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Cuentos para cobardicas

8 de julio de 2026 21:25 h

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¿Qué carajo es eso del comunismo que tanto angustia a Donald Trump al otro lado de Atlántico y a Isabel Díaz Ayuso en este? Pues, para qué mentirles, no lo sé, no acabo de entenderlo. ¿Soy yo comunista? No, en absoluto. Nunca he deseado que todo se ponga en común, defiendo el derecho a que todos los seres humanos -todos, subrayo- tengamos una propiedad privada razonable: una vivienda, un vehículo no contaminante, unas obras de arte, un colchoncito en el banco… Eso sí, pienso que el que tenga mucho de lo citado, debe pagar impuestos según el principio de progresividad, y también que deben prohibirse los monopolios y oligopolios. En cuanto a servicios como la sanidad, la educación y las pensiones, considero justo y sensato que sean públicos, universales y de calidad, pero jamás se me ha pasado por la cabeza la idea de prohibir los privados.

¿Es #PerroSanxe comunista? No me lo parece, no le he visto nacionalizar viviendas o empresas privadas en sus siete u ocho años en La Moncloa. Al contrario, le reprocho que no haya puesto cotos razonables a la voracidad capitalista; en el tema de la vivienda, por ejemplo. ¿Son comunistas los partidos o movimientos a la izquierda del PSOE con los que ha gobernado el #Perro? No conozco el fuero interno de todos y cada uno de sus militantes o votantes, pero en lo objetivamente constatable, ninguno de ellos ha dado la menor muestra de querer que todos los bienes y servicios sean de propiedad común.

¿Existe algún país comunista en el planeta? Si lo hay, no acierto a verlo. China me parece más bien capitalista, aunque su partido gobernante siga llamándose comunista, y lo de Cuba lo calificaría más bien de una terrible combinación de ineficacia oficial y asfixia estadounidense. Y si miro hacia atrás, constato que el único intento a gran escala de construir una sociedad teóricamente comunista, la Unión Soviética, despareció antes de que nacieran mis hijas, que ya son trabajadoras adultas.

¿A qué se refiere entonces Trump cuando, con motivo del 250 aniversario de la independencia estadounidense, alerta de la existencia de un gran peligro interior llamado comunismo? ¿Al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y su voluntad de crear supermercados municipales y facilitar el acceso de los jóvenes a la vivienda? ¿A Bernie Sanders y su propuesta de que Estados Unidos se dote de una sanidad pública como la existente en la para nada comunista Unión Europea? Caramba, si es así, resulta que hasta el transporte público es comunismo.

¿Y qué quiere decir Ayuso cuando plantea que el dilema existencial para los madrileños es escoger entre la “libertad” que ella dice representar y el “comunismo” que asegura que anhelamos todos los que no le reímos las gracias? No lo pillo, de verdad. ¿Dejar morir a los ancianos sin asistencia médica en las residencias es “libertad”? ¿Que su novio se forre con la venta de mascarillas en una pandemia es “libertad”? ¿Qué ese mismo novio defraude a Hacienda es “libertad”? ¿Que servidor se oponga a la deforestación, la especulación inmobiliaria y la corrupción en Madrid es “comunismo”? Pues va a ser que no hablamos el mismo idioma: yo empleo la lengua de Cervantes, Ayuso una que le dictan las voces que escucha en la terraza de su casoplón en Chamberí. En la noche de la profunda incultura de Ayuso, todos los gatos son pardos.

Resulta que el comunismo es un fantasma que de nuevo recorre el mundo, pero no en el sentido esperanzador que le otorgaba a la palabra aquel Marx que hizo un excelente análisis del mal capitalista, aunque, como señaló Bakunin, le ofreciera recetas muy discutibles. Resulta que el fantasma del comunismo que invocan los Trump, Ayuso, Milei y compañía se emparenta con el de la “conspiración judeomasónica” del general Franco y sus patrocinadores Hitler y Mussolini. Es igualmente etéreo, imaginario y espectral, igualmente absurdo y desatinado, pero, al igual que el de los años 1920-40, es eficaz para meter miedo a una plebe cobardica y justificar políticas autoritarias en beneficio de los dueños del cortijo.

Los Protocolos de los Sabios de Sion fueron una delirante invención de la policía de la Rusia zarista. Jamás existieron. Nunca hubo una conspiración de judíos, y mucho menos de judíos asociados con masones, para acabar con los zares, destruir Alemania desde dentro u oponerse a la grandeza imperial de España. Todo esto eran paparruchas, cuentos para acobardar a mentalidades infantiles.

No existe ningún peligro comunista en Estados Unidos, ni en España, ni en la Unión Europea, ni en Rusia, ni el mundo árabe, ni en ningún otro lugar del planeta. No hay la menor fuerza política que proponga expropiar tu piso, tu comercio o tu empresa para nacionalizarlo o entregárselo a alienígenas. Ninguna digna de mención. El sobado fantasma del comunismo es un invento conspiranoico de los fascistas para la guerra cultural que libran contra los nietos del Siglo de las Luces, los que defendemos la primacía de la razón, la libertad, la igualdad de oportunidades y el derecho a la felicidad de todos los seres humanos.