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Un resultado que puede empezar a cambiar el mundo

4 de noviembre de 2026 22:14 h

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La brillante victoria del Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato (midterm), en las que ha conseguido el control de las dos cámaras del Congreso por un margen muy amplio, supone, en primer lugar, un estrepitoso fracaso del presidente Donald Trump, que había dicho reiteradamente “yo estoy en esas papeletas” aunque ahora diga justamente lo contrario, siguiendo su habitual método de esquivar su responsabilidad personal cuando algo sale mal, ya que él nunca se equivoca. Refleja, de una forma más contundente de lo esperado, el rechazo de las políticas que ha llevado a cabo en los dos primeros años de su segundo mandato, en los que no solo no ha cumplido ninguna de sus promesas, sino que las ha vulnerado frontalmente, iniciando guerras “lejanas”, que se comprometió a eludir, y provocando la subida de la inflación y el deterioro del nivel de vida de los ciudadanos, justamente lo que más había criticado a su predecesor, Joe Biden, además de su política interior violenta y autoritaria – incluido el comportamiento brutal del ICE con los emigrantes - que amenazaba con una ruptura social muy grave. Finalmente, ha sido también un castigo al Partido Republicano que ha apoyado sin reparos – salvo escasas excepciones - esas políticas, por temor a Trump.

Este resultado, por tanto, viene más de un rechazo a Trump y a su partido, que de un respaldo a los demócratas que no han sido muy efectivos estos dos años en su labor de oposición, carecen por ahora de un líder nacional o de un candidato a la presidencia, y ocupan un espectro ideológico muy amplio - a veces hasta contradictorio – desde un centro moderado hasta la izquierda socialista, lo que no favorece su acción unitaria en las cámaras. No obstante, estas diferencias son un reflejo positivo del diferente origen, la diversidad social, económica e ideológica de la población en un país tan grande, que Trump quiso borrar con el clásico y viejo modelo supremacista blanco, anglosajón y protestante. La imagen de gobernadores o senadores mayores, ricos, patriarcales, decae en favor de gente como Gina Hinojosa, una hispana elegida gobernadora del muy conservador y republicano Texas, o Keisha Bottoms, descendiente de esclavos, la primera mujer negra gobernadora de un Estado, precisamente de Georgia, el símbolo del sur. Y en el Senado, gente como James Talarico -maestro de escuela y seminarista – el primer senador de Texas desde 1938, que derrotó al Fiscal General en una campaña en la que Elon Musk había invertido 50 millones de dólares, Abdul El-Sayed, el primer senador musulmán, o Chris Pappas, el primero abiertamente homosexual.

Todos ellos tienen, sin embargo, algo que les mantendrá unidos, al menos en los asuntos más importantes, que son los mismos objetivos: acabar con el trumpismo que ha creado una inestabilidad insoportable, dividido, empobrecido a la población, y deteriorado su imagen y apoyos internacionales, para lo que tendrán que elegir un candidato que pueda ganar la presidencia en 2028, calmar y pacificar el país, y – sobre todo - revertir las decisiones equivocadas o criminales de Trump, en el interior y en el exterior, que han sido muchas e impedir que tome otras igualmente negativas o peligrosas con los instrumentos que la Constitución otorga al Congreso, aunque Trump ya ha declarado que se enfrentará a las decisiones que no comparta, y puede hacerlo. 

La decisión más impactante de la mayoría demócrata podría ser iniciar en la Cámara de Representantes un nuevo proceso de destitución (impeachment) del presidente, que sería el tercero entre sus dos mandatos, algo que nunca ha ocurrido. Causas no faltan, desde su enriquecimiento personal y familiar en la presidencia, hasta decisiones que exceden sus atribuciones, como la guerra contra Irán sin autorización expresa del Congreso, incluso contra su rechazo explícito, o las deportaciones masivas de trabajadores sin la garantía debida. Pero solo tendría un valor político y testimonial porque para que prospere se necesita la aprobación de los dos tercios del Senado, y eso no ocurrirá a no ser que las condiciones psíquicas de Trump se agraven o los republicanos intuyan una debacle en la próxima elección presidencial, que será acompañada por la de un tercio de los senadores. Además, lo que menos les interesa ahora a los demócratas es que el vicepresidente, J.D. Vance, tenga un período como presidente antes de las elecciones, que le permitiría investirse de la autoridad del cargo y ganar muchos puntos. Es mucho mejor para ellos que Trump siga hasta el final, contaminando a los republicanos con sus políticas caóticas y personalistas, porque además su personalidad narcisista no le va a permitir dar ningún espacio a su sucesor, sea este quien sea, hasta el mismo día que abandone la Casa Blanca.

¿Significa el resultado de las midterm que un demócrata ganará la presidencia en 2028? Muy probablemente. Solo en dos ocasiones el partido del presidente en ejercicio ha perdido el control de ambas cámaras a mitad de mandato y dos años después el candidato de ese partido ha ganado la presidencia (Truman en 1946 y Clinton en 1994), pero en ambos casos la pérdida de control del Congreso se produjo en el primer mandato de estos presidentes y luego fueron reelegidos. En un caso como el actual, que la pérdida del control se produzca en el segundo mandato, el nuevo candidato del partido perdedor nunca ha ganado la presidencia en las siguientes elecciones. Y además es inverosímil que Trump vaya a cambiar ni la forma de hacer política ni sus políticas que han causado ahora la severa derrota del Partido Republicano. 

Todo indica que aquí comienza un cambio de ciclo en la política de la todavía primera potencia global, que tendrá consecuencias muy importantes no solo en su país sino en todo el mundo, incluyendo Europa, Tal vez será solo un cambio de forma, porque los intereses de EEUU no van a cambiar, ni tampoco lo harán en el fondo las políticas que los defienden, por despiadadas o injustas que sean, lo hemos visto en presidencias anteriores. Pero la forma de alcanzarlos también importa. No es lo mismo negociar un acuerdo nuclear con Irán, como hizo Obama, que iniciar una guerra que ha desequilibrado la economía mundial, ni intentar conseguir ventajas económicas que utilizar unilateralmente aranceles con objetivos políticos, incluso con sus aliados. En todo caso ese cambio empezará en enero y solo será efectivo cuando asuma su cargo un nuevo presidente, sobre todo si es demócrata, en enero de 2029. Hasta entonces no se puede minusvalorar el daño que Trump puede hacer todavía a la democracia dentro de su país y a la seguridad y estabilidad de todo el mundo, primero porque el sistema de frenos y contrapesos establecido en la Constitución ha ido inclinándose, cada vez más en el tiempo, hacia el poder ejecutivo, y también porque el actual presidente tiene aún una ventaja decisiva en el Tribunal Supremo con seis conservadores - incluidos tres que él mismo nombró en su primer mandato – contra tres progresistas, y ahí es donde se van a dirimir finalmente sus previsibles choques legales con el nuevo Congreso.

En los próximos dos años vamos a asistir en EEUU a un enfrentamiento continuo - y posiblemente feroz - entre el poder legislativo y el ejecutivo, que encarna el presidente. La presidencia de EEUU ha ido adquiriendo de facto con el paso de las décadas un poder enorme, tal vez solo por detrás del que pueden tener otros gobernantes autócratas en el mundo, como Xi Jinping en China o Putin en Rusia. Trump ha aprovechado todas las triquiñuelas legales posibles, aunque fueran claramente no aplicables, para eludir el control del Congreso e imponer sus decisiones, como cuando intentó alegar la Ley de enemigos Extranjeros, de 1798 para justificar las deportaciones masivas sin autorización judicial, y también otras de dudosa legalidad como congelar el uso de algunos fondos ya aprobados en las 12 leyes de asignaciones presupuestarias. Lógicamente, ahora no lo tendrá tan fácil, pero no hay duda de que lo va a seguir haciendo, ya ha prometido vetar todas las leyes que apruebe el Congreso y no le gusten, incluidas las presupuestarias.

El veto presidencial es un arma muy potente, porque solo puede ser rechazado por una mayoría de dos tercios de ambas cámaras, lo que confirma una enorme ventaja del poder ejecutivo sobre el legislativo, pues históricamente menos del 10% de los vetos presidenciales han sido anulados por el Congreso. En lo que respecta a los presupuestos, si el presidente veta la ley presupuestaria del Congreso y este se niega a hacer otro, se provoca el cierre del gobierno con la consiguiente parálisis de la administración. Los presupuestos anteriores, que caducaban a final de septiembre, están prorrogados hasta el 11 de diciembre por las dificultades de elaborar unos que sean aceptables para Trump, cuando los gastos de defensa se disparan y el déficit alcanza el 6,1%. Con la nueva situación es probable que haya una nueva prórroga y que en enero, cuando se forme el nuevo Congreso, empiece una dura pugna por las leyes de asignaciones presupuestarias para el resto del año fiscal entre el Congreso y el Presidente con temas espinosos, como las guerras de Irán y Ucrania, o el incremento del gasto militar en detrimento del social.

El poder del presidente se mantiene de forma más clara aún en el ámbito de la política internacional. Las atribuciones que la Constitución le atribuye en exclusiva como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y único representante internacional de la nación, le permiten ejercer un gran poder exterior, sobre todo con el amplio uso de las órdenes ejecutivas que eluden el control del Congreso. Puede reconocer o romper relaciones con otros gobiernos, dar órdenes militares a corto plazo, congelar activos de entidades extranjeras o prohibir transacciones comerciales, y puede firmar acuerdos ejecutivos con líderes de otros países. Pero no puede suscribir tratados internacionales sin la aprobación del Senado por mayoría de 2/3, ni nombrar embajadores o altos cargos con responsabilidad internacional sin la aprobación del Senado por mayoría simple. Y sobre todo no puede declarar la guerra ni mantener conflictos prolongados. Si el presidente inicia hostilidades unilaterales, la Ley de Poderes de Guerra de 1973 le obliga a notificar al Congreso en un plazo de 48 horas. Las tropas no pueden estar en combate más de 60 o 90 días a menos que el Congreso apruebe formalmente una Autorización para el Uso de la Fuerza Militar o una declaración de guerra. No obstante, Trump ha hecho caso omiso de este mandato constitucional, con varios subterfugios, en la guerra contra Irán, y en otras acciones militares como en Venezuela, en la destrucción de supuestas lanchas de narcotráfico - que podían ser capturadas y llevadas a la justicia -, y en bombardeos a otros países que, a veces, se han prolongado por más de 48 horas.

Además de todas estas acciones militares de carácter siempre ofensivo, y de su apoyo indiscriminado al genocidio de Israel sobre los palestinos, así como a sus agresiones a otros países de la zona, la herencia que Trump dejará en el mundo es la de la peor cara de EEUU posiblemente en toda su corta historia: un país agresivo, egoísta, insolidario, no fiable para sus aliados, imperialista, dispuesto a cualquier cosa para su único beneficio, incluidos la vulneración de cualquier norma o ley internacional y el abandono de cualquier organización, diálogo multilateral o acuerdo internacional que no le reporte beneficios, como sobre cambio climático o sobre el uso de ciertas armas. En Europa, en particular, sus acciones y actitudes – desprecio de la UE, imposición unilateral de aranceles, colusión con Putin en detrimento de Ucrania, dejación de responsabilidades en la OTAN mientras exige el aumento desproporcionado de los presupuestos de defensa europeos, dejan en este lado del Atlántico el sabor amargo del aliado que traiciona más de 80 años de cooperación y (teórica) seguridad compartida.

Pero lo peor es que la política ultraliberal y neofascista de Trump ha provocado un efecto contagio en muchos países cuyos líderes, como Milei, han pasado al lado oscuro al amparo de la gran potencia americana, y ha apoyado a partidos y movimientos de extrema derecha en todo el mundo, en particular en Latinoamérica y en Europa con la intención de debilitar a esos países y tenerlos bajo su influencia con gobiernos afines. Pocos dirigentes se han opuesto frontalmente a su inaceptable política internacional, en Brasil, Lula – que ha conseguido aguantar la presión de todas clases en su contra que venía del norte y ganar las recientes elecciones – y en Europa, Pedro Sánchez, que se enfrenta también a unas elecciones en condiciones similares, pero en las que no influirá probablemente esta derrota indirecta de Trump, que es una victoria de las tesis de Sánchez, porque la mayoría de los españoles son ajenos a la realidad internacional y la oposición se encargará de ocultarla, haciendo más ruido en las cuestiones nacionales.

Por eso es tan importante, también para Europa y para España el resultado de las elecciones midterm, que puede tener una enorme repercusión política internacional a medio y largo plazo, hasta cambiar, aunque sea levemente, el curso de la historia. Es de esperar que el cambio político que se inicia ahora en EEUU, prive de su apoyo – muy importante - a los gobiernos y a los partidos neofascistas que han prosperado con el trumpismo, y que esa política agresiva, supremacista, insolidaria, egoísta, ignorante de cualquier norma, que ha promovido Trump y ha crecido en estos últimos años en todo el mundo, se vaya debilitando y deje paso a otra en el que la solidaridad, la justicia, y el progreso social y moral se impongan en favor de un mundo más pacífico y humano.