Símbolos
Hace unos días, después de un tiempo casi recluida en casa por cuestiones de trabajo, se me ocurrió ir al centro de Elche a dar una vuelta y, con gran sorpresa, me encontré con un montón de gente por la calle, mucha más de lo que sería normal en una tarde/noche de miércoles, aunque estuviéramos en agosto. Muchos de ellos, tanto hombres como mujeres, jóvenes y menos jóvenes paseaban envueltos en banderas españolas compradas en bazares chinos, a juzgar por la calidad del tejido.
Mi primera idea fue que debía de haber algún partido internacional de fútbol y la población ilicitana se había lanzado a la calle a apoyar a la selección nacional, pero conforme nos acercábamos al Ayuntamiento, empezaron a oírse gritos y ruido de gente aunque, al llegar, vimos que no habría más allá de doscientas personas arracimadas frente a la fachada. Desde un coche de policía, dos agentes contemplaban con total tranquilidad la agitación mientras un cámara y un periodista empuñando un micrófono miraban desde el techo de una furgoneta lo que sucedía a su alrededor.
No había pancartas ni explicaciones de la razón que había reunido allí a aquellas personas y supuse que sería alguna cuestión local, aunque el asunto de las banderas no avalaba mi idea. Entré a comprar algo en una droguería de la plaza y aproveché para preguntar a una de las dependientas si sabía de qué se trataba.
“Están protestando por la invasión”, me dijo. “¿La invasión? ¿Qué invasión?”, pregunté, perpleja. “Los moros, que nos están invadiendo otra vez. ¿No te has enterado?”. A aquella chica de veinte años, casi escandalizada, le parecía increíble que una mujer de mi edad no tuviera constancia de algo que para ella estaba tan claro, que no supiera que estábamos siendo invadidos -¡otra vez!, insistió- por “los enemigos de siempre”, como me explicó a continuación, y que teníamos que defendernos.
No le gustó el comentario que se me escapó de “¡cuánta ignorancia!”, pero decidí pagar lo que había comprado sin más explicaciones y salí a la calle a tiempo para oír “¡Pe-dro-Sán-chez-hi-jo-de-pu-ta!” berreado por una jovencita (y coreado por la concurrencia) que, a continuación pasó a gritar que las madres españolas -entre las cuales parecía contarse a sí misma a pesar de ser adolescente- tienen derecho a proteger a sus hijos de los invasores africanos con la violencia que sea necesaria.
Por fortuna no eran muchos, pero eran gente llena de rabia, de odio, gente aficionada a insultar, a mentir, a dejarse arrastrar por cualquier estupidez que alguien gritara ayudándose de un megáfono, sin plantearse si lo que decía tenía algún sentido.
Tengo que confesar que me asustó el potencial de violencia que se respiraba en aquella plaza. Me recordó emocionalmente a las cargas de los grises de mi época universitaria, cuando la tensión y el miedo tenían olor y color; cuando se notaba que había gente deseando que pronto desaparecieran los frenos impuestos por la civilización y empezaran los golpes, los palos, los gritos, la sangre, los botes de humo.
Sin embargo, lo que más me impresionó y de lo que yo quería hablar ahora, además de ese potencial de violencia que va subiendo en nuestro país y en otros países civilizados de nuestro entorno, es la desfachatez con la que los elementos ultraderechistas, nacionalistas, fascistas de nuestra sociedad se han apropiado de la bandera nacional que es el símbolo que nos engloba a todos y que es propiedad y derecho de todos y todas los españoles y españolas independientemente de su orientación política.
Me niego a que, como están las cosas, parezca que, cuando uno quiere desplegar la bandera de su país, todo el mundo suponga que uno es franquista, o fascista de cualquier pelaje o nacionalista de ultraderecha. ¿Con qué derecho se han apropiado de la bandera que nos representa a todos?
Hace tiempo que empezaron a hacerlo con ciertos conceptos, con las palabras que representan esos conceptos y que parece que ellos se hayan apropiado para la eternidad. Me refiero a palabras como “honor”, “justicia”, “libertad”, “patria” incluso y muchas otras. En ambientes de izquierdas ya no está bien visto usarlas porque parece que ahora pertenecen a los otros en exclusiva, aunque ya no signifiquen lo que significaban hasta ahora, aunque la libertad sea la de tomarte unas cañas o la de decir cualquier estupidez sin base objetiva en una tertulia televisiva, aunque la justicia sea en demasiadas ocasiones arbitrariedad y deseo de notoriedad de ciertos profesionales, aunque la patria sea el concepto más rancio conservado en naftalina y heredado de la época del dictador.
Hemos llegado al punto en que nuestra bandera solo la lucen y despliegan los que quieren volver al “glorioso pasado de nuestra voluntad de imperio” como propagaban las canciones de la Falange, mientras que el hablar bien de España y estar orgulloso de sus logros presentes y actuales es algo que ya no gusta: a unos porque supondría confesar que nuestro gobierno ha hecho una buena gestión y a otros porque eso del orgullo les suena a ultraderecha y les da vergüenza ajena.
No me gusta que me coarten, que me quiten palabras y conceptos que son de todos y que se los apropien unos cuantos para su uso; no me gusta que me quiten los símbolos que representan bienes y valores comunes a todos los españoles.
No me hace ninguna gracia que, envueltos en esa bandera que es de todos, inciten al odio y a la violencia, como si cuanto más agresivo y brutal sea uno, más patriota fuera.
Tampoco me gusta que se haya puesto de moda insultar en público a nuestros gobernantes democráticamente elegidos y que a nadie se le pase por la cabeza que con frecuencia se trata de injurias y calumnias que deberían tener consecuencias legales. Uno puede pedir la dimisión de un político cuya actuación no le satisface; está en su derecho al expresar una opinión y fundamentarla. Lo que no es correcto es insultar y calumniar a ese político -y a su madre, de paso- y pensar que estás en tu derecho. No, señores, eso no es un derecho. Además de ser una vulgaridad, es delito de injurias y vulneración del derecho al honor. Y, sí, la gente de izquierdas también tenemos honor, señoras y caballeros de derechas.
Estamos creando un funcionamiento social repugnante en el que nadie parece tener el menor interés en el bien común, ni en oír lo que dicen y opinan los demás, ni en argumentar con datos objetivos, ni mucho menos en cambiar de opinión al escuchar otras opiniones y darse cuenta de que uno no tenía razón. Hay demasiada gente interesada en destruir la convivencia nacional apoyándose en símbolos comunes a la población entera que ya nos robaron sus abuelos para convertirlos en algo que les pertenecía en exclusiva.
Los símbolos son importantes. Ayudan a unirse y a trabajar juntos por un ideal común. No podemos permitir que solo una parte de España se arrogue el derecho a usarlos y no podemos dejarnos arrebatar ese derecho porque nos da vergüenza que nos confundan con esa parte de España.
Y ya que estamos hablando de símbolos que nos representan a todos, es una auténtica lástima que nuestro himno nacional sea el único en Europa (descontando a Bosnia-Herzegovina, San Marino y Kosovo) que no tenga letra. Da entre pena y ridículo que nuestros futbolistas y atletas tengan que limitarse a un la-la-la como si fueran Massiel en la Eurovisión de 1968 porque no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo en un texto que nos represente como país ni dentro ni fuera de nuestras fronteras.
Ese es el gran problema: que no hemos conseguido salir de las “dos Españas” machadianas y parece que ni siquiera hay interés en lograrlo.