Estaba yo batallando con el endemoniado portal de Renfe, con intención de comprar el billete de mi próximo viaje, cuando la televisión me dio la noticia: descarrilamiento de un tren. En un primer momento, hablaban de una víctima mortal pero, por mi experiencia en información sobre catástrofes, ya me temía que el dato cambiaría. Puse el radar informativo y continué con el trámite sin dejarme condicionar por el escalofrío. Finalmente, le gané la batalla a la fastidiosa web y me hice con el derecho a viajar en AVE la próxima semana. La vida sigue. Y la mía siempre ha circulado entre las paralelas vías de los trenes, que son los referentes de mis peripecias vitales. Es lo que tiene haber nacido en la esquina noroeste de la península.
Gentes como cualquiera de nosotros y nosotras viajaban en tren ese día de Madrid a Huelva y de Málaga a la capital. En cuestión de segundos, la catástrofe se apoderó del país, de las gentes del común y de las autoridades. Como las familias se ven en las herencias y las amistades en las enfermedades, la ciudadanía y las instituciones revelan su auténtico rostro en las situaciones de emergencia. En España hemos vivido muchas desgracias para saber a qué atenernos. Sin embargo, en cada ocasión, se supera nuestra capacidad de asombro ante los ejemplos de nuestro pueblo, por las respuestas solidarias, esforzadas, generosas, eficaces y fiables de la ciudadanía y las instituciones públicas.
En sucesos de esta magnitud, el demonio también está en los detalles. Y, además de los medios humanos y materiales de la emergencia, los tiempos también son importantes. Mucho más cuando estamos ante una catástrofe que se desata en segundos con consecuencias mortales y traumáticas para el personal y los usuarios de los trenes.
Por eso, la visión temprana de las autoridades del Estado en su conjunto —de todos los niveles de la Administración—, en la rueda de prensa en la mañana del día siguiente al choque de trenes, significó un atisbo de aire, un pequeño alivio para quienes teníamos en la retina desafortunadas situaciones anteriores donde tal nivel de colaboración había brillado por su ausencia. Que el presidente del Gobierno central y el de la autonomía andaluza dieran preferencia al alcalde de Adamuz para abrir la comparecencia ante los medios fue un gesto generoso y acorde con el comportamiento del pueblo, todos sus servicios y vecindario que se movilizaron sin paliativos para ayudar en la atención y rescate de las víctimas.
Desde el primer momento, tanto el ministro de Transportes como el presidente de Andalucía se habían personado en el lugar de los hechos para seguir sobre el terreno el trabajo esforzado y sin pausa de bomberos, guardias, sanitarios, funcionariado y otros profesionales de las emergencias. No es de extrañar que ambos hayan podido ofrecer tan exhaustivos detalles de los trenes, las víctimas y hasta vivencias humanas de los profesionales en el terreno. No fueron sólo a hacerse la foto sino que se implicaron a fondo y a ambos pudimos verlos conmovidos y emocionados por la atroz visión del sufrimiento conocido. Acertaron al mantener en estas fatídicas horas un nivel de comparecencias, comunicación e información pública sin parangón, en lo que yo puedo recordar tras casi cinco décadas de ejercicio del periodismo. Bendita lealtad institucional.
Frente a la degradación de la política y el desprestigio que alcanza en estos tiempos el ejercicio de esta vocación de servicio —claramente justificado por los comportamientos abyectos de los propios dirigentes—, los comportamientos y el liderazgo de Óscar Puente y Juanma Moreno nos permiten atisbar un hilo de esperanza y optimismo sobre la posible recuperación de los principios democráticos de nuestros gobernantes y partidos opositores. Un rayo de luz en la oscuridad. Hasta ahora, el pesimismo pesaba en el ánimo de quienes siempre quisimos una democracia solvente y fiable para nuestro país. El panorama de la controversia política en España es sombrío porque se ve alimentado a diario por guerras fratricidas entre adversarios que se comportan como enemigos sanguinarios en peleas cainitas, más personales que ideológicas. La politización ha adquirido así un sentido peyorativo que nunca debería haber tomado y los jóvenes han empezado a usar este término como sinónimo de abuso y corrupción, cuando es todo lo contrario. Politizar lo personal es elevarlo de categoría, como nos enseñó Simone de Beauvoir.
La coincidencia del presidente del Gobierno y el de la Junta de Andalucía en defender al alimón la “lealtad institucional”, como un valor incuestionable, nos recuerda un principio que parecían haber olvidado quienes tienen la responsabilidad de entenderse para preservar un sistema democrático de valores y principios que es de todos y todas, y que nadie tiene derecho a degradar por intereses privados de sus respectivos equipos u organizaciones políticas.
Por su parte, el presidente andaluz les ha dado una lección a sus correligionarios del partido opositor al adelantarse en aquella primera y emblemática rueda de prensa de la mañana del día 19 de enero y apostar por la cooperación institucional, sin paliativos, sin restricciones mentales ni eufemismos. “Juntos llegamos más lejos y más rápido”, dijo. La rotundidad de este pensamiento y la categoría de quien lo pronunciaba —con una dilatada experiencia política en el PP y considerables resultados electorales— se convirtió, en ese momento, en voz de autoridad dentro del primer partido de la oposición que —a duras penas, y con alguna nauseabunda salida de guion— rebajó el tono de sus habitualmente agresivas declaraciones, en los primeros momentos.
El luto quedó establecido en Andalucía y en toda España, como corresponde al sentimiento de dolor compartido, según la tradición y costumbres en este país. Con penosas excepciones. En las primeras horas del siniestro, con los cadáveres todavía por retirar del amasijo de chatarra, los enfermos en las UCIs y las familias buscando desesperadas a sus desaparecidos, Santiago Abascal despreció el duelo para acusar al Gobierno de España y sembrar la desconfianza entre la ciudadanía, demostrando con ello una bajeza moral solo comparable a la del familiar que aprovecha el enterramiento para exigir la herencia.
La tentación de buscar culpables de todo lo malo que nos ocurre está en el ADN de los españoles y españolas, como consecuencia de una educación religiosa en la que el pecado imprime una mancha indeleble. Creo que esta obsesión condiciona toda discusión y diatriba entre nosotros y nosotras. Lo vemos en las comidas familiares, asociaciones de vecinos o charlas de barra de bar y también se ve reflejado en el comportamiento de nuestros representantes políticos que confunden la búsqueda de culpables con la exigencia de la verdad. Igualmente, en este terreno de la investigación de las causas del accidente ferroviario, es necesario que funcionen con rigor las instituciones y, una vez más, los tiempos son importantes. La ciencia y la justicia deben actuar con los procedimientos, medios y métodos más exigentes y coordinados. La autoridad judicial (con la Guardia Civil bajo su mandato) y la Comisión Independiente de Accidentes Ferroviarios habrán de trabajar para prestar siempre su servicio a la verdad y nunca de la inmediatez de unas conclusiones precipitadas para servir a intereses particulares, sean políticos o personales.
La excelente gestión de la tragedia por parte de las instituciones y autoridades no excluye la posterior exigencia de responsabilidades por las deficiencias, errores o incompetencias que puedan detectarse en un estudio detallado y menos apresurado de los hechos y la respuesta de emergencias. Desde el punto de vista del servicio ferroviario, hemos pasado ya a la segunda fase que implica las investigaciones científicas y de los tribunales, ya mencionadas. De ellas, además de las posibles consecuencias judiciales, tendrá que derivarse, necesariamente, un diagnóstico del suceso con sus consabidas repercusiones en la adopción urgente de medidas para que no se vuela a repetir y la exigencia de responsabilidades.
Cabe esperar que la grandeza mostrada por nuestros representantes en los primeros momentos, los lleve a actuar en consecuencia en la asunción de sus culpas, si las hubiere. De no ser así, también confiamos en que la oposición se la reclame, como le corresponde hacer en toda democracia. Pero eso ya llegará. Será más adelante. De momento, yo me voy a coger el AVE a Vigo.