Esparta aprovechó a los hijos ilegítimos en su organización social y dos investigaciones explican cómo

La posición social marcó el destino de cada grupo

Héctor Farrés

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La educación apartaba pronto a los niños de su hogar y los preparaba para soportar hambre, esfuerzo físico, obediencia y entrenamiento militar. Esa formación ayuda a explicar cómo era la vida espartana y de dónde nació su fama, ligada a una ciudad que colocó la guerra y el servicio al Estado por encima de la comodidad individual.

Los ciudadanos con plenos derechos, conocidos como homoioi o iguales, participaban en comidas comunes y dedicaban buena parte de su existencia a entrenarse, mientras los ilotas trabajaban las tierras sometidos a su dominio. Las mujeres practicaban deporte, podían poseer propiedades y recibían una libertad poco habitual en otras ciudades griegas, ya que Esparta daba prioridad al nacimiento de futuros soldados.

Las leyes atribuidas a Licurgo alimentaron durante siglos la imagen de una sociedad cerrada, disciplinada y gobernada por reglas que apenas cambiaban, aunque las necesidades militares y la pérdida de ciudadanos llevaron a modificar varias de ellas.

Dos investigaciones revisan el lugar de los hijos extramatrimoniales

Esa diferencia entre la fama de rigidez y las decisiones adoptadas ante cada crisis centra dos investigaciones sobre los hijos nacidos fuera del matrimonio. Un trabajo dirigido por Christoph Uehlinger revisa su posición jurídica y social desde la época arcaica hasta el periodo helenístico.

La historiadora S. V. Miroshnichenko, en un estudio publicado por la Universidad Pedagógica Nacional de Járkov, examina además las fuentes antiguas y la historiografía moderna para seguir la evolución de los partheniai y los mothakes.

Ambos análisis describen una Esparta que podía admitir, apartar o recuperar a estas personas según la cantidad de ciudadanos, soldados y propietarios disponibles.

La organización espartana endurecía o relajaba sus normas según las necesidades demográficas y militares

La reducción del cuerpo cívico empujó al Estado a ampliar el acceso a la ciudadanía durante el periodo helenístico. Nabis, que gobernó desde 201 hasta 192 antes de Cristo, concedió derechos a sectores excluidos hasta entonces, incluidos descendientes de relaciones extramatrimoniales y personas bajo tutela de familias espartiatas.

Polibio atribuyó al gobernante estas reformas, aplicadas cuando el número de ciudadanos con plenos derechos había caído hasta poner en riesgo el ejército y el sistema político. La medida culminó un cambio iniciado siglos antes, cuando Esparta comenzó a recuperar a personas situadas fuera de la ciudadanía para cubrir sus necesidades militares y demográficas.

Los mothakes podían acercarse a la ciudadanía por distintas vías

Los mothakes ofrecieron una de esas vías de incorporación. Este grupo reunía a hijos de extranjeros, ilotas y, probablemente, espartiatas nacidos de madres que carecían de ciudadanía. Muchos crecían junto a los hijos de los homoioi dentro de la agogé, donde recibían entrenamiento físico, educación militar y las normas que regían la conducta de los guerreros. Haber pasado por esa formación los acercaba a la vida cívica, aunque la enseñanza por sí misma no garantizaba derechos políticos.

La propiedad decidía buena parte de sus posibilidades. Para alcanzar la ciudadanía había que disponer de un kleros, una parcela que permitía costear las comidas comunes y cumplir las obligaciones económicas del ciudadano. Algunos mothakes quedaban en la categoría de hypomeiones o inferiores al no reunir ese requisito.

Los hijos nacidos fuera del matrimonio podían seguir otra vía mediante la adopción formal por parte de su padre espartiata. Los reyes supervisaban el procedimiento, que otorgaba derechos hereditarios y facilitaba el acceso a tierras. La ley de Epitadeo, aprobada a comienzos del siglo IV antes de Cristo, permitió vender propiedades y favoreció la transmisión de parcelas a descendientes que habían nacido fuera de una unión reconocida.

La ciudadanía se amplió cuando escaseaban los guerreros

Gílipo y Lisandro muestran hasta dónde podía llegar esa incorporación. Gílipo, relacionado con los mothakes, dirigió la defensa de Siracusa frente a los atenienses durante la expedición siciliana, desarrollada entre 415 y 413 antes de Cristo. Su posición periférica le habría dado libertad para actuar fuera de algunas pautas militares espartanas.

Lisandro, almirante asociado también a ese grupo, dirigió la derrota final de Atenas en la guerra del Peloponeso y llegó a acumular una influencia que chocaba con la igualdad proclamada por los homoioi. Ambos alcanzaron puestos militares de primer nivel pese a proceder de una categoría situada por debajo de los ciudadanos de nacimiento reconocido.

Los partheniai acabaron fundando Tarento tras su expulsión

La trayectoria de los partheniai siguió otro camino. Su origen se relaciona con la primera guerra mesenia, librada a finales del siglo VIII antes de Cristo. Según una tradición, los guerreros habían jurado permanecer lejos de Esparta hasta vencer, por lo que jóvenes libres del juramento regresaron para tener hijos con mujeres solteras y evitar una caída de la población. Aquellos descendientes quedaron fuera del reparto de las tierras mesenias y perdieron así la posibilidad de obtener ciudadanía plena.

Éforo, cuya versión transmitió Estrabón, cuenta que los partheniai conspiraron junto a ilotas y epenactas después de quedar excluidos. Tras descubrirse el plan, las autoridades los enviaron al sur de Italia, donde fundaron Tarento hacia 706 antes de Cristo. Antíoco de Siracusa ofreció otra explicación y los presentó como hijos de ciudadanos degradados por negarse a combatir. Las dos tradiciones sitúan su expulsión durante el paso hacia una oligarquía que reducía las posibilidades de ascenso y protegía el dominio de los homoioi.

La élite modificó las reglas para conservar su modelo político

La vida espartana dependía de una minoría guerrera mantenida por el trabajo de los ilotas, el reparto de tierras y una educación preparada para la guerra. Esa organización produjo la fama de disciplina que Paul Cartledge, Stephen Hodkinson y Andrew Bayliss han revisado desde distintos estudios.

Las normas podían endurecerse cuando la élite buscaba cerrar el acceso a sus privilegios y podían abrirse cuando faltaban soldados o ciudadanos. El trato dado a partheniai y mothakes deja así una Esparta capaz de alterar sus reglas para conservar el ejército, la propiedad y el sistema político que habían alimentado su reputación.

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