La cena
La irrupción de un hombre armado en el hotel donde se celebraba la cena de la asociación de corresponsales de la Casa Blanca suspendió de manera dramática este año la velada. El presidente Donald Trump aseguró después que la cita se cambiará a otro día. La cuestión que quedó olvidada por la violencia que toca a diario la vida pública en Estados Unidos es por qué se celebra esta cena.
Mucho antes de la llegada de Trump al poder, el New York Times decidió que se retiraba del show anual que implica pagar miles de dólares por una mesa, llenarla de famosos y reírle los chistes al presidente de Estados Unidos. El Times se retiró en 2007 de esta y otras cenas de gala de este tipo. El director entonces, Dean Baquet, explicó: “Creo que tenemos que empezar a mandar al público la señal de que los periodistas y las personas sobre las que informan tienen una relación cortés pero antagónica. No deberíamos hacer nada que vaya en contra de eso”.
Ahora el Times acredita a periodistas para cubrir la cena, pero no paga por las mesas ni participa en el festín. Susan Wessling, la actual jefa de estándares, explicaba esta semana que la decisión de Baquet fue la correcta para asegurar la independencia y la credibilidad que podrían verse minadas si los reporteros “parecen amigos de las personas sobre cuyas palabras y acciones tienen que informar”.
La velada nació para homenajear a la libertad de prensa y a los periodistas, pero fue degenerando en una reunión de la élite donde se mezclaban periodistas, políticos, actores y presentadores del mundo del espectáculo. Hasta ahora, y tal vez con buen criterio, Trump había rechazado acudir como presidente o como candidato. La última vez fue como invitado en 2015, antes de lanzar su primera campaña presidencial.
Desde hace años la cena es problemática en un país que se toma en serio los estándares de separación entre los periodistas y los políticos. Pero una cena presidida por Trump bajo un letrero que ensalza la Primera Enmienda, la que protege la libertad de expresión y prensa, es un chiste de mal gusto al que los periodistas no se deberían prestar.
Se trata del presidente que describe como “enemigos del pueblo” a los periodistas utilizando el término de las purgas estalinistas, que señala e insulta a periodistas –sobre todo mujeres– de manera ininterrumpida desde hace una década, que persigue a los cómicos, restringe la labor de los reporteros en la Casa Blanca y los denuncia ante los tribunales si no se pliegan a sus deseos caprichosos. Es el líder de una Administración que persigue a estudiantes en los campus o los visitantes por expresar su opinión. “El creciente control sobre la prensa es algo que no habíamos visto antes”, me decía hace unos meses el abogado del New York Times, David McCraw, en una entrevista.
La charada de la cena de corresponsales siempre fue debatible si bien relativamente inofensiva. Con este presidente, es un insulto a la inteligencia.