El 8M es para las mujeres iraníes y para las de tu barrio

7 de marzo de 2026 22:37 h

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El empeño por desacreditar al feminismo es tan antiguo como el propio feminismo. Desde que allá por el siglo XVIII se articulara colectivamente una corriente de pensamiento y activismo que denunciaba la subordinación de las mujeres y su consideración como ciudadanas de segunda -con toda la discriminación y la violencia que eso suponía-, la teoría feminista fue duramente señalada y el movimiento, reprimido. Esa represión ha incluido violencia explícita contra las feministas, pero también violencia médica contra todas las mujeres, el uso de la ciencia para justificar las desigualdades o la naturalización del machismo.

Había que hacer del feminismo un asunto indeseable y terrible, y perfilar a las feministas de turno como el ser que ninguna mujer querría ser. La estrategia no podía acabar ahí: había que evitar la conciencia de género para impedir, así, que las mujeres se identificaran con ideas y demandas revolucionarias. Qué mejor manera de hacerlo que hacernos sentir locas, exageradas, inapropiadas. Qué mejor estrategia que hacernos creer que nuestras vivencias no son relevantes y que lo importante siempre les sucede a otros o a otras.

No hay que irse lejos. Escuchamos estos días, pero lo hemos hecho otras veces, que las feministas deberíamos irnos a Irán o Afganistán. En un intento por utilizar los derechos de las mujeres como coartada para justificar guerras y atrocidades, hay quien hace esa suerte de comparación para decirnos que no estamos tan mal. Si queremos ver lo que es el sufrimiento de verdad, nos dicen, vayamos a esos lugares a intentar vivir nuestras vidas y a hacer nuestro activismo.

Al feminismo le importan las mujeres en Afganistán, en Irán, en Venezuela, en Estados Unidos y en cualquiera de nuestros barrios. No es una competición ni una exclusión: nuestras vidas importan. Que no vivamos en el apartheid de género afgano o en la terrible prohibición del aborto estadounidense no quiere decir que aquí mismo, en el país de quienes pronuncian esas frases, no existan la discriminación, la violencia, las jerarquías, las vulneraciones de derechos, un orden injusto de las cosas.

Por si acaso nos ha dado por tomarnos todo eso en serio, en la derecha hay quien sigue alimentando el descrédito: nos dicen que lo importante está en Irán o en Afganistán para hacernos sentir exageradas e inapropiadas, para que minimicemos lo que sucede en nuestras vidas, para caricaturizar el discurso feminista y hacerlo parecer una tontería innecesaria, casi un capricho. Es una buena manera de no hacerse cargo de lo que sucede en tu casa, en tus barrios, en tus escuelas, en tus calles, en las vidas de las mujeres y hombres con los que te cruzas.

El 8M nació como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora para reconocer esa discriminación histórica y reivindicar otra manera de hacer las cosas. Su origen está en las manifestaciones y huelgas de mujeres que a comienzos del siglo XX pedían igualdad salarial y más derechos. Hoy nos apela como recuerdo de que, allá donde la hay, la igualdad formal no se ha transformado en igualdad real, básicamente porque no se trataba solo de tener los mismos derechos que los hombres, sino de cambiarlo todo: los significados, la manera en la que repartimos riqueza y cuidados, lo que consideramos importante, cómo nos organizamos, la forma en la que nos vemos y nos tratamos, las ideas sobre las cosas.

“No seré una mujer libre mientras siga habiendo otras sometidas”, dijo Audre Lorde en una frase que resume un espíritu feminista colectivo e internacional, pero también un sistema de poder que se entrelaza con otros. Todas las vidas importan, todas las experiencias, en todos los contextos suceden violencias y discriminaciones que merecen ser atendidas y solucionadas. El 8M es para las mujeres en Irán y para las de tu barrio.

Es, en realidad, una llamada colectiva que apela a mujeres, hombres y disidencias. El autoritarismo, la vivienda, los estereotipos de género que nos asfixian, la masculinidad como artefacto violento, el reparto de la riqueza, la crisis climática, la violencia de género o el auge de los discursos de odio parecen asuntos que nos afectan sin relación entre sí, pero profundamente unidos en ese orden injusto que impone una manera concreta de ver el mundo y de actuar sobre él y que, entre otras cosas, es patriarcal.

El 8M sale a la calle con una larga lista detrás de motivos y propuestas. Algunas apuntan mucho más allá de nuestras fronteras, otras hablan de realidades muy cercanas. Que a quienes dan lecciones de patriotismo le importen mucho las primeras y muy poco las segundas habla más de ellos que de un feminismo que busca llegar a todas partes.