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El rey que no debe ni traer a su padre ni abandonarlo

28 de febrero de 2026 23:52 h

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Imagino a Felipe VI escuchando las alabanzas a su padre esta semana: otra vez la contribución democrática de papá, de nuevo su determinación contra el golpe… Pero ahora el concernido soy yo, ha debido de pensar. En efecto, él se la juega en este lance: un rey que ni debe traer a su padre ni abandonarlo. 

Juan Carlos se marchó en 2020, seis años después de abdicar forzado. Desde entonces, el rey Felipe ha mantenido con él una distancia abismal, hasta el punto de no invitarle a participar en el cincuentenario de su propia coronación, en noviembre pasado. Su ausencia fue como la de un muerto, pero más incómoda. Si esto fuera una serie se titularía “Los dos dilemas del heredero”. 

El primer dilema, el rechazo de la herencia, se refiere a hasta dónde Felipe VI puede repudiar a su padre. En su día se distanció de él, pero si hubiera roto del todo cuestionaría su propio reinado: su legitimidad procede de él. Le retiró la asignación pública, le apartó de todos los actos oficiales y renunció a la herencia monetaria: esos cien millones de la Fundación Lucum en Suiza, y otros 15 en el paraíso fiscal de Jersey, eran el cuerpo del delito. No podía cobrarlos. Pero la propia idea de rechazar la herencia deviene problemática para un rey: al fin y al cabo, el legado más evidente es la propia corona.   

El segundo dilema, el del castigo simbólico, se aviva con el debate de su regreso. El comportamiento fiscal de Juan Carlos fue tan antipatriota que merecía una condena. Regularizó una parte del dinero eludido al fisco, otra había prescrito y la tercera no pudo ser juzgada por los tribunales, porque él goza de inviolabilidad según la Constitución. Para resolver la sensación de impunidad sin tocar la arquitectura de la inviolabilidad, Felipe VI le impuso un castigo simbólico. Eso es Abu Dabi: la cárcel dorada en la que no se paga IRPF; el destierro gozoso que permite regatear en Sanxenxo… 

En ese equilibrio el rey había encontrado comodidad, que ahora trata de replicar con las dos condiciones que impone al padre para su regreso a España: que no viva en Zarzuela y que tribute en España. No parecen grandes exigencias: pagar como todos los españoles y no habitar en la residencia del jefe del Estado, puesto que no lo es. Pero Juan Carlos no quiere. Para Felipe VI esta situación genera una nueva estabilidad: no puede venir como quiera, pero sí cuando quiera.

Los dos dilemas, no obstante, siguen atando el nudo gordiano del reinado de Felipe VI. En cuanto al sentido de la oportunidad de Feijóo, no sé qué le dirá la reina cuando se encuentre con él la próxima vez. Para entonces Juan Carlos ya habrá aumentado la frecuencia de sus viajes a España, eso sí, manteniendo su residencia fiscal en Abu Dabi. Quizá nos avergüence de nuevo.

Hay algo que se me hace inaceptable en el debate de su regreso. Si pudo cometer sus abusos de poder y delitos fiscales fue gracias al capital simbólico que obtuvo durante la asonada golpista. Su papel fue crucial, por eso se miró para otro lado durante décadas. El hecho de que Feijóo tome pie en el 23F para pedir su regreso equivale a recuperar algo de aquella ingenuidad. El problema es que no podemos ver al emérito con los ojos del 81. Ahora sabemos que la inviolabilidad no es un concepto abstracto, sino millones de euros concretos eludidos al fisco, o sea, a todos.

Con el tiempo comprendimos que el apego democrático de Juan Carlos en 1981 se sustentaba en la simbiosis: él necesitaba la democracia para legitimarse y la democracia lo necesitó a él aquella larga noche de febrero. Hemos conocido esta semana, con precisión futbolera de minuto y resultado, que aquel día lo hizo todo bien. Pero seguimos sabiendo lo de después. Intuimos que, si sus convicciones hubieran sido profundas, a partir de 2008 se habría percatado de que la corrupción genera desafección democrática. Y habría prescindido de la cuenta en Suiza. Su hijo sí conoce ese rechazo. El día que el emérito fallezca deberá sólo medir la pompa exacta del funeral. Y entonces, por fin, Felipe VI podrá estar tranquilo: sus dilemas empezarán a disolverse.