermo mental, alcohólico y gay, y reasignado a otras funciones. Los propios analistas de la CIA habían advertido en 1987 que un régimen islamista victorioso podría heredar una “montaña de armas” y usarlas para armar o entrenar a guerrilleros islamistas en otros lugares. Las armas seguían fluyendo.
El mismo triunfalismo se afianzó en casa. Las economías occidentales no estaban privadas de riqueza: estaban cada vez más organizadas para extraerla que para invertirla. Como me dijo la economista Mariana Mazzucato, en este momento el 80% de las finanzas británicas retornan a las finanzas, los seguros y los bienes raíces. Las economías occidentales se han vuelto cada vez más buenas para recompensar la propiedad, pero cada vez más malas para construir los cimientos productivos de los que depende la prosperidad.
A principios de 2007, un director ejecutivo del Banco Mundial le dijo a su amigo, el economista Ha-Joon Chang, que se avecinaba una gran crisis. Su evidencia era su limpiadora, de quien sospechaba que era indocumentada: tenía una hipoteca de 300.000 dólares. Los salarios estancados habían sido cubiertos con crédito barato —“déjalos comer crédito”, como resumió un economista el modelo— y el esquema estaba a punto de desgarrarse. Cuando lo hizo, el colapso debería haber terminado con este modelo económico fallido. En cambio, la gente común se vio obligada a pagar para salvarlo, a través de una provisión social cobrada a los triturados contribuyentes.
Dónde podría conducir esta caída caótica es aterrador. El genocidio de Israel ha normalizado la depravación ilimitada. El trumpismo ha dado un nuevo propósito a la retórica y las instituciones de la “guerra contra el terror”, utilizada ahora para atacar la disidencia interna. El autoritarismo y la barbarie son futuros totalmente plausibles.
Hay otra posibilidad: que la izquierda presente un caso diferente. Que fue la búsqueda interminable y sin control de riqueza y poder por parte de las élites occidentales, en el país y en el extranjero, lo que nos trajo aquí, y que la tarea es reconstruir lo que Margaret Thatcher trató de destruir —la sociedad—, invirtiendo la riqueza que producimos colectivamente. O, como me dijo el hombre que escribió ese cable enterrado: para de destruir el nivel de vida de las personas y esperar luego que voten por ti.