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Los que quieren cosechar sin haber sembrado

28 de septiembre de 2026 22:50 h

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Al comienzo de la segunda parte de su 'Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres', Rousseau nos cuenta cómo el primer ser humano que, cercando un terreno, tuvo la ocurrencia de decir “esto es mío” fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Este sujeto no estaba solo en el vacío, sino que encontró gentes lo bastante simples para creerle, porque la propiedad no se adquiere con una mera proclamación individual, sino que requiere el asentimiento de los demás. Maldito asentimiento. “¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso [...]!”

El que clavó las estacas también pensó que se lo había ganado con su mérito. A fin de cuentas, conseguir el material, pulirlo, apilarlo y sujetarlo de manera que aguante en pie y sea funcional al propósito del cercado conlleva un cierto esfuerzo físico. Pero, ¿qué cercaba? La tierra no la hizo él, el trabajo solo consistió en la valla y lo demás lo tomó por ser el primero. El suelo estaba en su sitio antes de que él llegara y, sin valla, ya daba sus frutos.

Marx llamó a este momento la acumulación originaria, y advirtió que desempeña en la Economía política el mismo papel que el pecado original en la teología. Eva mordió la manzana y desde entonces la humanidad fue condenada a ganarse el pan con su propio sudor. Pero la versión económica del mito nos relata una anécdota que nos es conocida y de cuyo esquema se sigue abusando cada vez que hay que explicar por qué a unos les va bien y a otros no: en tiempos lejanos habría existido una pequeña élite trabajadora y ahorradora que acumulaba riqueza merecida, mientras la mayoría holgazana y derrochadora consumía recursos que no se habían ganado. Los primeros ya nunca tendrían que sudar para comer, los segundos, expulsados del paraíso, acabaron por no tener nada más para vender salvo su propia piel.

En la historia real, encontramos los papeles cambiados. Los expulsados del paraíso no habían pecado de nada: eran precisamente los campesinos que trabajaban las tierras comunales, cercadas durante siglos por señores que cuando lo veían claro hacían leyes a su medida y cuando no, utilizaban la fuerza. Los que se quedaron dentro fueron quienes mandaron levantar una valla que ni siquiera levantaron ellos. Es curiosa la idoneidad etimológica de “paraíso”, que proviene del persa antiguo y significaba recinto cercado. Marx relata cómo esa historia se escribió con sangre y fuego. El mérito llegó después, para justificarla.

Los expulsados siguen existiendo. A Maricarmen la desahuciaron el miércoles pasado con 87 años a la espalda. Su casa no era ningún jardín del Edén, pero vivía en ella desde sus 17. Tres días después, el Sindicato de Inquilinas planta sus tiendas de campaña en la Puerta del Sol, quince años después de que otra acampada llenase la misma plaza. Lo que reclaman es tan poco antisistema como prórrogas automáticas de los contratos, contratos indefinidos y que nadie sea desalojado sin una alternativa donde vivir. Y lo reclaman en un país donde el alquiler se lleva ya la mitad del sueldo, y donde un joven que quiera emanciparse solo tendría que entregar a otro casi todo lo que gana. Buena cosecha. Adam Smith, convertido hoy en santo patrón del libre mercado, ya advertía que en cuanto la tierra se convierte en propiedad privada, a los terratenientes les gusta cosechar donde nunca sembraron y exigen una renta incluso por sus frutos naturales.

Al otro lado de la valla, como respuesta se erige un mantra claro: “es que me lo he ganado”. Lo primero que cabe cuestionar es quién se lo ganó. Cerca del 70% de la desigualdad en la riqueza total de nuestro país viene asociada a las herencias y donaciones, y en el caso de los inmuebles la cifra roza el 75%. Gran cantidad de los pisos que hoy se alquilan no se compraron, se heredaron, y la herencia es el caso más paradigmático de ausencia de mérito: la familia en que uno nace es una contingencia que en ningún caso debería acotar las oportunidades de vida que se tendrán. Incluso concediendo que las primeras viviendas se pagaran con largos años de arduo trabajo, lo que hace subir su valor de mercado no lo ganó nadie. Los precios no suben porque el propietario pinte las pareces de vez en cuando, sino porque el barrio, la ciudad y quienes viven alrededor hacen que valga más. 

Aquí está su trampa. El mérito, si es que significa algo, es actividad: construir, aportar, devolver algo a la comunidad que te permitió ganarlo. La renta funciona al revés. Congela lo ganado y lo convierte en un mero título que te da derecho a cobrar, mes a mes, del trabajo ajeno. El diezmo de nuestro tiempo, más agresivo que el antiguo, que se conformaba con solo una décima parte de la cosecha.

Comprar un piso para alquilarlo no añade una sola vivienda al mundo. La casa sigue siendo la misma, cambia solamente quién cobra por habitarla. Es un negocio en el que nadie siembra: cada euro que engorda el patrimonio de unos pocos exprime, de la más improductiva de las formas, el salario ya de por sí maltrecho y congelado de la mayoría. En estos términos, cuesta hablar de creación de riqueza. El rentista no construye, no produce, no revierte: extrae. Nos hablan de mérito los que con su dinero hacen todo lo posible para dejar de tener que merecer el resto de sus vidas.

Si la propiedad necesita para resguardarse del asentimiento de los demás, en Sol ese asentimiento ha empezado a retirarse. No lo retira nadie de forma aislada: lo retiran las inquilinas organizadas, que han entendido que, frente a la valla, no sirve de nada negociar de una en una; y, con ellas, todos los que sostenemos con nuestra nómina las estacas de quien se lleva nuestra cosecha. El grito que Rousseau echó de menos: “¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!”.