5 lecciones y una pregunta sin responder en las 'midterms' americanas
“Huyendo en desbandada”. Así, titulaba el New York Times, han quedado los republicanos ante la apabullante victoria de los demócratas en las elecciones de mitad de mandato que tuvieron lugar el martes en Estados Unidos. Una avalancha progresista que nos deja varias lecciones, pero también una gran incógnita sin terminar de resolver.
Son estas:
El programa de la ultraderecha ha fracasado
La primera razón del triunfo de los demócratas es el desplome de Trump, que no solo no ha cumplido su promesa de “Hacer América grande de nuevo”, sino que ha traicionado algunas otras, como esa en la que se comprometió a no meter al país en otra guerra. Ni los aranceles, ni las amenazas al resto del mundo, ni los incentivos al carbón y al petróleo, ni las deportaciones masivas han conseguido el objetivo de cambiar la vida de los estadounidenses. El programa que la ultraderecha esgrime en todo el mundo ha sido incapaz de producir los resultados prometidos. Mientras tanto, Trump y sus aliados se han ido revelando como un equipo cada vez más desconectado de la realidad de la gente corriente, hasta el punto de colocarse frente a ellos en muchos temas clave de la actualidad, como la extensión de la IA, de los centros de datos o el gasto en defensa.
Sin esa apuesta política, que Trump llevaba cultivando décadas, los republicanos se han quedado arrinconados, sin más ambición que defenderse de las andanadas cada vez mejor dirigidas de los demócratas. A esta hora, el resultado es que los demócratas han recuperado 7 senadores, 25 congresistas y centenares de legisladores estatales.
La izquierda ha recuperado a los hombres fuertes
Los demócratas han ganado estas elecciones recuperando una figura que llevaban años regalándole a la derecha: la del hombre fuerte. James Talarico, exprofesor y seminarista presbiteriano, ha ganado en Texas hablando de fe y de bien común, en un estado donde ningún demócrata conquistaba un escaño en el Senado desde 1988; Abdul El-Sayed, médico e hijo de inmigrantes egipcios, ha aguantado una campaña en la que el presidente lo llamaba “yihadista” y será el primer senador musulmán de la historia del país, y Jon Ossof, uno de los perfiles con más papeletas para concurrir a las primarias presidenciales, han representado en esta campaña tres modelos de masculinidad muy distintos, pero que tienen una cosa en común: son hombres valientes. Con su presencia, los demócratas han conseguido hacer cuajar la idea de que ser fuerte no quiere decir ser malo. Frente al malismo de Trump (esa idea de la crueldad como programa), los demócratas han presentado hombres cuya fuerza consiste en ser fieles a sus principios y protectores de su comunidad, aunque para ello tengan que ir a contracorriente.
Adiós a woke 1
Lo dijo Alexandria Ocasio-Cortez en agosto, tomando prestada la frase de un concejal de Nueva York: “Woke 1 fue una locura”. El ciclo de la izquierda que se ha quedado con ese nombre, el que va de las protestas por la muerte de un ciudadano negro a manos de la policía en 2014 al verano de 2020, los años en los que un sector de los demócratas pedía desfinanciar a la policía y enarbolaba la “teoría crítica” fue demasiado lejos y le resultó ser un tiro en el pie. Quizá no porque se equivocara en sus principios, pero sí, con seguridad, porque se presentó como un tribunal moral que repartía culpas y exigía penitencias. En aquellos años el lenguaje se convirtió en un campo de minas y cedió espacio para que los republicanos acertaran a describir a los demócratas como un grupo más preocupado por corregir cómo hablaba la gente que por cambiar cómo vivía. Esta vez, los demócratas han aprendido a construir coaliciones más amplias, en las que nadie se siente excluido.
El eje izquierda-derecha no ha sido decisivo
Durante años, el debate intelectual demócrata se agotó en un pulso lineal entre el ala izquierda, encarnada por Bernie Sanders, y el ala derecha, con el gobernador de California, Gavin Newsom, como referente. Pero en estas elecciones los resultados no han mostrado una correlación con la posición de los candidatos en ese eje. En realidad han ganado casi todos, porque la causa principal es el desplome de Trump. Pero, con el mismo viento a favor, el éxito ha tenido más que ver con otra cosa: la autenticidad. Han sido aquellos candidatos que más reales y más próximos a la gente parecían, aquellos que no parecían un muñeco fabricado en un laboratorio, los que han conseguido dar la vuelta a los escaños más difíciles. Un vector de éxito incontestable ha sido la distancia con el establishment. Aquí observamos que el anti-elitismo sigue siendo la fuerza que mueve las urnas en estos años.
Impulso Mamdani
Muchos comentaristas destacan a esta hora a un hombre que ni siquiera se presentaba a las elecciones. El alcalde de Nueva York, Zhoran Mamdani, consiguió hace meses encender la chispa que ha energizado al partido demócrata en estas elecciones. Todos esos candidatos experimentales que hoy llenan las portadas son herederos, en algún sentido, de esa posibilidad de experimentar con las candidaturas que inauguró Mamdani.
Hace un año y medio, en uno de los momentos álgidos de Trump, escribí un artículo anticipando que el reinado del emperador americano no duraría mucho y contando que era previsible que esto que estamos viendo hoy fuera a ocurrir. A riesgo de echar un jarro de agua fría sobre la euforia que producen los resultados, me gustaría retomar una idea de aquel texto que creo que sigue vigente:
“Cuando caiga Trump, Estados Unidos no volverá a ser un país aliado. Incluso si vuelven a ganar los demócratas, como ha pasado en Reino Unido, no sabremos por cuánto tiempo. Lo que subyace a toda esta locura que estamos viviendo es que algo muy parecido a la mitad más uno de los ciudadanos de EE.UU. está en una posición que tiene ya muy poco que ver con los principios de la democracia liberal que nos han llevado a caminar de la mano los últimos 80 años.”
Y esto es así. El triunfo de los demócratas, por más abrumador que haya sido, no revela una transformación radical de la sociedad americana. Para que haya un vuelco electoral no hace falta que se muevan enormes sectores de la población, sino apenas unos cuantos puntos porcentuales que hacen inclinar la balanza de un lado u otro del hemiciclo. En este caso, el abandono de los latinos a Trump, la movilización del voto demócrata y la apatía de los MAGA más guerreros ha hecho posible un resultado que podría no volver a repetirse.
En Reino Unido hemos estado a punto de ver algo parecido. A una victoria arrolladora de los laboristas frente a un Boris Johnson que era ya un pelele le siguió un desplome del gobierno de Keir Starmer que solo se ha podido reconducir porque otro candidato ha tomado las riendas con un programa de gobierno renovado y transformador.
Estas midterms no son, ni mucho menos, la solución a los problemas de Estados Unidos. La falta de modelo económico, la decadencia de algunas regiones, la concentración de los recursos financieros en la burbuja de la IA, los oligopolios que controlan grandes sectores de actividad, no son problemas cosméticos que se cambien con guerras culturales: Estados Unidos necesita un nuevo horizonte y un programa de gobierno que nadie, todavía, ha sabido crear.
La pregunta que queda sin responder en estas elecciones es si los demócratas serán capaces de hacerlo.