Vacaciones, los cojones, es mejor trabajar
El título de este artículo es parte del estribillo de la canción “Vacaciones” de Aerolíneas Federales. Es de los años 80, sepan los jóvenes. No se me ha ocurrido nada mejor para encabezar el tema de este artículo, aunque dudé si cambiar vacaciones por tecnologías. Durante décadas se nos ha vendido que las TIC nos liberarían del trabajo menos grato, en particular del ingrato, ya que automatizando lo rutinario, lo menos creativo, lo más pautado, nos permitirían, supuestamente, dedicarnos a cosas más productivas y satisfactorias y nos devolverían tiempo para vivir. Ahora la cantinela se repite con la IA, y con mucha mayor insistencia. Este relato ha funcionado como incentivo para la incorporación de estas tecnologías en las organizaciones y también en nuestro propio trabajo. Pero la realidad demuestra que se trató y se trata de un pensamiento ilusorio, al menos para la mayor parte de nosotros. Bien al contrario, experimentamos una intensificación del trabajo y una invasión de la esfera personal por la laboral.
En 1964 el memorándum “The Triple Revolution”, dirigido al presidente estadounidense Lyndon B. Johnson por un grupo de académicos, activistas y científicos sociales, reflexionaba sobre los cambios estructurales que vivía Estados Unidos. En concreto, consideraban que el país se enfrentaba a tres “revoluciones”: la cibernética, que provocaría una automatización que conllevaría una drástica reducción del trabajo humano; la nuclear, con un poder destructivo sin igual; y la de los derechos humanos, que exigía igualdad real entre las personas y transformaciones profundas en la estructura social. Hace más de seis décadas ya se hablaba de la necesidad de reorganizar el empleo y garantizar una renta básica que garantizase unos recursos suficientes a toda la ciudadanía cuando no fuese posible garantizar el trabajo para todos debido a la automatización del mismo.
El tema de la reducción significativa del trabajo humano ha sido recurrente desde entonces. Recordemos la publicación de 1995 de Jeremy Rifkin titulada “The End of Work, donde vaticinaba un desempleo estructural permanente en el contexto de la tercera revolución industrial. Hasta ahora estas y otras predicciones sobre la destrucción masiva de empleo se han visto incumplidas, aunque ha habido impactos significativos en algunos sectores, en períodos concretos o en ciertos lugares. Aun así, a escala global ha habido una creación neta muy importante de empleo. Podría ocurrir lo mismo ahora con las tecnologías inteligentes, pero nadie se pone de acuerdo al respecto. En todo caso, no es el desempleo tecnológico en lo que quiero incidir, sino en la promesa constante de que las tecnologías nos permitirían, y ahora más, hacer menos trabajo, más productivo y más creativo, disponiendo así de más tiempo para nosotros. Lo de hacer más parece incuestionable, pero del resto hay mucho de lo que hablar.
A finales del siglo XX y comienzos del XXI, economistas como Erik Brynjolfsson señalaron que las TIC producían aumentos de productividad, pero también comenzaron a surgir debates sobre por qué esos aumentos no se traducían automáticamente en reducciones de horas trabajadas o en una mayor calidad de vida. A menudo, las ganancias de eficiencia se reinvierten en producir más -y a un ritmo más alto-, o se convierten en presión competitiva para hacer más, en menos tiempo y con menos recursos.
El extenso uso de ordenadores, internet y herramientas colaborativas desde los años 1990 no ha reducido de forma generalizada la duración de las jornadas laborales en la mayoría de las economías avanzadas; más bien ha incrementado las expectativas de disponibilidad constante y de respuesta inmediata. Esto ha contribuido a la extensión del trabajo fuera de los horarios oficiales. Se dice, de hecho, que la oficina se ha prolongado hasta nuestros hogares, y no hablo del teletrabajo sino del trabajo a destajo.
Numerosos estudios sociológicos y económicos han mostrado que la conectividad permanente ha difuminado las fronteras entre trabajo y vida personal, extendiendo las demandas laborales a espacios de descanso y ocio que antes eran respetados. De hecho, casi todos hemos caído en el sutil autoengaño de pensar que las tecnologías nos permitirían hacer nuestro trabajo con más flexibilidad, mejor y con menos esfuerzo, ganando tiempo y calidad de vida. Pero la realidad es que dedicamos más tiempo a trabajar, ya que las tecnologías permiten romper las barreras del espacio y del tiempo, de modo que trabajamos desde cualquier lugar y en cualquier momento.
La IA generativa ha roto además la última barrera, la del acceso a las máquinas, al poder comunicarnos con ellas en lenguaje humano. La gran cantidad de tareas en las que la IA nos puede resultar de utilidad hacen que vuelva con inusitada fuerza el mensaje de que ahora sí que las máquinas lo harán casi todo y nosotros podremos dedicar más tiempo al dolce far niente. Sin embargo, al menos de momento, lo que vemos dista mucho de todas estas promesas y de ese hiperoptimismo tecnológico, cacareado con intenciones nada inocentes. Los incrementos de productividad son más bien escasos todavía y en lugar de las tareas que nadie quiere hacer, muchas de las que se están automatizando son tareas creativas -diseño gráfico, campañas de publicidad y márquetin, consultoría estratégica, redacción de informes, artículos periodísticos, guiones, contenidos multimedia…-. Es decir, esa cantinela de que la máquina hará el trabajo desagradable, rutinario y que nadie desea, empieza a parecer más un réquiem que una gloria.
Un reciente estudio publicado en la revista Harvard Business Review muestra una realidad bien distinta a la de trabajar menos y poder vivir más en la esfera de lo personal. La monitorización de dos cientos de trabajadores de una empresa tecnológica de Estados Unidos a lo largo de 8 meses evidenció, según los autores de la publicación, que, aunque la IA aumentó la productividad individual de los trabajadores, también amplió el alcance y la cantidad de tareas que estos debían asumir, de modo que redujeron sus descansos, ampliaron la jornada laboral e incluso ocuparon tiempo de sus días libres para hacer más trabajo.
Obviamente, esto no significa necesariamente que se mantendrá el nivel de empleo actual. De hecho, ya se está viendo como en ciertos sectores se está destruyendo mucho empleo -en los últimos meses solo Amazon ha eliminado 30.000 empleos debido sobre todo a la adopción de IA-. Pero es paradójico, incluso irónico, que en muchos casos los empleados trabajan más acelerados, en modo multitarea y ampliando su jornada laboral, incluso sin que esto sea una demanda de sus organizaciones, sino una respuesta espontánea ante la novedad, aparentemente gratificante, de las herramientas que la IA está poniendo en nuestras manos.
Si asistimos impasibles a lo que se avecina, sobre todo los gobiernos, podremos tener la tormenta perfecta: desempleo tecnológico para un amplio sector de la población y sobrecarga y estrés tecnológico para una parte significativa de los trabajadores que conserven su empleo, al menos por un tiempo. Prepárense para abrir los paraguas.