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Los niños que no querían aprender

9 de septiembre de 2026 22:45 h

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En la primera década del siglo, cuando yo estudié allí, había en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense un profesor que se había hecho famoso. Impartía una asignatura que se llamaba “Tecnologías de la información”, pero que se podía haber ahorrado el plural: en la práctica se reducía a una montaña de horas donde había que aprender a manejar una única tecnología: el tipómetro.

Un tipómetro es una especie de regla que tiene varias unidades de medida distintas. Cada una representa un alto de línea medido en puntos. Hace décadas, antes de que hubiera ordenadores, se usaban para diseñar las páginas de los periódicos impresos donde los titulares, las entradillas y el cuerpo del texto podían ir en distintos “tipos” de letra.

Para defenderse de la estupefacción de sus estudiantes al escuchar que el plan de la asignatura consistía en aprender a maquetar con papel y lápiz, el profesor contaba cada año la misma anécdota. Un día, hacía muchos años, cuando él trabajaba en la redacción de ABC, a la hora del cierre se fue la luz. Los ordenadores en los que se diseñaba –ya de entonces– el periódico se apagaron y solo quedó él, con su tipómetro, para maquetar la edición del día siguiente.

Nunca terminamos de entender cómo habían hecho aquella noche en ABC para meter esas páginas maquetadas a mano en la imprenta, que debía ser necesariamente digital y de fotocomposición. Tampoco nos quedó claro qué utilidad tenía aquel trasto todos los demás días en los que no se iba la luz en la redacción; mucho más en aquel momento en el que la prensa impresa estaba en caída libre y los periódicos empezaban a estar más en Internet que en el kiosco. Pero nos dio igual. El caso es que decenas de miles de estudiantes de periodismo, hasta bien entrado el siglo XXI, tuvimos que superar un examen de muchas horas que consistía en dibujar con precisión de cirujano la maqueta de un periódico en unas hojas blancas de papel, grandes como sábanas.

Ayer recordé aquel cacharro de medir cuando fui a comprar con mis hijos los materiales que necesitarán para sus últimos cursos de primaria: una caja de lápices y otra de rotuladores de colores; tres cuadernos pautados; uno de cuadrícula, para matemáticas; sacapuntas; pegamento en barra y tijeras de punta redonda; dos carpetas; dos bolis borrables y una regla. En unos días le sumaremos unos “cuadernos” de ejercicios de varias asignaturas que son una colección de fichas idénticas a las que podrían cumplimentar en una tablet, solo que no se pueden reutilizar de un año a otro y están impresas en papel. ¿Será por si se va la luz algún día en el aula?

Me perdonaréis la ironía. Soy consciente de que ayer, además, se publicaron unos resultados que evidencian que España se desploma en PISA y los alumnos tienen “dificultades” con textos de más de 400 palabras. Pero es que yo no sé qué esperamos. Mientras la vida y la sociedad se transforman a una velocidad vertiginosa, la educación parece negarse a cambiar con ella. ¿Cuánto ha cambiado el currículum educativo en los últimos 25 años? En mi experiencia, la educación que reciben hoy mis hijos es prácticamente igual que la que recibí yo, hace 35 años.

Tomemos por ejemplo los tres indicadores con los que medimos, una y otra vez, el fracaso educativo: la atención (al profesor) y la comprensión del texto escrito y el trabajo manual. Los tres son una herencia. Ninguno se eligió porque fuera la mejor manera de aprender; se impusieron porque durante siglos fueron la única disponible.

La clase magistral existe porque el conocimiento era escaso y caro de reproducir. Un aula con treinta niños escuchando a un adulto hablar durante horas no es un hallazgo pedagógico: es lo que se podía hacer cuando había un libro por pueblo y una sola persona capaz de leerlo en voz alta. Hoy, cuando han transcurrido décadas desde que aquello dejó de ser necesario, hemos conservado el formato y hemos convertido en virtud lo que era una limitación. Seguimos midiendo si el niño atiende, en lugar de preguntarnos si tiene sentido que sigamos aprendiendo a base de clases magistrales.

Con el texto escrito pasa algo parecido. Y se ve mejor si uno sale de la escuela. A nadie se le ocurriría montar hoy la formación de una empresa a base de leer manuales y responder por escrito. En cualquier formación más allá de los colegios no pueden faltar los vídeos, la interactividad y las herramientas digitales. No porque los adultos seamos distintos de los niños, sino porque funciona mejor. Cuando se trata de nuestros hijos, en cambio, defendemos el texto como si fuera una especie de valija moral a defender por encima del resto de tecnologías de la información. Pero no lo es: es una tecnología de transmisión que tuvo, durante quinientos años, la ventaja de no tener competencia.

Y luego está lo de hacer las cosas a mano. Recortar, pegar, rellenar fichas, dibujar con precisión de cirujano la maqueta de un periódico en una hoja grande como una sábana. Gestos que hoy no son ni de lejos la única manera de aprender, pero que seguimos repitiendo con una seriedad litúrgica, como si fueran una especie de tributo a las cosas puras. Ritos de un oficio que dejó de existir.

Y alguien dirá que el método da igual, que lo importante es que los conocimientos que se transmiten sí se hayan actualizado. Pero es que esa misma lógica ritual se traslada igual a los contenidos. De manera que en pleno siglo XXI seguimos enseñando que el cuerpo humano “quema” calorías, o que el átomo es una especie de sistema solar en chiquitito, pese a que hace 100 años que sabemos que es mentira.

Ayer a la OCDE le faltó tiempo para responsabilizar a “las pantallas” del desaguisado. A continuación, en sucesivos análisis volvimos a escuchar una cantinela que de vieja se está quedando gastada: los niños no atienden, no quieren aprender, están subsumidos por una tecnología que ya no les exige, sino que les vuelve más tontos. Y yo siento discrepar, pero a mí me parece que esto es como si mi profesor de Tecnologías de la información hubiera responsabilizado a la edición digital de El País de lo poco que nos concentrábamos los estudiantes en su asignatura.

Aquel profesor no defendía el tipómetro porque fuera importante que aprendiéramos a maquetar a mano; hacía años que aquel chisme no servía para eso y hubiéramos aprendido mucho mejor con uno de los muchos ordenadores que había en la facultad. Lo defendía porque era lo que él sabía hacer. Era él el que no quería aprender una cosa nueva.

Y yo creo que con la educación nos pasa lo mismo. No son los niños, somos nosotros, los adultos de hoy, la sociedad al completo, los que no queremos aprender. Somos nosotros los que nos empeñamos en seguir educando igual que hace 35 años para no tener que enfrentarnos al reto de transformar la educación para adaptarla de verdad al presente.

Por el camino, han pasado las décadas, casi nada se ha movido y lo que hace falta hoy ya no es un ajuste: es una transformación radical. Un cambio para el que no será suficiente con una ley sectorial, ni con bajar las ratios y para el que será necesario cuestionar el sistema entero, hasta que la escuela no se parezca en nada a aquel tiempo en el que no nos quedaba otro remedio que el texto y la clase magistral.