Marca de la duquesa de Quirón
“Personaje”, “desquiciado”, “sinvergüenza” y, de nuevo, el “hijo de puta” que nunca falta y siempre camufla tras el cansino “me gusta la fruta”. Era jueves y Ayuso actuaba en Tele 5. Siempre elegante, siempre institucional, siempre exquisita y siempre educada, con un fondo intelectual al nivel de Séneca. El mismo espectáculo y el mismo bochorno. Cada vez que Isabel Díaz Ayuso pisa un plató de televisión no defrauda entre ese público cuñado que disfruta con el insulto y la procacidad. Donde esté la insolencia que se quite la educación. Ya saben. Marca de la duquesa de Quirón.
Tiene la responsabilidad de un gobierno autonómico que representa a 8 millones de madrileños, pero ha convertido al presidente del Gobierno de España en el centro gravitacional de su existencia. Política y personal. Sin Pedro Sánchez, Ayuso no es nadie. Lo sabe ella y lo sabe España entera. Ha construido su marca sobre un principio tan básico y tan viejo como la misma política: si tienes un enemigo al que odiar, no hay necesidad de tener programa. Funciona a corto plazo. Pero envenena en el medio. Y puede matar en el largo. Y ocho años con la misma fijación son ya demasiados.
Si hiciéramos inventario del catálogo de los improperios que ha dedicado al presidente del Gobierno desde que habita en la Puerta del Sol, sería inabarcable y también digno de estudio clínico: que si “okupa”, que si “dictador”, que si “mentiroso compulsivo”, que si “amenaza para la democracia”, que si “peligro para España”, que si “destructor de la nación”...
Da igual lo que se le pregunte que la respuesta es siempre la misma. Por eso lo revelador en ella ya no es la virulencia, sino la repetición obsesiva de ofensas mezcladas con mentiras que extrae de digitales para los que la verdad habita en un planeta demasiado lejano como para ir a buscarla.
Ayuso, siempre con la mirada perdida, carga contra Sánchez con la misma frecuencia que cualquier humano respira. Sin pensar y sin poder evitarlo mientras el Madrid real, no el de los posados ni el de los medios que la bailan el agua, tiene las listas de espera sanitarias más largas de la historia reciente, los colegios con aulas prefabricadas y una crisis de vivienda que ella ni siente ni padece porque habita en un piso y un ático pagados por su pareja. Esto último gracias a la millonaria facturación que el novio gira cada año a Quirón, el gigante de la sanidad privada con el que casualmente multiplicó por ocho sus ingresos cuando empezó su relación. 4,4 millones de euros entre 2021 y 2023 para ser exactos, según un informe de Hacienda remitido al juzgado.
Pero la baronesa de Madrid de esto apenas habla. Y cuando lo hace es para denunciar “una operación de Estado” contra su novio, ese ciudadano particular que salió del anonimato por un fraude fiscal de 350.951 euros entre 2020 y 2021 y cuyo abogado propuso llegar a un acuerdo con la Fiscalía, tras admitir la comisión de dos delitos, para evitar la cárcel. En su desvarío habitual, denuncia ahora un presunto espionaje, con micrófonos ocultos incluidos, al directivo de Quirón para el que trabaja su pareja y hasta una conspiración para acabar con su figura política, como si ella no hiciera suficiente para arrastrar su crédito cada día. Claro que de espionajes y “quirones” podría preguntar a su colega Cristina Cifuentes, que algo sabe sobre quiénes y por qué participaron de su caída del olimpo.
Hasta entonces, debería abstenerse de igualar España con una dictadura porque la que hubo en este país durante 40 años dejó víctimas que aún esperan la reparación que les niega el partido en el que milita y en el que, dicho sea de paso, orbitan algunos de los herederos de aquel abominable franquismo.