El 11-S no terminó en la Zona Cero: sus efectos alcanzan ahora a los hijos de los rescatistas
Las sirenas empujaron a centenares de bomberos y policías hacia un peligro que ya estaba cobrando vidas. Durante los atentados del 11 de septiembre de 2001, miles de miembros de los servicios de emergencia acudieron a las Torres Gemelas para evacuar heridos, buscar supervivientes y organizar las tareas de rescate.
Muchos quedaron atrapados cuando los edificios se derrumbaron y otros continuaron trabajando entre los escombros durante meses. Aquella respuesta dejó una larga lista de fallecidos entre los equipos de emergencia y convirtió a numerosos intervinientes en testigos de una devastación que marcó sus vidas durante décadas.
Un estudio vinculó el trauma del 11-S con hijos adultos
Más de 20 años después de los atentados, las consecuencias psicológicas de aquella experiencia siguen apareciendo en las familias de los intervinientes. Un estudio publicado en PLOS Mental Health y realizado por investigadores del New York State Psychiatric Institute y la Columbia University concluye que la exposición de los padres al trauma del 11-S se relaciona con problemas de salud mental observados actualmente en sus hijos adultos.
Los autores detectaron diferencias según el tipo de trabajo desempeñado tras los atentados. Los trabajadores civiles de recuperación y limpieza que estuvieron sometidos a mayores niveles de estrés tendían a tener hijos con más síntomas de ansiedad y trastorno por estrés postraumático.
Entre los intervinientes tradicionales, como policías y otros cuerpos de emergencia, aparecieron otros patrones. Las relaciones deterioradas entre padres e hijos se asociaron con una mayor probabilidad de trastorno por consumo de alcohol en la descendencia.
La investigación también examinó el estado psicológico de padres e hijos. Aunque todos los progenitores habían sido seleccionados por antecedentes de trastorno por estrés postraumático, la mayoría ya no cumplía los criterios clínicos de ese diagnóstico en el momento del estudio. En cambio, seguían siendo frecuentes la depresión, la ansiedad y el trastorno de pánico.
Entre los hijos adultos, más del 20% presentaba depresión y más de una cuarta parte sufría algún trastorno de ansiedad. El trastorno por estrés postraumático era menos habitual, aunque el consumo problemático de alcohol aparecía con más frecuencia que entre sus padres.
Los resultados señalaron además una relación entre determinadas experiencias sufridas por los progenitores y los problemas detectados en sus descendientes. El contacto con restos humanos y el tiempo acumulado en la zona del World Trade Center se asociaron con un mayor riesgo de estrés postraumático en los hijos. Cuantas más horas permanecieron los padres en el lugar de los ataques, mayores eran también las probabilidades de ansiedad y episodios de pánico en la siguiente generación.
Los investigadores observaron que la salud mental actual de los progenitores seguía teniendo un peso importante. El trastorno por estrés postraumático en los padres se relacionó con mayores probabilidades de estrés postraumático, depresión y pánico en sus hijos. La depresión parental se asoció con depresión en la descendencia, mientras que los trastornos de pánico de los progenitores guardaban relación con un aumento del riesgo de estrés postraumático en los hijos adultos.
Las circunstancias del hogar influyeron en la evolución posterior
Para interpretar estos hallazgos, el estudio recurrió al concepto de transmisión intergeneracional del trauma. Este fenómeno ya había sido documentado entre descendientes de supervivientes del Holocausto, veteranos de guerra y personas expuestas a episodios de violencia extrema.
La idea describe cómo un acontecimiento traumático puede influir en generaciones posteriores mediante varios mecanismos. Algunos actúan a través de la educación y de las dinámicas familiares, mientras que otros podrían estar relacionados con cambios biológicos asociados al estrés intenso.
Los autores recuerdan que los padres afectados por traumas graves pueden tener dificultades para gestionar conflictos, expresar emociones o mantener una disponibilidad emocional estable. Estas circunstancias alteran el entorno familiar y pueden influir en el desarrollo psicológico de los hijos.
La investigación también menciona que los efectos varían según la edad de los menores cuando ocurre el episodio traumático. Los niños pequeños suelen exteriorizar el malestar mediante conductas impulsivas o agresivas, mientras que los adolescentes tienden a interiorizarlo mediante aislamiento o síntomas depresivos.
La muestra incluyó 327 padres y 270 hijos adultos pertenecientes a 176 familias. Todos completaron cuestionarios estandarizados sobre salud mental, experiencias traumáticas, apoyo social, relaciones familiares y calidad de vida. Los investigadores recopilaron además información detallada sobre el grado de exposición de los progenitores a los atentados y sobre las funciones que desempeñaron durante las labores posteriores.
El trabajo concluye que las relaciones familiares y el apoyo social pueden amortiguar parte de estos efectos. Según los investigadores, la forma en que una familia afronta las secuelas del trauma puede reducir o aumentar el malestar psicológico transmitido a la siguiente generación.
Más de dos décadas después del derrumbe de las Torres Gemelas, las consecuencias de aquel desastre siguen presentes en hogares estadounidenses que continúan lidiando con una herencia emocional nacida entre el humo, los escombros y las tareas de rescate.
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