Tengo un hospital en mi casa

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Sorprende el enorme interés de la prensa española por el conflicto entre EEUU/OTAN y Rusia, por dinero y poder, sobre el suelo de Ucrania o el mar anexo. No se corresponde en igual medida con el que muestra el resto de Europa en sus titulares. Y eso que el conducto de gas en litigio va destinado a nuestro continente. Debe ser porque aquí todo se contempla en términos de confrontación entre los socios de gobierno. Las guerras nos sientan mal, de cualquier modo. Y si vemos además cómo han dejado Afganistán los intereses norteamericanos, es para pensárselo dos veces.

Esperaré al desarrollo de ese conflicto, pero vistas cómo están las cosas en su conjunto, me dispongo a valorar la oferta hecha por la presidenta de la Comunidad de Madrid, en la que resido. Isabel Díaz Ayuso nos dijo hace unos días: “El gran hospital de Madrid está en los domicilios de los madrileños”. Presentaba un programa de videoconsultas para desatender más aún a los ciudadanos y sobrecargar aún más al personal sanitario.

Leo, en artículo de hoy mismo, que ya faltan en Madrid más de 1.000 facultativos para llegar a la media prescrita como adecuada, se van a jubilar otros 1.500 y no reponen las bajas. Ni con una pandemia que dura ya dos años. Ocurre en Madrid pero vemos que es una política que se extiende en la práctica y el ideal de otras comunidades –la Castilla y León de Mañueco, les recuerdo- y que lo sensato es estar prevenido. Les invito pues a planificar nuestro propio hospital doméstico que luego todo son prisas.

Me inclino en mi caso por poner el ordenador para las videoconferencias en el salón, la habitación más cercana a la cocina. Entiendo que para las consultas en las que se vean afectados órganos de la respiración –una gripe, un Covid- y, a falta de la auscultación médica, podemos ayudarnos con el menaje del hogar.

-¡Respire hondo! ¿Cómo nota el ruido de sus pulmones? ¿Puede distinguir entre ellos y los bronquios?- dirá el médico.

Con práctica, podemos hacer sonar desde un vaso con el borde húmedo para las sibilancias a un derrame en cascada de cazuelas de hierro para describir una neumonía. Es una sugerencia, no sé qué les parece. El gran precedente del hospital en casa fue la cuchara para bajar la lengua y ver la garganta con sus amígdalas diciendo ¡ah! Es algo que los amantes de las tradiciones no pueden olvidar. Y lo barato que es.

Deberemos aprender, tumbados en el sofá, a hacernos un reconocimiento del aparato digestivo, calibrando bien los tonos del “ay” según zonas. Por cierto, algunas dolencias de partes especialmente sensibles pueden suponer una dificultad para el autodiagnóstico, pero seguro que con práctica se soluciona.

Enfermeras jubiladas o estudiantes de primer curso -en voluntariado, por supuesto- podrán enseñarnos a coser una herida, colocarnos una venda con las dos manos o con una según la ubicación de la dolencia o, en su caso, poner una inyección.  

Es importante pensar en dónde ubicaremos el quirófano. En la cocina desde luego no, hace demasiado calor. Lo ideal sería en esas despensas con fresquera que disponían antes en las casas. Pero ahora ya no suele haber. Puede que lo mejor sea acudir al sistema que sin duda Ayuso o sus homólogos admiradores nos facilitará. Que nos mande a esas empresas que le construyen el almacén Zendal por ejemplo y nos habiliten un espacio refrigerado y aislado, con buena iluminación, para eventuales intervenciones. Así de paso, aprenden a hacerlas para el propio Zendal, que al menos al principio carecía precisamente de quirófanos. El dinero de nuestros impuestos da para esos acondicionamientos de nuestros hospitales domésticos probablemente.

Supongo que también nos dispensarán -vía reparto uberizado- de material para curas o hisopos para test. Seguro que encuentran algún amigo que las suministre. En Castilla y León precisamente se disponen a pagar más de seis millones a las empresas escogidas a dedo para hacer 200.000 test de antígenos. La Junta aporta los bastoncillos y los reactivos y aun así cada prueba realizada saldría a 30 euros. La Comunidad adjudicó los test de antígenos a tres empresas, dos de ellas de sendos exalcaldes del Partido Popular.

En casa, hemos decidido que el dormitorio sea solo hospital de día. Las noches han de dedicarse a dormir y otros menesteres. El problema es que los vecinos pueden desorientarse y no distinguir entre gritos de dolor y gritos de gloria. Y desencadenar alguna alarma injustificada.

En varias comunidades los médicos de atención primaria se han visto obligados a recibir en consulta a 100 pacientes en una sola jornada. Si además han de atender llamada del hospital que todos tenemos en casa, van a estallar literalmente. Pero habrá que explotarlos más si queremos ser unos gestores de la sanidad pública acordes con los tiempos. Son los que más gustan además. Sobre todo a los medios.

La pandemia mutante sigue ahí, la desatención de patologías menos urgentes aunque sean gravísimas es un hecho e irá más Y encima soplan aires de guerra por intereses ajenos. Habremos de aprender a graduarnos la vista y el oído, la percepción de la realidad. La vía de la barbarie registra a veces aceleraciones drásticas. ¿Han visto a las mujeres afganas a las que hace 6 meses también íbamos a liberar, siquiera a no abandonar? Tenían una vida, con limitaciones, pero aún se podía considerar vida. Algunas cosas se ve cómo empiezan y cómo van a acabar. No son vaticinios. Es observación y lógica.

Veo indispensable contar en nuestro hospital doméstico con una habitación, un rincón siquiera, para llorar. E igual tener la caja de clínex virtual de psicólogos independientes que nos ayuden a entender por qué esta sociedad se ha dejado robar buena parte de la sanidad pública. Por qué vota y ensalza a quienes siguen imparables esa labor depredadora.

Sorprende el enorme interés de la prensa española por el conflicto entre EEUU/OTAN y Rusia, por dinero y poder, sobre el suelo de Ucrania o el mar anexo. No se corresponde en igual medida con el que muestra el resto de Europa en sus titulares. Y eso que el conducto de gas en litigio va destinado a nuestro continente. Debe ser porque aquí todo se contempla en términos de confrontación entre los socios de gobierno. Las guerras nos sientan mal, de cualquier modo. Y si vemos además cómo han dejado Afganistán los intereses norteamericanos, es para pensárselo dos veces.

Esperaré al desarrollo de ese conflicto, pero vistas cómo están las cosas en su conjunto, me dispongo a valorar la oferta hecha por la presidenta de la Comunidad de Madrid, en la que resido. Isabel Díaz Ayuso nos dijo hace unos días: “El gran hospital de Madrid está en los domicilios de los madrileños”. Presentaba un programa de videoconsultas para desatender más aún a los ciudadanos y sobrecargar aún más al personal sanitario.

Leo, en artículo de hoy mismo, que ya faltan en Madrid más de 1.000 facultativos para llegar a la media prescrita como adecuada, se van a jubilar otros 1.500 y no reponen las bajas. Ni con una pandemia que dura ya dos años. Ocurre en Madrid pero vemos que es una política que se extiende en la práctica y el ideal de otras comunidades –la Castilla y León de Mañueco, les recuerdo- y que lo sensato es estar prevenido. Les invito pues a planificar nuestro propio hospital doméstico que luego todo son prisas.

Me inclino en mi caso por poner el ordenador para las videoconferencias en el salón, la habitación más cercana a la cocina. Entiendo que para las consultas en las que se vean afectados órganos de la respiración –una gripe, un Covid- y, a falta de la auscultación médica, podemos ayudarnos con el menaje del hogar.

-¡Respire hondo! ¿Cómo nota el ruido de sus pulmones? ¿Puede distinguir entre ellos y los bronquios?- dirá el médico.

Con práctica, podemos hacer sonar desde un vaso con el borde húmedo para las sibilancias a un derrame en cascada de cazuelas de hierro para describir una neumonía. Es una sugerencia, no sé qué les parece. El gran precedente del hospital en casa fue la cuchara para bajar la lengua y ver la garganta con sus amígdalas diciendo ¡ah! Es algo que los amantes de las tradiciones no pueden olvidar. Y lo barato que es.

Deberemos aprender, tumbados en el sofá, a hacernos un reconocimiento del aparato digestivo, calibrando bien los tonos del “ay” según zonas. Por cierto, algunas dolencias de partes especialmente sensibles pueden suponer una dificultad para el autodiagnóstico, pero seguro que con práctica se soluciona.

Enfermeras jubiladas o estudiantes de primer curso -en voluntariado, por supuesto- podrán enseñarnos a coser una herida, colocarnos una venda con las dos manos o con una según la ubicación de la dolencia o, en su caso, poner una inyección.  

Es importante pensar en dónde ubicaremos el quirófano. En la cocina desde luego no, hace demasiado calor. Lo ideal sería en esas despensas con fresquera que disponían antes en las casas. Pero ahora ya no suele haber. Puede que lo mejor sea acudir al sistema que sin duda Ayuso o sus homólogos admiradores nos facilitará. Que nos mande a esas empresas que le construyen el almacén Zendal por ejemplo y nos habiliten un espacio refrigerado y aislado, con buena iluminación, para eventuales intervenciones. Así de paso, aprenden a hacerlas para el propio Zendal, que al menos al principio carecía precisamente de quirófanos. El dinero de nuestros impuestos da para esos acondicionamientos de nuestros hospitales domésticos probablemente.

Supongo que también nos dispensarán -vía reparto uberizado- de material para curas o hisopos para test. Seguro que encuentran algún amigo que las suministre. En Castilla y León precisamente se disponen a pagar más de seis millones a las empresas escogidas a dedo para hacer 200.000 test de antígenos. La Junta aporta los bastoncillos y los reactivos y aun así cada prueba realizada saldría a 30 euros. La Comunidad adjudicó los test de antígenos a tres empresas, dos de ellas de sendos exalcaldes del Partido Popular.

En casa, hemos decidido que el dormitorio sea solo hospital de día. Las noches han de dedicarse a dormir y otros menesteres. El problema es que los vecinos pueden desorientarse y no distinguir entre gritos de dolor y gritos de gloria. Y desencadenar alguna alarma injustificada.

En varias comunidades los médicos de atención primaria se han visto obligados a recibir en consulta a 100 pacientes en una sola jornada. Si además han de atender llamada del hospital que todos tenemos en casa, van a estallar literalmente. Pero habrá que explotarlos más si queremos ser unos gestores de la sanidad pública acordes con los tiempos. Son los que más gustan además. Sobre todo a los medios.

La pandemia mutante sigue ahí, la desatención de patologías menos urgentes aunque sean gravísimas es un hecho e irá más Y encima soplan aires de guerra por intereses ajenos. Habremos de aprender a graduarnos la vista y el oído, la percepción de la realidad. La vía de la barbarie registra a veces aceleraciones drásticas. ¿Han visto a las mujeres afganas a las que hace 6 meses también íbamos a liberar, siquiera a no abandonar? Tenían una vida, con limitaciones, pero aún se podía considerar vida. Algunas cosas se ve cómo empiezan y cómo van a acabar. No son vaticinios. Es observación y lógica.

Veo indispensable contar en nuestro hospital doméstico con una habitación, un rincón siquiera, para llorar. E igual tener la caja de clínex virtual de psicólogos independientes que nos ayuden a entender por qué esta sociedad se ha dejado robar buena parte de la sanidad pública. Por qué vota y ensalza a quienes siguen imparables esa labor depredadora.

Sorprende el enorme interés de la prensa española por el conflicto entre EEUU/OTAN y Rusia, por dinero y poder, sobre el suelo de Ucrania o el mar anexo. No se corresponde en igual medida con el que muestra el resto de Europa en sus titulares. Y eso que el conducto de gas en litigio va destinado a nuestro continente. Debe ser porque aquí todo se contempla en términos de confrontación entre los socios de gobierno. Las guerras nos sientan mal, de cualquier modo. Y si vemos además cómo han dejado Afganistán los intereses norteamericanos, es para pensárselo dos veces.

Esperaré al desarrollo de ese conflicto, pero vistas cómo están las cosas en su conjunto, me dispongo a valorar la oferta hecha por la presidenta de la Comunidad de Madrid, en la que resido. Isabel Díaz Ayuso nos dijo hace unos días: “El gran hospital de Madrid está en los domicilios de los madrileños”. Presentaba un programa de videoconsultas para desatender más aún a los ciudadanos y sobrecargar aún más al personal sanitario.

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Escribo en elDiario.es porque creo en su proyecto, porque escribo lo que pienso honestamente sin cortapisas y son ya casi 10 años los que llevo aquí. Eso es escribir en libertad, un privilegio del que muchos otros periodistas no disfrutan en otros medios.