Llamemos a las cosas por su nombre. El movimiento MAGA, liderado por Donald Trump, indigno presidente de Estados Unidos, no es una forma de conservadurismo radical. Es fascismo. Pura y simplemente. No importa que no utilice correajes, botas, camisas pardas, negras o azul Mahón. El asalto al Capitolio en 2021 es un acontecimiento similar al Putsch de Múnich en 1923, cuando Hitler y sus secuaces intentaron derrocar al gobierno democrático de la República de Weimar, con una maniobra similar a la Marcha sobre Roma encabezada por Benito Mussolini en 1922. Al igual que el Putsch de Múnich, el asalto al Capitolio fracasó, pero con el tiempo se reveló como una derrota temporal. Aunque Hitler pasó unos meses entre rejas, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán se convirtió en la primera fuerza política en las elecciones de 1932 y, pese a no conseguir la mayoría absoluta, el apoyo de las fuerzas conservadoras permitió que su líder se convirtiera en canciller el 30 de enero de 1933. Hitler solo necesitó unos meses para disolver el Parlamento, después de una operación de falsa bandera, pues el incendio del Reichstag se atribuyó a un comunista. Poco después, comenzó su política de represión contra la oposición interna y puso en marcha sus planes de expansión imperial, con el pretexto de conquistar “el espacio vital” que necesitaba Alemania para garantizar su desarrollo y seguridad.
No hace falta ser historiador para advertir que Donald Trump, tan narcisista, manipulador, grotesco y mentiroso como Hitler, está siguiendo los mismos pasos. El Servicio de Control e Inmigración de Aduanas (ICE) está perpetrando una limpieza étnica disfrazada de lucha contra la inmigración ilegal. Esta vez, el chivo expiatorio no son los judíos, sino los latinos y los africanos, que conspiran contra la identidad y la cultura estadounidense. Trump no ha disimulado su preocupación porque el español pueda llegar a desplazar al inglés. De ahí que haya congelado de forma indefinida el visado de inmigración a los ciudadanos de Brasil, Uruguay, Nicaragua, Haití, Cuba, Jamaica, Guatemala, Bahamas, Belice, Barbados y otras naciones de América Latina. Tampoco ha ocultado su aversión hacia las naciones africanas, a las que ha llamado “países de mierda”, y ha puesto como ejemplo a Somalia, a cuyos habitantes ha descrito como “sucios y repugnantes”. Hablar español en Estados Unidos o cualquier otro idioma extranjero ya constituye un peligro. Tras el asesinato a sangre fría de la ciudadana estadounidense Renée Good, el ICE ha recrudecido su violencia en Minneapolis y ha protagonizado nuevas agresiones que han despertado valientes protestas ciudadanas. Un agente del ICE ha vuelto a disparar, hiriendo en una pierna a un migrante venezolano. Ante el volumen de las protestas, Trump ha amenazado con aplicar la Ley de Insurrección, que permite movilizar al Ejército para reprimir una sublevación o una invasión. Stephen Miller, jefe adjunto de Gabinete de la Casa Blanca y principal artífice de la ofensiva contra los inmigrantes, ha acusado a las autoridades de Minneapolis de “insurgencia” y Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, ha asegurado que la izquierda obstruye las “operaciones legítimas de las fuerzas del orden”.
Ya hay muchos analistas que describen el genocidio de Gaza como el laboratorio donde se ha gestado un nuevo orden mundial. Si se puede diezmar impunemente a la población civil sin que las naciones civilizadas adopten medidas para frenar la matanza, ya no hay ningún motivo para no cometer toda clase de fechorías, como secuestrar a un presidente, bombardear lanchas de supuestos narcotraficantes y matar a los supervivientes, amenazar con la invasión de Groenlandia (un territorio del Reino de Dinamarca, un país de la OTAN) o preparar nuevas agresiones militares contra México, Colombia o Cuba. Mientras tanto, se asfixia y maltrata a las instituciones y a los ciudadanos que aún se atreven a protestar en Estados Unidos contra el proyecto de una América cristiana, blanca y patriarcal. Por solo citar unos ejemplos, Trump ya ha batallado contra The New York Times, la CBS, la CNN, Harvard y Columbia, intentando reducir a la impotencia a los medios independientes y a las universidades que no secundan sus caprichos o se oponen a sus políticas.
¿Qué sucederá si Trump pierde los comicios de 2026, que juzgarán su medio mandato? En una entrevista con Reuters desde el Despacho Oval, ha declarado que esas elecciones no deberían celebrarse, pues “cuando se gana la presidencia no se ganan las elecciones de medio mandato”. Con su vanidad habitual, ha celebrado su gestión en una entrevista para la Fox: “Creo que lo hemos hecho muy bien. Quizá hayamos hecho el mejor trabajo de la historia en el primer año”. Karoline Leavitt ha reaccionado de inmediato, afirmando que Trump solo bromeaba al cuestionar los comicios de medio mandato. ¿Verdaderamente las palabras de Trump solo son una broma de mal gusto? Interpelado por periodistas de The New York Times sobre si reconocía algún límite a su poder, Trump ha contestado: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. Esa declaración apenas difiere del Führerprinzip, un término del nacionalsocialismo alemán que puede traducirse como el “principio de supremacía del jefe”, según el cual la voluntad del líder tiene fuerza de ley y, por tanto, exige “una obediencia absoluta”. No me parece descabellado afirmar que el movimiento MAGA no aceptará una derrota en las urnas. Si en noviembre de 2028, un Trump ya demasiado mayor para presentarse a un tercer mandato, una posibilidad que no ha excluido, cediera el testigo al vicepresidente J.D. Vance y sufriera una derrota en las urnas, no podemos descartar un nuevo asalto al Capitolio o una acción similar. ¿Se encamina Estados Unidos a un escenario como el de Civil War, la película de Alex Garland estrenada en 2024? Si es así, tal como aparece en el film, no sería una guerra convencional, con ejércitos regulares combatiendo en campos de batalla, sino una guerra de milicias. David Mamet, el prestigioso guionista cinematográfico, y la politóloga Barbara F. Walter, autora del ensayo Cómo empieza una guerra civil (2022) han destacado que el discurso de Trump está preparando el terreno para una confrontación civil. El multimillonario hace lo posible para crear dos bandos: por un lado, negros, latinos, musulmanes, feministas, liberales, intelectuales, científicos, personas con “malos genes” y ciudadanos de las grandes urbes; por otro, blancos, cristianos, personas sanas, hombres nostálgicos del patriarcado, mujeres que desean volver a ser amas de casa (tradwife), amantes de las armas y habitantes del mundo rural. La América tradicional, el país del rifle y la Biblia, se siente amenazada. Ya no goza de su antigua hegemonía y quiere recobrarla. Antes de que Trump atacara Venezuela y amenazara a otros países, Barbara F. Walter declaró en una entrevista: “Estamos plenamente instalados en una anocracia. Con la vuelta de Trump, se ha producido una caída drástica de la calidad del sistema. Sucede rápido, y todo indica que el presidente quiere debilitarlo aún más. Si puede, eliminará los contrapesos del poder ejecutivo. Puedo imaginarlo como un dictador”.
Siri Hustvedt, escritora estadounidense de padres noruegos y premio Princesa de Asturias de las Letras 2019, ha pedido que dejemos de referirnos al trumpismo como una forma de conservadurismo. En un artículo publicado en El País, ha advertido que hay que llamar a las cosas por su nombre. Trump y sus secuaces no quieren conservar nada, sino destruir el Estado de Derecho y suprimir las libertades democráticas. “Los medios de comunicación tienen que dejar sus peroratas sobre la polarización y sus llamamientos sentimentales al diálogo —afirma Hustvedt—. Los estadounidenses están polarizados con motivo. A nadie se le ocurriría hoy decir que, si un grupo de judíos se hubieran sentado a conversar amigablemente con Hitler, se habría podido evitar el Holocausto”.
Si el trumpismo es fascismo, solo hay una opción: resistir, crear alternativas, defender la democracia. No nos engañemos. Europa está colonizada por Estados Unidos desde la posguerra del 45, con 275 bases o emplazamientos militares (bases áreas, bases navales o simples centros de mando) repartidos por su territorio. Por cierto, la mayoría se encuentran en Alemania. Y esos puestos militares no están concebidos para garantizar la defensa de Europa, sino para fortalecer la política exterior de Estados Unidos, que recientemente ha incluido el apoyo logístico a Israel en su campaña de exterminio en Gaza. La fantasía de que Estados Unidos protege a Europa ya solo engaña a unos pocos incautos. De hecho, ahora mismo está amenazando a Dinamarca, presiona a Ucrania para que acepte la anexión rusa de parte de su territorio y promueve a la ultraderecha para transformar las democracias en autocracias. La única salida a este momento crítico es que en Estados Unidos los demócratas se unan para sacar a Trump de la presidencia mediante un “impeachment” tras la deseable derrota en las elecciones de medio mandato. Al mismo tiempo, Europa debe trabajar por su autonomía, reforzando sus medios de defensa y sus señas de identidad: la tolerancia, la diversidad, el pluralismo, el respeto a los derechos humanos y, sobre todo, el Estado del bienestar, sin el cual los ciudadanos acaban desarrollando aversión al sistema democrático.
Esta semana nos ha dejado dos momentos dignos de ocupar un lugar destacado en la historia universal de la infamia: el gesto de pleitesía de Corina Machado a Donald Trump al entregarle la medalla del Nobel de la Paz (Knut Hamsun hizo algo parecido, pues le regaló a Goebbels su medalla del Nobel de Literatura) y la encendida defensa de Julio Iglesias por parte de Díaz Ayuso. Ojalá estos gestos miserables contribuyan a abrirnos los ojos y nos ayuden a llamar a las cosas por su nombre. Lo de Trump y sus lacayos (en España, se llaman Abascal, Ayuso, Esperanza Aguirre, Hermann Tertsch) no es conservadurismo, sino fascismo. Hagamos todo lo posible porque el futuro no se parezca a Civil War, con milicias aterrorizando a sus vecinos y países en llamas por los delirios de grandeza de un megalómano sin escrúpulos.