Rajoy y la nación del color de piel
Mariano Rajoy ha sugerido que los franceses negros que juegan en la selección no son franceses de verdad. Lo verdaderamente preocupante es que ha verbalizado una idea que circula cada vez con más naturalidad en determinados sectores políticos y sociales, lo que merece una consideración particular. El expresidente español pasa por ser una persona del ala moderada del PP —de ese PP de Galicia que incluso asume la diversidad de un país como España—, pero esta vez ha sido el portavoz de una concepción profundamente reaccionaria de la nación. El portavoz del partido, Borja Sémper, con idéntica fama de moderado pero que no deja de justificar las barbaridades de sus compañeros más radicales, ha disculpado a Rajoy diciendo que sus comentarios fueron una muestra de sarcasmo y que no tenían mala intención.
No lo han entendido así los líderes políticos franceses, ni siquiera los de extrema derecha. Cómo será la derecha española para que el partido fundado por Le Pen haya salido a denunciar las palabras de Rajoy como racistas. Y es que, a pesar de los intentos de Sémper y otros líderes del PP, las palabras de Rajoy son meridianas: lo que muestran es una concepción etnicista de quién es miembro de un país o de una nación. Con ese criterio, Rajoy podría reconocer quién es ciudadano de un país solo mirándole a los ojos, o más concretamente a la piel.
Para no ser injustos, tenemos que contextualizar el mensaje de nuestro expresidente. Lo cierto es que sus columnas sobre fútbol no se caracterizan por su profundidad, y en ellas nos ha dejado reflexiones como aquella de «España fue incapaz de hacer un gol, tampoco recibió ninguno y, por eso, el resultado fue de 0-0». Sus columnas son sobre fútbol, no sobre política; y uno encuentra en ellas el sabor típico de las frases soltadas a vuelapluma. Precisamente porque no parece un discurso cuidadosamente elaborado, sino una ocurrencia espontánea, resulta más revelador. No estamos ante un razonamiento construido para convencer, sino ante un prejuicio que aflora sin filtros. Es racismo en estado bruto; es su pensamiento latente, fuera de los cuidados y la atención a los que sometemos nuestro pensamiento al hacerlo público.
En el fondo, lo que Mariano Rajoy está sugiriendo es que una persona negra difícilmente puede ser plenamente francesa. Que existe una identidad nacional auténtica asociada a un determinado origen étnico y que quienes no encajan en ese molde pertenecen, en cierto modo, a otra comunidad. Es un mensaje que, en el mundo futbolístico, lleva extendiéndose muchos años: la idea de que las selecciones europeas han perdido su identidad porque han dejado de ser blancas. Aunque claro, como explicó Stuart Hall, las categorías raciales no son naturales sino históricas: lo que en un país se considera “blanco” deja de serlo en otro. Alguien debería explicarle a Abascal que difícilmente un redneck estadounidense seguidor de Trump lo consideraría blanco a él. Pero dejando al margen esas contradicciones dentro del pensamiento racista occidental, lo que encontramos aquí es una forma de pensar que reduce la identidad de un país a su composición étnica. Y esto, desgraciadamente, tiene cada vez mayor predicamento.
También durante el Mundial se ha hecho famosa una entrevista en la que un reportero español se aproxima a un aficionado con la camiseta del Betis y le pregunta en inglés si habla español; al oírle responder con un acento totalmente sevillano, se lo hace ver como si hubiera descubierto una rareza. El aficionado, lleno de amabilidad, le explica que uno de sus progenitores nació en España y el otro en Senegal, pero que él lleva en Sevilla toda la vida. El punto es bastante sencillo: hay españoles negros, aunque para algunos sean todavía un misterio por resolver.
Es también una paradoja: los racistas occidentales tienden a glorificar el pasado imperial de sus naciones, que en gran medida es el responsable de las primeras grandes mezclas —forzadas— entre diferentes etnias. La presencia de jugadores profesionales con ascendientes de muy diferentes nacionalidades no es solo un resultado de la globalización, y en particular de los flujos humanos que van de la pobreza hacia la riqueza, sino también del viejo imperialismo. De manera paradigmática, el racista típico de Estados Unidos debería saber que las personas negras actuales son, en su mayoría, descendientes de los esclavos que nunca quisieron salir de su territorio sino que fueron capturados, maltratados y vendidos por traficantes portugueses, ingleses y españoles, para disfrute de los emprendedores de plantaciones esclavistas —incluyendo a Thomas Jefferson y otros dirigentes revolucionarios—. Como no puede ser de otra forma, la composición étnica de una nación occidental es también el producto de la huella del imperialismo. Lo mismo ocurre en Inglaterra, en Francia o incluso en España. Y a ello cabe sumar, claro está, las dinámicas de movilidad internacional más recientes.
España no es un caso aparte de esta lógica. De acuerdo con los datos del historiador Juan Antonio Piqueras, todavía en el siglo XVIII un 15% de la población de Cádiz era esclava: el 80% eran negros, el 11% berberiscos y el 5% mulatos. En los hospicios, uno de cada tres niños era descrito como moreno. Es conocida la historia de Juan Latino, negro de piel y antiguo esclavo en la casa de los Fernández de Córdoba, la familia del Gran Capitán. Estudió en la universidad, fue manumitido y se convirtió en un extraordinario poeta. Se casó con una mujer blanquísima, tuvieron hijos mulatos y, a su muerte, fue enterrado en una iglesia. Los registros de la Iglesia están llenos de pruebas de este mestizaje de todas las clases sociales. La historia de España es, también, una más de ese mestizaje; causado por diversas circunstancias, pero mestizaje al fin y al cabo.
El problema de las palabras de Rajoy no es solo que sean racistas. A todos nos han enseñado a detestar el racismo, aunque les moleste a algunos. El problema es que presentan como sentido común una idea profundamente peligrosa, a saber, que la nación no la forman los ciudadanos, sino la sangre, el origen o el color de la piel. No olvidemos que esa es precisamente la vieja idea contra la que las democracias liberales y constitucionales llevan décadas intentando construir una ciudadanía basada en la igualdad de derechos. Así que cuando esa concepción vuelve a expresarse con naturalidad desde quienes han ocupado las más altas responsabilidades del Estado, es inteligente escucharla con atención. Sobre todo porque, aunque sea sin refinar, delata un clima cultural que empieza a dejar de avergonzarse de sí mismo.