Infierno
Hoy empieza junio. París, sin que estemos ni siquiera en verano meteorológico, ya ha registrado este año más días con una temperatura máxima de 32 grados, como mínimo, de lo que registra su media histórica desde 1991 a 2020. La media histórica es de 6,73 días. Lleva 8. Récord de temperatura para un mes de mayo en Madrid, Valladolid, Segovia, Guadalajara, Toledo, Lleida, Huesca, Menorca, León, Zamora, Álava, Teruel, Ourense, Gipuzkoa, Cantabria… y la lista sigue. Llegará la semana que viene, bajarán las temperaturas, respiraremos aliviados, habrá un olvido momentáneo; llegará agosto, llegarán los incendios, dejaremos de olvidar. En 2022, cuando aún se hablaba de crisis climática y de ecologismo, se popularizó un eslogan algo mordaz, un poco satírico: ‘bienvenido al verano más fresco del resto de tu vida’. Me recuerda a la inscripción que se lee a las puertas del Infierno de Dante: ¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! Aquí no hay opción de entrar o no, porque no hay un vosotros que entre y otro que se salve: en este infierno estamos todos. Pero hubo un tiempo en el que quisimos combatirlo y hasta llegamos a esforzarnos por cambiarlo.
Ya hay quien advierte de la posibilidad de un colapso de la AMOC, Circulación de Retorno del Atlántico Meridional: llegaría antes de 2100 y un mal funcionamiento de la corriente, encargada de regular el clima al transportar el agua caliente del trópico, podría conducir a Europa a inviernos más extremos, en los análisis más radicales, a una glaciación, al ser también esta corriente la que impide otra congelación de Europa; contraintuitivamente, el infierno de calor de hoy sería la semilla para el hielo infinito del mañana. Si en televisión o en prensa han oído o leído hablar de un fenómeno El Niño o incluso de un ‘súper El Niño’, la cosa va por ahí: un fenómeno climático extremo, llevado a su paroxismo, que podría desencadenar sequías, inundaciones, olas de calor, huracanes.
La forma de explicar nuestro tiempo en 2026 poco tiene que ver con la de las marchas por el clima de la juventud, ni las protestas de Greta Thunberg. En lo que llevamos de década, también culturalmente, la sociedad se ha derechizado a marchas forzadas. La sucesión de guerras, en plural, con la invasión rusa de Ucrania o la situación en Oriente Próximo; la crisis de la vivienda, la pandemia, la inestabilidad existencial, la incapacidad para proyectarse ni siquiera en el corto plazo: tantos elementos de la situación global que cristalizan en una demanda de orden, seguridad, autoridad vertical, certezas, dirección, a la cual difícilmente ha sabido cómo dar respuesta la izquierda global. No existe ningún tipo de seguridad, ni contra la guerra ni contra nada, si no hay un planeta en el que vivir; eso no significa que desde los discursos de izquierda se haya logrado vincular ambas cosas, que haya calado en la gente que sin futuro mundial no hay futuro individual. La década de 2010, en reacción a la crisis financiera y agotamiento del capitalismo financiarizado, fue una década de movilizaciones. La de 2020, en cambio, aparece como un tiempo de repliegue: en ese repliegue se vuelve a cualquier institución, a cualquier comunidad; se busca el clavo ardiendo que quede más a mano.
En medio de todo esto, el pasado 29 de mayo, el histórico grupo de música electrónica —entre el ambient y la intelligent dance music, en concreto— Boards of Canada lanzaba su primer disco en trece años, Inferno. Casi una hora y diez minutos de invocaciones espectrales, referencias a lo oculto y la religión, como una amenaza siniestra que retrocede en el tiempo y el espacio. ¿Sonará a algo muy de nicho que hable de un grupo así en esta columna? Téngase en cuenta otro síntoma de época, un gesto importante: un día antes de que el álbum saliera, la Casa Blanca, por Trump tomada, publicó en sus redes sociales un vídeo donde utilizaba la estética del álbum y música de Boards of Canada, con el fin de que sirviera para su propaganda. El sello musical que edita al dúo lo denunció como una apropiación indebida, ¿pero qué nos dice sobre este momento que hasta este tipo de creaciones artísticas, tan conectadas con la atmósfera del tiempo, sean antes reapropiadas por la derecha que por la izquierda? Este fin de semana se ha estrenado en los Estados Unidos la película Backrooms, que origina en un creepypasta divulgado en el imageboard 4chan, años atrás: algo que también suena muy, muy de nicho. Pues bien: ha sido el mejor estreno en la historia de su distribuidora, A24, ha recaudado 81 millones de dólares en su primer fin de semana y el 88% de su público han sido menores de 35 años.
Si queremos que el infierno no sea inevitable, combatir el infierno, o hacer otra cosa que el infierno —ya ni siquiera hallar en él algo que no lo sea, como escribía Calvino—, quizá sea necesario, en algún momento, tratar de entender los estilos, formas, manifestaciones de lo contemporáneo, que poco tienen que ver con las recetas de todo tiempo anterior. Hacer algo por la crisis climática es tan urgente hoy como en 2022: es, de hecho, más urgente. Pero los eslóganes de 2022 no están escritos con el espíritu del tiempo que hace falta hoy. ¿No atormenta pensar en lo imposible que es salir a la calle sin derretirse, cómo cada año la experiencia del verano se vuelve un poco peor, y reconocer, al mismo tiempo, que ya nadie lo politiza, que ya nadie habla de ello, si no es directamente para invocar la imagen del apocalipsis? Se trata de repolitizar el infierno: tarea mucho más urgente, y se me perdonará el exabrupto, que las crisis contingentes de la izquierda de estos meses.