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Ayuso quiere ser Meloni

11 de agosto de 2026 22:05 h

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“Soy Giorgia. Soy una mujer, soy una madre, soy italiana, soy cristiana”. La frase con la que Meloni se hizo célebre en la campaña electoral de 2022 condensaba una fórmula precisa: encadenar identidad nacional, familiar y religiosa en una misma expresión para marcar diferencias con las nuevas identidades promocionadas por la izquierda. No necesitó moderar el discurso de la extrema derecha de la que provenía, el MSI, heredero del fascismo mussoliniano; logró algo más ambicioso: trasladar sus temas al centro de la conversación y articularlos desde una “nueva derecha” con vocación institucional.

Isabel Díaz Ayuso lleva años recorriendo un camino parecido, solo que en sentido inverso. Su comparecencia de este lunes lo volvió a confirmar. Había sido convocada para presentar ayudas a los ganaderos afectados por los incendios. Se anunció con apenas hora y media de antelación, sin permitir preguntas de los periodistas, y buena parte de la intervención acabó dedicada a Ceuta, Marruecos, Italia, Schengen y Pedro Sánchez. A nadie se le escapaba la intención: desviar la atención hacia la presión migratoria en la frontera y sus consecuencias, responsabilidad del Gobierno central. El mismo al que implicó unas semanas antes en la gestión de los incendios forestales en Madrid, una competencia del Ejecutivo autonómico, salvo que se eleve el problema a emergencia nacional.

Pero no se trata solo de comunicación: es una estrategia política orientada a dos objetivos.

El primero, desplazar la atención de una crisis que amenaza con convertirse en un problema serio para su Ejecutivo: la compra por 6,3 millones de euros de un ático por parte de una empresa pública de su comunidad, gestionada de forma opaca y pésimamente justificada. La operación corre el riesgo de erigirse en el símbolo de una legislatura en la que el PP puede perder el control absoluto de su principal bastión. A ello se suma la polémica por aquel viaje a México, acortado por supuestas amenazas a su seguridad, una versión cuestionada desde el otro lado del Atlántico.

Son dos crisis distintas con un rasgo común: ninguna ha quedado saldada con las explicaciones ofrecidas por la presidenta y su entorno. Ni siquiera Miguel Ángel Rodríguez, director de gabinete y especialista en aprovechar los apuros de Ayuso para abrir una nueva trinchera contra sus adversarios, parece haber encontrado esta vez una salida eficaz.

El segundo objetivo apunta más alto: disputar el liderazgo de la nueva derecha radical antes de que Vox lo monopolice.

Meloni opera aquí como referencia. Ambas dirigentes han comprendido la rentabilidad de hacer del choque con la izquierda la piedra angular de su perfil. Sánchez resulta un adversario útil para esta maniobra: permite elevar cuitas autonómicas a conflicto estatal e integrar banderas de la extrema derecha en el PP —seguridad, inmigración, feminismo o Cataluña—.

La politóloga austríaca Natascha Strobl llama “conservadurismo radicalizado” a esa evolución de las fuerzas tradicionales que adoptan el lenguaje y las tácticas de la derecha radical sin perder su perfil de gobierno, algo que ejemplificó el joven —y efímero— canciller austríaco Sebastian Kurz. Una senda explorada también por otros conservadores de Grecia, Suiza o Países Bajos. No implica mimetizarse por completo con la extrema derecha, pero sí asumir algunos de sus recursos para evitar que Vox acapare la conversación pública: ruptura de normas y protocolos en la relación con el adversario, polarización extrema, guerra cultural —como la emprendida en México—, transformación de la organización en un club de fans en torno a un líder mesiánico, hostigamiento a las instituciones, campaña permanente y creación de realidades paralelas amparadas en la posverdad. Ayuso en estado puro.

Como en su día intentó Esperanza Aguirre, la dirigente madrileña busca erigirse en la alternativa de un PP que no termina de despegar con Feijóo. Su baza pasa por presentarse como la única capaz de reagrupar el voto fugado hacia la extrema derecha.

Por eso Ceuta ofrece una oportunidad que no podía dejar pasar: permite regresar a la política nacional hablando de fronteras y soberanía, retomar el choque directo con Sánchez, alinearse con Meloni —amiga de Abascal— y proyectar un perfil estatal mientras desplaza la conversación del ático y del fiasco de su proyección internacional en México.

Pero ese plan encierra una paradoja. Vox es un rival para los populares, pero al mismo tiempo ha ensanchado el espacio en el que ambos pueden competir. Cuanto más se normalizan sus marcos discursivos, más difusa resulta la línea que separa a las dos formaciones. Al imitar las añagazas tacticistas de la ultraderecha española, Ayuso contribuye a su legitimación. Su nueva aliada ya completó esa transición en Italia, fagocitando el antiguo feudo democristiano y el espacio populista que encarnó Berlusconi hasta consolidar una derecha extrema, pero “pragmática”, con la que el Partido Popular Europeo no tiene reparos en pactar en Bruselas.

En 2023, los populares en la Comunidad de Madrid lograron el 47,3% de los votos y 70 escaños. Un éxito apabullante. La mayoría absoluta le permitió prescindir de Vox, marcar la agenda nacional y mantener una voz propia frente a Feijóo. Todo el andamiaje de sus ambiciones nacionales pasa por mantener ese statu quo. Parece difícil que la derecha pierda Madrid, pero si esa aritmética se quiebra y el año que viene necesitara el apoyo de Vox para seguir en el poder, se desharía el espejismo.

Parece difícil, pero no imposible: bastaría con seguir transitando por la senda que une México DF con Chamberí.