La cultura, ese invento de la ultraderecha
A la derecha española nunca le importó mucho la cultura, que consideró siempre una causa perdida, coto de izquierdistas a los que se podía dejar con sus cositas de artistas, siempre que no molestasen demasiado. El propio franquismo en sus últimos años fue algo menos represivo con la disidencia cultural que con el movimiento obrero o los partidos clandestinos. Y aunque la censura actuó hasta el último día y un poco más (todavía en la Transición), hubo películas, libros y obras de teatro que consiguieron sortearla pese a su carácter subversivo.
Una vez en democracia, los gobiernos del PP (que nunca contó con muchos partidarios entre los creadores) coincidieron en degradar la cartera de Cultura, reduciéndola a una secretaría de Estado dentro de un ministerio compartido con Educación; y por supuesto metieron tijera al presupuesto y a las demonizadas subvenciones (en un país donde no hay industria que no reciba dinero público). Por las mismas, en la prensa de derechas la sección de Cultura siempre ha estado más a la izquierda de la línea editorial, y los redactores suelen tener manga ancha, que la cultura es una “maría” y las cosas serias están en otras secciones.
Así fue hasta que llegó Vox con su guerra cultural, que es al mismo tiempo una guerra contra la cultura. Guerra cultural, en tanto que va al choque en el terreno de los valores para construir hegemonía; y guerra contra la cultura, pues para imponerse en aquella necesita laminar toda cultura disidente, crítica o que simplemente no se pliegue a sus valores. Tarea esta última en la que coincide con la derecha tradicional, que lleva décadas alimentando el desprecio a los creadores, con especial aversión al cine español.
Si al PP la cultura no le importa demasiado, para Vox es un objetivo preferente. En cuanto han podido, se han pedido la competencia en los acuerdos de gobierno. La han tenido en muchos ayuntamientos en forma de concejalía, y la hemeroteca está llena de casos esperpénticos en su obsesión “antiwoke”. La tuvieron en el primer gobierno valenciano, donde el vicepresidente (ex torero, que para ellos la tauromaquia es cultura) se reservó las competencias. La tienen en Castilla y León desde las anteriores elecciones, y donde ahora enseñan la patita con sus amenazas al cine “ideologizado” (con el respaldo del PP) y la cancelación de una obra de teatro sobre el asesinato de Lorca. Y si llegan al gobierno de España, no duden que se pedirán el Ministerio de Cultura, convenientemente renombrado (“Cultura Nacional”, “Cultura y Concordia”, o alguna mamarrachada similar).
El título de este artículo, habrán reconocido muchos, es paráfrasis de una famosa tribuna de Rafael Sánchez Ferlosio en 1984: “La cultura, un invento del gobierno”. En aquellos primeros años del felipismo, la mosca cojonera que siempre fue Ferlosio venía a denunciar la banalización de una cultura que desde el poder se intentaba desactivar, por la vía de regarla de dinero público y favorecer sus manifestaciones más inofensivas, para convertirla en “cultura decorativa”. Comenzaba Ferlosio aquel artículo reformulando la célebre frase atribuida a Goebbels “cada vez que oigo la palabra cultura, saco la pistola”, por esa otra de “cada vez que oigo la palabra cultura, saco el talonario”.
La nueva cultura que se nos viene puede ser un invento, sí, pero de la ultraderecha, que la usará como campo de batalla, sacará el talonario para lo suyo (los toros, las glorias históricas, ciertos valores), la motosierra para lo demás, y la pistola (metafórica, esperemos) contra toda cultura crítica.