¿Quién está enfermo?

20 de julio de 2026 21:40 h

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Me llama la atención que, ahora que se ha estado hablando de las bajas médicas y las ausencias en el puesto laboral, con mucha frecuencia se llega a la conclusión de que la juventud actual no tiene ganas de trabajar, que son vagos, que no muestran empuje, ambición y capacidad de sacrificio. También se dice que las generaciones más jóvenes -los millenials (nacidos entre 1981 y 1996) y la generación Z (de 1997 a 2012)- solo piensan en sus derechos y sus vacaciones y se les reprocha que no les importe dejar la empresa en la que prestan sus servicios para pasarse a otra donde les ofrezcan mejores condiciones. Se comenta muy negativamente que hagan uso de su derecho de no ir a trabajar cuando están enfermos y se ironiza sobre el que la ausencia en ocasiones se deba a enfermedades psíquicas y no detectables a simple vista.

A mí me parece curiosísimo que las generaciones anteriores, los que entramos en el mundo laboral hace una eternidad (o al menos eso parece) y tuvimos que apechugar con un montón de arbitrariedades, humillaciones y abusos, en lugar de apoyar las reivindicaciones de los jóvenes trabajadores, los tildemos de vagos y poco comprometidos.

Hace unas cuantas décadas trabajar era algo absolutamente necesario para poder sobrevivir, las condiciones laborales eran malas en la mayor parte de los casos y muchas de las personas que están leyendo estas líneas sabrán que hubo una época en la que lo que entonces se llamaba “pluriempleo” era la única forma de llegar a fin de mes, especialmente si había una familia que mantener. En esas circunstancias, uno o una hacía lo que hiciera falta para mantener su empleo y, con ello, poder pagar la hipoteca o el alquiler y dar de comer a todos los de casa. Jornadas de dieciséis horas eran normales -en uno solo o sumando varios puestos de trabajo-, se trabajaba los sábados hasta por la tarde y si había que hacer horas extras para terminar un encargo se hacían sin rechistar porque no se sabía si al mes siguiente o al otro habría suficientes pedidos.

Es verdad que se trabajaba muchísimo y que se hacían muchos sacrificios, pero no era porque todos los obreros estuvieran sumamente motivados o porque amaran a su empresa por encima de todo, sino porque la supervivencia hacía necesario el dejarse explotar.

En la zona donde yo me crié, el valle del Vinalopó, la mayor parte de hombres y mujeres trabajaban en fábricas en la industria del calzado haciendo más horas que un reloj, de día y de noche; las mujeres trabajaban estando embarazadas, a los dos días de parir, durante la lactancia. Los hombres muchas veces salían de una fábrica para entrar en otra o para montar un pequeño taller independiente con otro socio. A todos les habría gustado que existiera una Seguridad Social, que hubiera una baja por enfermedad, por maternidad, que hubiera prestaciones sociales como el subsidio de desempleo. Se organizaron en sindicatos, lucharon por esos derechos que ya existían en otros países y consiguieron llegar a una situación en la que, poco a poco, se fueron logrando y consolidando. Sus hijos e hijas ya no tenían que ir a la fábrica a los seis años como en el siglo XIX, o a los catorce, después de un par de cursos de enseñanza media; podían formarse, ir a la universidad, aprender lenguas extranjeras, hacer prácticas en otros países. Los padres estaban orgullosos y convencidos de que sus descendientes vivirían mejor que ellos porque estaban mejor preparados. Para eso habían hecho el sacrificio de trabajar de sol a sol, de aguantar jefes egoístas, señoritos arbitrarios, capataces crueles. Habían trabajado enfermos, agotados, con fiebre alta… todo para no perder el sueldo con el que vivía la familia y con el que los hijos podían permitirse estudiar.

Y ahora que hemos conseguido que exista el derecho a no trabajar cuando estás enfermo, resulta que hay gente de los que antes se llamaban a sí mismos “bienpensantes”, “gente de bien” -de derechas, por hablar claro-, que sospechan de todos los que piden una baja sin haberse fracturado las dos piernas y los dos brazos; conservadores (por llamarlos de algún modo) que quieren conservar las costumbres de la España en la que aún se explotaba a los obreros y se esperaba que estos, emocionados, le besaran la mano al patrón y le agradecieran que, al fundar fábricas y empresas, le permitieran trabajar y ganarse un sueldo.

No todo era terrible, por supuesto. También había pequeños negocios en los que, cuando uno entraba a trabajar a los catorce o quince años, sabía que era para siempre, hasta la jubilación, que esa pequeña empresa era prácticamente tu familia, que no te dejarían tirado si las cosas iban mal. Por eso tú estabas dispuesto a hacer sacrificios, a trabajar más horas o a seguir yendo a tu puesto de trabajo cuando no te encontrabas bien, o incluso a veces a bajarte un poco el sueldo durante una temporada hasta que las cosas pintaran mejor.

¿Eso es lo que les pedimos ahora a las jóvenes generaciones que, estando mejor formados, ganan menos que sus padres y entran a trabajar en empresas en las que no son más que una unidad intercambiable y se prescinde de ellos sin pestañear cuando no cuadran los números del trimestre? ¿De verdad nos parece mal que no quieran trabajar cuando están enfermos, o que pretendan conciliar la vida laboral con la familiar o que les quede algo de tiempo para seguir formándose o dedicarlo a sí mismos?

Si a un empleador le parece absolutamente normal pedirle a un aspirante que sea flexible en horarios y carga de trabajo, que se sienta comprometido con la empresa y se identifique con sus metas e incluso con su marca y su aspecto, ¿tan raro es que el aspirante quiera saber cuántos días de vacaciones tiene, qué sueldo le van a pagar, qué posibilidades de ascender tiene dentro de esa empresa?

Recuerdo que de pequeña, se oía mucho una frase graciosa que, parodiando el Catecismo, decía: “Contra el vicio de pedir está la virtud de no dar.” Las nuevas generaciones han decidido no dar todo lo que se les pide.

Quienes piensan a la antigua pueden reprochar, si les parece, que uno no vaya a trabajar cuando no se encuentra bien, pero ir a trabajar estando enfermo es algo indigno de nuestra sociedad del siglo XXI, de los derechos que tanto costó conseguir. Aparte de que, si se trata, por ejemplo, de una enfermedad contagiosa -como la gripe- es absurdo insistir en que el enfermo acuda a su puesto y vaya rociando sus virus alegremente a su alrededor hasta que todo el mundo acabe contagiado. ¿Por qué hay que sacrificarse por una gran empresa a costa de nuestra salud y nuestra vida? ¿Qué es concretamente lo que nos parece mal de que los jóvenes hayan decidido acabar con eso?

Podría ser esa reacción tan tristemente clásica de “si yo me fastidié en mi época, ahora quiero que se fastidien ellos”.

Me pregunto cómo algunos políticos que no han trabajado desde hace mucho tiempo en un puesto externo a su ambiente (por no hablar de los que no lo han hecho nunca) y algunos que, siendo diputados, no pierden salario cuando enferman y no pueden acudir a su puesto en el Congreso, se atreven a sospechar de la veracidad de las enfermedades de los trabajadores, especialmente de los jóvenes.

También me pregunto cómo es posible que los empresarios, cuya motivación fundamental es ganar dinero, no entiendan que sus empleados también quieren una remuneración adecuada por un trabajo establecido. No se han casado con la empresa, no se les paga por hacer sacrificios, ni por una flexibilidad que no se compensa ni en términos económicos ni en días libres. No se les puede reprochar no entregarse más. ¿A cambio de qué, si muchas veces ni siquiera se les dedica una palabra de agradecimiento o de estímulo?

Por un lado, nos llenan el cerebro con máximas ultracapitalistas; por otra, dos trabajos honestos de dos personas que viven juntas no son suficientes para poder permitirse un piso de alquiler y mucho menos un piso en propiedad. Y además hay que entregarse más, flexibilizarse más, sacrificarse más para que otros se hagan cada vez más ricos.

Hay algo que huele a podrido en esta sociedad, y no son los jóvenes. ¿Cómo va a sentirse comprometida una persona joven en una empresa en la que se le considera un simple número?