La portada de mañana
Acceder
Sánchez sostiene a Puente para que le ayude a gestionar la gran crisis de Urda
El-Sayed, el candidato a senador más odiado por Trump
Opinión - El error humano, por Enric González

La España negra

31 de octubre de 2026 22:12 h

0

Como buena atea española que soy después de haber sido creyente, caigo encantada en la trampa y pasión del día de Todos los Santos. El culto a los muertos, la culpa y la redención, el castigo y el sufrimiento, la sinrazón y la resurrección, la gloria de los elegidos para la salvación, todo cuadra perfectamente con nuestro batiburrillo cultural y religioso, y nuestra propensión al drama y al cilicio, al éxtasis y la pena negra. Recuerdo e imito a Maruja Torres, que cada 1 de noviembre se encomienda a Santa Romy Schneider, a la que pide una buen pelo y paciencia para soportar los males del corazón y a Santa Jean Simmons y su paraíso lleno de gin tonics. Prefiero este barroquismo católico irreverente al mohoso luteranismo como expresión cultural y sentimental, pero limito esta exaltación a unos pocos días al año en mis ratos libres, y procuro ser una adulta racional el resto del año y también en lo que las elecciones y análisis políticos se refiere. 

Con España aturdida por un accidente trágico y muertos aún sin enterrar, además de la culpa y el castigo inmediato, y el reflejo de agarrar la antorcha, este 1 de noviembre el español “de bien” se sumerge de inmediato en el fatalismo. Se proclama a diestro y siniestro que España no funciona, un viejo mantra nuestro muy hondo, fruto de un sentimiento de inferioridad tan arraigado que da lugar a grandes gestas absurdas. En todo Occidente se ha extendido, como el fantasma de antaño, que la democracia ya no funciona, y nosotros elevamos a país: lo que no funciona es España. Es normal que las miradas se vuelvan al Gobierno, y se exijan dimisiones y responsabilidades políticas. Yo misma lo hice ante la tragedia, la acumulación de tragedias, que se fijan en un Ministerio que ha sido el epicentro de la corrupción sanchista, una corrupción que ha manchado la buena gestión de todas las empresas públicas vinculadas. 

La fatalidad colapsó la campaña electoral y el duelo abrió en todo a su esplendor el camino de la España negra, esa que favorece la flagelación y también el inmovilismo y rentabilidad de las élites. El esposo de una de las víctimas cargó contra “el capitalismo con prisas” y aquello sonó tan fuera de lugar en un país en el que se espera un insulto a Pedro Sánchez como respuesta a cualquier tragedia, problema y frustración, que la derecha tuitera le acusó de no vivir correctamente su pena y su rabia. La realidad se ha impuesto de la peor manera posible y eso solo abre una posibilidad, debatir de lo que nos importa como ciudadanos adultos y responsables. Dejando de lado los análisis de decenas de nuevos expertos en infraestructuras y seguridad ferroviaria, que antes lo fueron en relaciones con Marruecos e inmigración. Hablar y debatir sobre el modelo de país que queremos, dónde hay que invertir y de dónde se va a sacar el dinero necesario, de la responsabilidad pública y de la responsabilidad privada, de las liberalizaciones, de la baja productividad y de la falta de innovación, de los incentivos políticos y capitalistas para premiar la falsa lealtad (a la manera de Trump) y la especulación y castigar el talento y el trabajo. 

Si este Gobierno quiere tener una mínima oportunidad, no ya de ganar las elecciones, de plantear un modelo de país de izquierdas que combata la desigualdad, apueste por lo público y el progreso de todos y luche contra la inercia del capitalismo salvaje, debe darnos un plan de futuro que se oponga y derrote a esa España negra que solo promete dolor tras el dolor como condición indispensable para que el país funcione. A eso debe oponerse la izquierda. Después de honrar a los muertos, ha de contarnos el plan que nos asegure que los vivos tendremos futuro, igualdad y dignidad.