La portada de mañana
Acceder
Fractura en la Junta Electoral: del “despropósito” a evitar el pulso con el Supremo
¿Se puede 'frenar' la IA? Por qué el mundo desconfía de Silicon Valley
Opinión - 'Esos hombres buenos fascistas', por Azahara Palomeque

Esos hombres buenos fascistas

14 de septiembre de 2026 22:09 h

0

Hace poco más de un año, se sentó a mi lado en el tren un señor mayor que iba leyendo un artículo científico en inglés. Yo acababa de salir de una gripe y aún tosía como si guardase un perro aferrado al pecho, ante lo cual el hombre reaccionaba con inquietud: se meneaba en la butaca, me miraba de soslayo… Ya no pude más y le dije: “usted es médico”; cuando me preguntó cómo lo había adivinado le respondí que el contenido del artículo y su preocupación mal disimulada por mi salud lo delataban. Fue ese el comienzo de una larga conversación tan agradable que no he olvidado los detalles: estaba a punto de jubilarse, y había desarrollado una carrera académica deslumbrante, en varios países, sin abandonar la consulta; yo le conté que viajaba para dar una charla sobre mi libro Vivir peor que nuestros padres, por el cual se mostró muy interesado. Todo iba bien hasta que, en relación al deterioro social que estamos sufriendo, él culpó al temido sanchismo y yo argumenté que nuestra sanidad pública destrozada era competencia del gobierno andaluz, del PP. De repente, se acabaron las risas y los gestos amables: “no puede haber sanidad para todos”, afirmó. Y yo: “¿de verdad quiere desmantelar el sistema al que ha dedicado toda su vida?”. El silencio se volvió hielo para mi garganta aún inflamada, y el trayecto concluyó como si jamás nos hubiésemos cruzado.

He pensado mucho en aquella anécdota, y en otras que me han hecho descubrir a funcionarios públicos que arremeten contra su medio de subsistencia –el estado–; a familias que apenas llegan a fin de mes pero desean eliminar los servicios asistenciales; a migrantes que detestan a otros migrantes y piden deportaciones masivas, y un largo etc. La psicología de la persona de (ultra)derecha me interesa desde la convivencia vecinal al devenir del mundo, como objeto de estudio de lo ignoto, lo incomprensible, como si me jugase en esa búsqueda de lógica mi propio valor como ciudadana. En mi indagación, me he ayudado de un concepto clave que aparece en una novela del escritor portugués Valter Hugo Mãe: “el fascismo de los hombres buenos”; ciudadanos que trabajan diligentemente, cuidan a sus hijos, pero albergan en las entrañas una suerte de gen destructivo, de pulsión de muerte freudiana, que brota ocasionalmente. Leo en este periódico, a propósito de las elecciones alemanas de Sajonia-Anhalt, donde arrasó el partido ultra AfD, que el 87% de sus votantes creen que “si bien hay algunos políticos de extrema derecha, en general AfD ocupa el centro del espectro político”. Es decir, son los hombres buenos votando el término medio en una ventana de Overton escorada hacia el abismo; en sus cabezas, representantes de la moderación, aunque desprecien los derechos humanos y practiquen un odio visible.

El dato arroja muchas lecciones. La primera es que el miedo a la ultraderecha –estrategia adoptada, entre otros líderes europeos, por Pedro Sánchez– no funciona. Si su electorado no se percibe como tal, y sus políticas van calando cual lluvia fina en un edificio semiderruido, siendo emuladas, además, por la derecha tradicional y hasta sectores socialdemócratas, hay que aceptar una normalización que puede provocar pánico en algunas personas, pero no en las mayorías. Las izquierdas –el escaso remanente vivo que llegue a las próximas elecciones españolas, francesas, italianas…– deberían actuar entonces con una innovación y energía inusitadas, sabiéndose el margen del horror vigente, la excepción y no la norma. Un aviso claro lo ejemplifica el surgimiento de nuevas formaciones extremistas hacia el lado oscuro de la historia, como en nuestro país demuestra SALF o Núcleo Nacional. El renacer progresista no se está produciendo; más bien, se perpetúa una parálisis que obedece a la incapacidad de leer el mundo, mientras su oposición hace papilla las palabras para alimentar a la IA. Al fin y al cabo, solo necesitan cuatro consignas y, eso sí, mucha tecnología.

Y ahí quiero llegar, porque el fracaso de la socialdemocracia –el nacimiento de los hombres buenos cuyas tripas y voto apuntan al precipicio, entiéndaseme la ironía prestada– se encuentra estrechamente vinculado al despliegue de la manipulación digital, desde la más profunda intimidad hasta los despachos de Washington o Moscú. En este sentido, el catedrático estadounidense Timonthy Snyder, exiliado en Canadá desde que Trump ganara los últimos comicios presidenciales, describe la instauración de lo que él denomina “política de la eternidad”, la cual consistiría en el abandono de las reformas sociales para abrazar un marco temporal desdibujado, siempre cuajado de “enemigos definidos y crisis artificiales”. Terreno fértil para las emociones, no serían precisas ya medidas concretas a favor de la vivienda, ni bajar la ratio en las aulas, ni subir las pensiones, pero sí mantener bien inflado –ojo, y esto requiere planificación– el imaginario teratológico de los malvados rivales y las debacles. ¿Cómo? Según Snyder, desde el Brexit y la primera victoria de Trump, esto se hace mediante la intervención en la opinión pública a través de las redes sociales, proceso que explica exhaustivamente en su libro El camino hacia la no libertad

Cuando he intentado compartir estos argumentos en foros, me han reprochado una cierta condescendencia para con la gente. Nada más lejos de la realidad; sin embargo, es imperativo reconocer que los niveles de control y dominación por internet han alcanzado cotas estratosféricas nunca antes vistas en el mundo conocido. Es cierto que la democracia liberal ha incumplido un sinnúmero de promesas y apuntalado un descontento sin par desde la implantación del neoliberalismo, pero ese factor, por sí solo, no esclarece el porqué del ascenso de quien no promete nada más que el confort de una ficticia raza superior, violencia o el derrame de los derechos humanos en una fosa común. De lo que sí tenemos constancia es de la opacidad del algoritmo, del oligopolio tecnológico en manos sospechosas, de la circulación vertiginosa de fake news, de la financiación explícita de entramados cibernéticos ultras, y hasta de cómo el candidato vencedor de AfD le ha dado las gracias a Elon Musk. ¿Casualidad? 

Por último, vale la pena notar un imperdonable descuido de Snyder, pero no de Naomi Klein: en plena emergencia climática, las “crisis” ya no necesitan fabricación expresa; vendrán rodadas cada vez con más frecuencia, incluso nos desbordarán cuando ocurran de manera simultánea, tornándose prácticamente imposible su resolución no solo por la falta de medios o previsión, sino por la insistencia entorpecedora de quien únicamente persigue su eternidad particular. Aquí podríamos preguntar: ¿se habría ido Pedro Sánchez de vacaciones si no hubiese estado posiblemente agotado tras hacerse cargo de la primera emergencia nacional por incendios de nuestro país? No es una excusa; al contrario, la constatación de cuánto temblor inabarcable nos va dejando el planeta hecho trizas, ¡ay!, con los partidos negacionistas al alza y sus fans izando antorchas. Así que a la Doctrina del shock se le podrá aplicar su choque mediante la guerra o el lawfare, aunque también cabe simplemente esperar a que llueva de manera torrencial o caiga un rayo sobre el campo seco. Pero qué sabré yo, que apenas quiero a los hombres buenos de verdad, a los bomberos… al médico de cabecera a tiempo para curarme de una vez la tos… A las mujeres, por supuesto.