Si perdemos la lectura lo perdemos todo
Me dispongo a escribir las 800 palabras que tienen estos artículos. Eso es más del doble de lo que pueden leer sin hacer cosas raras los jóvenes de 15 y 16 años. Por cosas raras me refiero a: saltarse frases (y no entender) o pasar por los ojos por las letras (sin enterarse).
El último informe PISA es demoledor. En España los quinceañeros obtienen 451 puntos en lectura, o sea, leen peor que la última vez que se les examinó, hace tres años. Y aquella ya fue mala. Han descendido 23 puntos. Teniendo en cuenta que 20 equivalen a un curso, en tres años han perdido uno de madurez intelectual. A este ritmo, pronto nacerán sin cerebro. También disminuye su capacidad en ciencias y matemáticas, pero me preocupa la lectura. Y no es por mi sesgo humanístico. Es porque leer no es una habilidad cualquiera, sino la operación mental que sostiene todas las demás, la llave maestra de nuestra ciudadela intelectual y cívica.
Para entender qué hacemos al leer hay que observarlo al microscopio: la lectura nos entrena para sostener la atención, pensar con profundidad mientras generamos capas de sentido y engarzamos razonamientos intrincados. Leer significa integrar distintas fuentes, evaluar, deducir. Si el texto es ficción, además aprendemos la virtud social y cívica más elemental: la empatía. Tiene todo el sentido que una generación menos capaz de leer sea presa fácil de los discursos de odio y exclusión.
La lectura es el sostén de la razón y una actividad interior. Es estar en nuestra conciencia de una forma singular: entrando en la de otros. “La literatura es la única de todas las artes que nos permite explorar la interioridad de otro”, dice Nancy Huston en La especie fabuladora. Leer estimula la mente, pero se enciende TikTok y se apaga la imaginación.
¿Qué se puede hacer para evitar la destrucción del hábito de leer? Por más que hoy muchos estemos escandalizados, temo que nada cambiará. Estamos asistiendo al fin de una civilización basada en el texto al mismo tiempo que se consolida un modelo económico basado en explotar nuestra atención como antes se explotaba una mina de cobalto. Desde las redes sociales hasta las apps de apuestas, todo está diseñado para engancharnos y alimentar nuestro sistema de recompensa inmediata.
La lectura combate ese sistema, no por el contenido, sino por la práctica: nos hace atentos y nos enseña a ser pacientes con la recompensa, a acomodarnos a las dificultades de un autor o las complejidades de una larga historia de ficción.
Por eso sobra en el capitalismo de la atención. Habría que cambiar todo el sistema económico para salvarla, pero mientras se arruinan los cerebros, se enriquecen Zuckerberg, Musk, Altman y los sospechosos habituales de Silicon Valley. Lo digo rápido, frisando las 400 palabras, antes de perder a los jóvenes: esos tipos dan asco.
Bien, ahora que ya estamos a solas los de cierta edad, otra cosita: nosotros tampoco estamos a salvo. The Atlantic publicó en julio pasado un escalofriante artículo sobre el fin de la lectura que sostenía con datos, algunos cuestionados, que la capacidad adulta de razonar ha mermado en las últimas dos décadas.
Decía antes que leer nos enseña a disfrutar del placer diferido. Es mucho más que una actividad intelectual, es un gesto corporal y político. Privados de la riqueza de nuestro espíritu, y de alimento para nuestro intelecto, nos convertimos en humanos esquemáticos. Resulta empobrecedor, pero así, más simples, somos más fáciles de trocear y procesar por las máquinas: más autómatas nosotros mismos. Y eso es bueno para la economía de la atención: toda la misión del algoritmo es reducirnos y simplificarnos, para engullirnos mejor. Leer es, pues, el refugio de nuestra complejidad, y el lugar de sombra desde el que no emitimos datos al sistema. Nos oculta al capitalismo de la vigilancia: pura subversión cognitiva.
El algoritmo se puede diseñar de otro modo: el Center for Humane Technology lleva años abogando por ese cambio. La mala noticia es que no se hará, porque en la economía de la atención somos materia prima, trabajadores y consumidores a la vez: nunca el pueblo llano fue tan lucrativo. Pienso que no va a cambiar gran cosa y a la vez siento que cada vez se va a valorar más el trabajo intelectual, como propio de una elite. No es el fin de la lectura, sino de ella como actividad democrática. Si yo fuera presidenta del Gobierno, crearía una reserva donde proteger y apoyar a la gente que lee y escribe. En 2032, dentro de dos PISAs, constituirán un activo estratégico para nuestro país. Si has llegado hasta aquí tal vez seas uno de ellos. Has leído 791 palabras. Enhorabuena.